Profecía De Dos Mundos

CAPÍTULO 9: EL SACRIFICIO COMPARTIDO

«EL PELIGRO NO SIEMPRE ESTÁ EN LA MAGIA, SINO EN LO QUE DESPIERTA DENTRO DE QUIENES LA TOCAN.»

El túnel se estrechó de inmediato. Kael caminaba delante de ellos guiándolos, silencioso, su figura encapuchada apenas visible en la penumbra.

Crowley rompió el silencio primero.

—¿Y cuál es el precio exacto, guardián? —preguntó, voz baja—. Porque si es otro acertijo, prefiero pagar con sangre antes que con paciencia.

Kael no se giró.

—El Umbral no cobra con oro ni con almas. Cobra con verdades. Y vosotros dos lleváis demasiadas sin pronunciar.

Morrigan apretó la mano de Crowley un instante. Él lo sintió: no era miedo. Era advertencia.

Llegaron a una bifurcación. A la izquierda, el túnel ascendía en pendiente pronunciada, con raíces que colgaban. A la derecha, descendía aún más, hacia un sonido de agua que parecía más vivo que antes.

Kael se detuvo.

—Solo uno de los caminos lleva a la superficie —dijo—. El otro lleva al corazón del sello roto. Donde el que os persigue ya está esperando.

Crowley soltó una risa seca.

—Qué generoso. ¿Y cómo sabemos cuál es cuál?

—No lo sabéis —respondió Kael—. Hasta que lo elegís.

Morrigan miró los dos túneles. Su expresión era indescifrable.

—El izquierdo —dijo al fin—. Es el que huele menos a trampa.

Crowley la miró de reojo.

—¿O el que huele más a ti?

Ella no respondió. Solo soltó su mano y empezó a caminar hacia el izquierdo.

Crowley la siguió sin dudar.

Kael se quedó atrás un segundo. Luego los alcanzó.

—Buena elección —murmuró—. O la peor.

El túnel ascendió rápido. El aire se volvió más frío. Las raíces colgantes rozaban sus hombros, dejando marcas húmedas. Crowley notó que su anillo ya no brillaba. Estaba quieto. Frío. Como si algo dentro de él se hubiera apagado o se hubiera escondido.

Llegaron a una cámara pequeña, casi circular. En el centro, un círculo de runas grabadas en el suelo brillaba débilmente con luz plateada. En el techo, una grieta dejaba pasar un hilo de luz exterior: el mundo mortal estaba cerca.

Kael se detuvo en el borde del círculo.

—Aquí termina mi camino —dijo—. El portal os llevará fuera. Pero una vez que lo crucéis, el Umbral se cerrará detrás de vosotros. No habrá regreso. No hasta que el sello esté completo o roto del todo.

Crowley miró el círculo.

—¿Y el precio?

Kael lo miró con esos ojos blancos sin pupilas.

—El precio ya lo estáis pagando. Cada paso que dais juntos. Cada verdad que no decís. Cada vez que elegís no destruir.

Morrigan dio un paso hacia el círculo.

Crowley la detuvo con una mano en el hombro.

—Espera.

Ella se giró.

—¿Qué?

Él la miró fijamente.

—No voy a cruzar sin saberlo. No todo. Pero al menos una cosa. Dime una verdad. Una sola. Antes de que salgamos de aquí.

Morrigan respiró hondo. El aire tembló ligeramente a su alrededor.

—Está bien —dijo al fin—. Una verdad.

Hizo una pausa. El silencio se hizo más pesado.

—El Fragmento no es solo una reliquia. Es parte de mí. De lo que fui antes. De lo que soy ahora. Cuando lo sellamos juntos no solo lo protegimos. Lo despertamos. Y al despertarlo despertó también lo que llevo dentro desde el coma.

Crowley sintió que algo se le caía dentro del pecho.

—¿Qué despertó?

Morrigan lo miró sin parpadear.

—La certeza de que, si el sello se rompe del todo, yo desaparezco. No muero. Desaparezco. Como si nunca hubiera existido. Y contigo lo mismo.

Crowley guardó silencio. El rojo en sus ojos se apagó por completo. Solo quedó ámbar.

—¿Y por eso no querías que lo tocáramos?

—No —respondió ella—. Por eso quería que lo tocáramos. Porque si no lo hacemos juntos no hay forma de evitar que alguien más lo use. Y si alguien más lo usa el precio no será solo nuestro. Será de todos.

Kael intervino.

—El portal está listo. Elegid.

Crowley miró a Morrigan un segundo más. Luego soltó su hombro.

—Vamos.

Cruzaron el círculo juntos. El mundo se torció de nuevo. Luz blanca cegadora. Frío absoluto. Sensación de caer sin fondo.

El portal de Kael los escupió como si el propio Umbral los hubiera rechazado. Aterrizaron en una explanada desolada, un páramo suspendido entre realidades donde el tiempo parecía haberse olvidado de existir. El viento helado les cortaba la piel, cargado de un olor a tierra mojada, sal antigua y algo más.




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