«TODO HOMBRE LLEVA DENTRO SU PROPIO DEMONIO. LO PELIGROSO NO ES QUE HABLE, ES QUE TE CONVENCE DE QUE TIENE RAZÓN»
La sonrisa de la figura era idéntica a la que Crowley usaba cuando sabía que había ganado una partida antes de que empezara. Pero aquí no había arrogancia juguetona, solo vacío limpio y paciente. Los ojos estaban opacos, como si alguien hubiera apagado la luz interior y dejado solo el cascarón
—Llevo esperándote mucho tiempo. —dijo la versión rota de sí mismo
Morrigan que estaba a su lado se tensó. Su respiración salió entrecortada, un sonido que Crowley no le había oído antes. No era miedo puro; era reconocimiento. Como si ya hubiera visto esa silueta en algún lugar que prefería no recordar.
La Muerte encapuchada no se movió. Solo inclinó ligeramente la cabeza, como si evaluara una pieza que acababa de entrar en el tablero.
Crowley dio un paso adelante hacia delante sin bajar la guardia.
—No eres real —dijo. La voz salió más ronca de lo que pretendía.
La figura inclinó la cabeza, un gesto que Crowley había hecho mil veces frente a espejos, frente a víctimas, frente a nadie.
—¿No? —La voz era la suya, pero con eco, como si hablara desde el fondo de un pozo muy profundo—. Entonces dime por qué sientes que cada palabra que digo te raspa por dentro. Porque sabes que soy lo que queda cuando quitas las mentiras que te cuentas cada amanecer.
Morrigan dio un paso adelante, colocándose ligeramente delante de Crowley. Su postura era protectora, aunque su respiración seguía entrecortada.
—No hables con él —dijo ella, voz baja pero firme—. No le des oxígeno.
La figura rota soltó una risa corta, seca. El sonido rebotó en las paredes de la cámara y volvió deformado.
—¿Oxígeno? Qué poético, Muerte. Pero no necesito aire. Solo necesito que él recuerde.
Crowley sintió un pinchazo. No era dolor físico. Era más antiguo: la sensación de un recuerdo que se niega a quedarse enterrado.
La figura extendió una mano. No había guante. Solo piel pálida, venas negras marcadas.
—Mírame bien —dijo—. Esta es la versión que no eligió dudar. La que no se detuvo cuando el mundo le ofreció arrodillarse. La que tomó el Fragmento sin pedir permiso. La que no dejó que una niña con complejo de salvadora le metiera dudas en la cabeza.
Morrigan se tensó. Crowley lo notó en la forma en que sus dedos se clavaron en su palma.
—No le escuches —susurró ella—. Está usando tu voz para herirte. Es un eco. Nada más.
—¿Un eco? —La figura dio un paso lento hacia ellos. El suelo bajo sus pies no crujió; simplemente se oscureció—. Soy lo que serás si sigues eligiendo esto. Si sigues creyendo que hay redención en una Muerte que juega a ser humana.
Crowley sintió el anillo calentarse de golpe. No era la quemazón habitual de advertencia; era algo más profundo, como si el metal reconociera a su portador original y quisiera volver a él.
La versión rota sonrió de nuevo.
—Exacto. El anillo también lo sabe. Sabe que perteneces aquí. Conmigo. Donde no hay que fingir remordimientos ni proteger a nadie. Donde el poder no pide permiso.
Crowley dio un paso atrás sin darse cuenta. Morrigan lo siguió, manteniendo el contacto.
—No voy a volver a eso —dijo él. Las palabras salieron lentas.
—¿Volver? —La risa fue más amarga esta vez—. Nunca te fuiste, Crowley. Solo te pusiste una máscara. Una máscara con nombre de chica y ojos verdes. Pero la máscara se está agrietando. Lo sientes, ¿verdad? Cada vez que ella te mira como si pudieras ser mejor, algo dentro de ti se revuelve. Porque sabes que no lo eres.
Morrigan soltó la mano de Crowley y avanzó dos pasos decididos hacia la figura.
—Basta —dijo. Su voz tenía ahora el tono que usaba cuando segaba: calma absoluta, sin espacio para negociación—. No eres él. Eres lo que él rechazó. Y lo rechazó por una razón.
La figura ladeó la cabeza hacia ella.
—¿Y cuál es esa razón, Muerte? Ilumíname.
—Porque vio algo que tú nunca verás —respondió ella—. Que el poder sin elección es solo ruido. Y él ya está harto de ruido.
Por primera vez la sonrisa de la figura vaciló. Solo un instante. Pero Crowley lo vio.
Y en ese instante decidió moverse.
Avanzó hasta colocarse al lado de Morrigan. No delante. No detrás. A su lado.
—No voy a fingir que no me tienta —dijo, mirando directamente a los ojos opacos de su doble—. Una parte de mí siempre va a querer el trono, la corona, el mundo arrodillado. Pero esa parte ya no manda sola.
La figura entrecerró los ojos.
—¿Y qué manda ahora? ¿El amor? ¿La esperanza? No me hagas vomitar.
—No —respondió Crowley—. La curiosidad.
La versión rota empezó a reír. Al principio baja. Después más fuerte. El sonido llenó la cámara hasta que las paredes parecieron temblar.
—Curiosidad —repitió cuando pudo hablar—. Qué patético.
#6968 en Fantasía
#3586 en Thriller
#1700 en Misterio
misterio suspense, personajessobrenatules, profecias maldiciones traiciones
Editado: 22.03.2026