«EL VERDADERO REMEDIO NO SIEMPRE SE DICE: SE SIENTE EN LA COMPAÑÍA QUE NO EXIGE NADA»
La grieta que la Muerte encapuchada había señalado se abrió para que pudieran escapar de ese lugar. Crowley tomó la mano de Morrigan sin soltarla ni un segundo y cruzaron. El paso fue breve, pero el aire se volvió espeso, cargado de ese ruido que hacía el estanque a lo lejos. Por un instante todo fue oscuridad y silencio, solo el eco de sus respiraciones y el calor del anillo que aún latía contra su dedo. Luego el suelo bajo sus pies cambió.
Ya no era roca mojada. Ahora era madera vieja, gastada por décadas de tormentas. El viento se escuchaba afuera, golpeando ventanas reforzadas con furia, como si el mundo quisiera recuperar lo que se había escondido. Estaban en una casa aislada en las colinas de Kansas, un refugio que Crowley había preparado años atrás, cuando aún pensaba que huir era cosa de cobardes. Ahora agradecía en silencio haberlo dejado listo.
Morrigan se tambaleó al pisar el suelo de tablones. Crowley la sujetó por la cintura antes de que cayera. Ella respiraba entrecortado, una mano presionando el costado izquierdo. La capa roja colgaba húmeda y pesada de su hombro, goteando agua negra que se evaporaba al tocar el piso.
—Aquí estamos a salvo —dijo él en voz baja—. Al menos hasta que amanezca.
La llevó hasta la habitación principal. La cama olía a lavanda seca, un detalle que él mismo había colocado sin preguntarse demasiado por qué. Colgó la capa en un perchero junto a la ventana y ayudó a Morrigan a sentarse. Solo entonces, a la luz tenue de la lámpara de mesa, se dio cuenta de verdad.
La tela de su camisa estaba rasgada en el costado, y debajo la piel mostraba una quemadura irregular, no profunda pero extendida, como si algo la hubiera lamido desde dentro. El borde era negro, con vetas finas que se ramificaban hacia las costillas. No era una herida normal. Crowley se arrodilló frente a ella y levantó con cuidado la tela.
—¿Cuándo pasó esto? —preguntó, la voz más ronca de lo habitual.
Morrigan miró hacia abajo, como si solo ahora lo notara del todo.
—Cuando empujaste al doble hacia el estanque. Uno de los ecos… el que tenía cicatrices en la cara… lanzó fuego negro justo antes de que el agua lo tragara. Me rozó al esquivar. Pensé que era solo un arañazo. El dolor llegó después, cuando cruzamos la grieta.
Crowley frunció el ceño. Recordaba el momento: el latigazo de energía, el empujón para apartarla, el impacto contra la pared. Pero no había visto el fuego tocarla. O sí, y en el caos lo había ignorado. El anillo en su dedo se calentó un poco, como si reconociera su propia esencia en esa marca.
—No es solo una quemadura —murmuró—. Es residuo del Fragmento. Lo que queda cuando mi poder se vuelve contra sí mismo. Debería haberlo visto antes.
Ella negó con la cabeza, débil pero firme.
—No es tu culpa. Elegí estar ahí.
Sus ojos verdes, más apagados que nunca, lo siguieron mientras él se levantó y se dirigió a la cocina sin decir nada más.
Crowley encendió una lámpara de mesa. Sus manos, que minutos antes habían lanzado fuego negro contra sus propios ecos, ahora removían una olla con sopa. Romero, tomillo, ajo. Era algo que había aprendido en siglos de observar a los humanos: cuando no sabes qué decir, cocina. Cuando no sabes cómo arreglar, al menos calienta.
Volvió con un tazón humeante y se sentó al borde de la cama.
—No soy una inválida —murmuró ella desde la cama, intentando incorporarse. La voz salió ronca, pero con ese filo seco que siempre usaba para no parecer débil.
Crowley alzó una ceja sin dejar de remover.
—Por supuesto que no. Solo eres la que sega almas, tumbada porque mi propia oscuridad decidió morderte. Come antes de que decida darte la cuchara yo mismo.
Le tendió el tazón que había preparado. Morrigan lo tomó, sopló el vapor y probó. El sabor era bueno, reconfortante, sin ningún truco demoníaco. Solo comida hecha con paciencia y hierbas.
—No sabía que los príncipes del infierno cocinaban —comentó con una media sonrisa.
—He tenido tiempo —respondió él encogiéndose de hombros. Su traje oscuro estaba arrugado por la pelea y el paso a través de la grieta—. Siglos enteros. Cuando no estás quemando reinos o esquivando a los que te persiguen, aprendes a apreciar lo pequeño. Tú misma lo decías una vez.
Se quedaron en silencio mientras la lluvia golpeaba el techo. Crowley la observaba con esa atención quieta que tenía cuando algo le interesaba de verdad. Morrigan sentía esa mirada, pero después de lo que habían visto en la cámara, todas aquellas versiones de él saliendo del estanque, rotas de formas distintas, cualquier silencio entre ellos parecía más tranquilo.
—¿Por qué lo haces? —preguntó ella al fin, dejando el tazón a un lado—. Cuidarme no encaja con lo que eres. Tú manipulas, tomas lo que quieres. No te quedas a curar heridas.
Crowley se recostó contra el cabecero, cruzando los brazos. Por un segundo sus ojos rojos perdieron brillo y se volvieron casi normales.
—Tal vez me aburro de lo de siempre. O tal vez verte así me recuerda que incluso la que trae el final puede necesitar que alguien se quede. Y eso, Morrigan, me resulta interesante.
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Editado: 22.03.2026