Profecía de jesly

CAPÍTULO 1 — Una chica completamente normal

Jesly tenía una teoría sobre los martes: eran el día de la semana que el universo usaba para practicar el aburrimiento.
No pasaba nada los martes. No llovía de forma interesante, no llegaban cartas inesperadas, no ocurrían esos pequeños accidentes que al menos hacían que la gente tuviera algo que contar al día siguiente. Los martes simplemente transcurrían, grises y puntuales, como si también ellos tuvieran prisa por terminar.
Ese martes en particular, Jesly caminaba de regreso a casa con la mochila torcida sobre un solo hombro y los auriculares puestos, aunque la música llevaba cinco minutos en silencio. No se había dado cuenta. Iba mirando el suelo, contando las grietas del pavimento con la punta del zapato.
Llevaba dieciséis años siendo completamente ordinaria, y hasta ahora le había parecido suficiente.
La calle Mirabel era siempre igual a esta hora: la señora del cuarto piso regando sus plantas desde la ventana, el perro del vecino ladrando sin convicción, el olor a pan de la panadería de la esquina mezclándose con el humo de los coches. Jesly conocía cada detalle de esa calle como conocía su propio nombre. Sin sorpresas. Sin misterios.
Entonces vio a las dos chicas.
Estaban de pie junto al callejón que separaba la panadería del edificio de correos, susurrando entre ellas con una urgencia que no pegaba nada con la tranquilidad del barrio. Jesly no las conocía, y eso ya era raro de por sí — llevaba toda la vida en ese vecindario y reconocía a casi todo el mundo. Pero estas dos eran distintas. Llevaban ropa oscura a pesar del calor, y una de ellas tenía las manos extendidas frente a ella, con los dedos tensos, como si estuviera intentando sostener algo invisible en el aire.
Jesly aminoró el paso sin pensarlo.
La chica de las manos extendidas murmuró algo. Su compañera asintió. Y entonces ocurrió algo que Jesly no supo cómo procesar: pareció que entre las manos de la chica se formaba algo — no exactamente luz, sino la ausencia de oscuridad, un brillo que no venía de ninguna dirección concreta.
Duró menos de un segundo.
Porque en el momento exacto en que Jesly se detuvo en la acera a mirar, el brillo se apagó. No se disipó lentamente, no se desvaneció con elegancia. Simplemente dejó de existir, como si alguien hubiera cerrado un grifo. La chica de las manos extendidas soltó un jadeo y se las miró con una expresión que Jesly no supo si era confusión o miedo.
Su compañera dijo algo en voz baja. Las dos giraron la cabeza al mismo tiempo.
Miraron directamente a Jesly.
Ella sintió que algo frío le recorría la nuca, aunque la tarde era calurosa. Hubo un segundo de silencio tenso, extraño, como esos momentos justo antes de que empiece la tormenta. Luego la segunda chica tomó del brazo a su compañera y las dos echaron a caminar rápido en dirección contraria, sin decir nada, sin mirar atrás.
Jesly se quedó parada en medio de la acera.
¿Qué acaba de pasar?
Se quitó los auriculares despacio. El sonido del barrio regresó: el perro, el tráfico, el pan. Todo completamente normal. Miró el callejón, que ahora estaba vacío, y luego miró sus propias manos, aunque no sabía muy bien por qué.
No había nada raro en ellas. Solo sus manos.
Exhaló despacio y siguió caminando. Probablemente era algún truco de luz. O esas chicas estaban grabando algo para internet. O simplemente era uno de esos momentos extraños que a veces ocurren en las ciudades y que no tienen ninguna explicación porque tampoco la necesitan.
Los martes, había decidido Jesly, seguían siendo aburridos.
Aunque, por alguna razón que no supo nombrar, esa noche tardó más de lo habitual en dormirse.
Tres ciudades más al norte, en una habitación donde las velas nunca se apagaban solas, una mujer anciana abrió los ojos de golpe.
La visión había llegado de nuevo. Siempre la misma chica. Siempre la misma calle. Y ahora, por primera vez, también había llegado él — el muchacho que todavía no sabía que su vida estaba a punto de cambiar.
Anorit se levantó despacio, apoyándose en el bastón de madera oscura, y caminó hacia la ventana.
"Ya es tiempo", dijo en voz baja, a nadie en particular.
Y en algún lugar de la ciudad, sin saber por qué, Charly sintió que alguien lo miraba.
— Fin del Capítulo 1 —




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