Profecía de jesly

Capítulo 2 — El chico que siguió una carta

Charly tenía una regla muy simple para vivir: no meterse en problemas que no fueran suyos.
Era una regla excelente. Práctica, eficiente, y hasta ese momento había funcionado sin fallas. No era cobardía — él se hubiera ofendido mucho si alguien lo llamara cobarde — era simplemente sentido común. El mundo estaba lleno de cosas raras y de gente con problemas enormes, y Charly había aprendido desde pequeño que la mejor forma de llegar sano a la cama cada noche era mantener la cabeza baja y los ojos al frente.
Lo cual hacía muy difícil explicar qué estaba haciendo parado frente a un edificio desconocido a las seis de la tarde con una carta en la mano.
La carta había llegado esa mañana. No tenía remitente, ni sello de correos, ni ninguna indicación de cómo había terminado doblada en cuatro dentro de su mochila, que él estaba completamente seguro de haber cerrado antes de salir de casa. Dentro solo había una dirección escrita con letra pequeña y pulcra, y debajo, una sola línea:
Hay algo que necesitas ver.
Charly la había leído tres veces. Luego la había guardado. Luego había pasado todo el día diciéndose que no iba a ir, que eso era exactamente el tipo de cosa en la que una persona sensata no se metía, que probablemente era una broma de algún compañero con demasiado tiempo libre.
Y sin embargo.
Aquí estaba.
El edificio no tenía nada de especial. Era uno de esos bloques de apartamentos de los años ochenta que parecen cansados de existir, con la fachada gris y los buzones oxidados y una planta trepadora que nadie había podido matar en décadas. El número de la carta coincidía con el del portal. Charly miró hacia arriba, contó las ventanas, y se preguntó por qué sus pies lo habían traído hasta aquí cuando su cabeza claramente había votado en contra.
— Porque eres idiota — se respondió en voz baja.
Empujó el portal.
Estaba abierto.
Las escaleras olían a humedad y a algo que podría haber sido lavanda en otra vida. Charly subió al segundo piso siguiendo el número de la carta y se detuvo frente a una puerta de madera oscura que no tenía timbre. Llamó con los nudillos. Esperó.
Nada.
Llamó de nuevo, más fuerte esta vez.
— Está abierto — dijo una voz desde dentro. Era una voz de mujer, tranquila, como si hubiera estado esperando exactamente ese segundo toque.
Charly abrió la puerta despacio.
Lo primero que vio fueron las velas. Docenas de ellas, de distintos tamaños, repartidas por cada superficie disponible — estantes, mesas, el suelo, incluso el alféizar de la única ventana que había en la habitación. La luz que producían era cálida y extrañamente quieta, sin parpadeos, como si el aire dentro de ese apartamento hubiera decidido no moverse.
Lo segundo que vio fue a la mujer.
Era anciana, con el cabello blanco recogido en lo alto de la cabeza y unos ojos de un color que Charly no supo clasificar — no eran grises ni azules ni verdes, sino algo entre las tres cosas, como el cielo justo antes de que decida qué tiempo va a hacer. Estaba sentada en un sillón de madera frente a una mesa pequeña, con las manos apoyadas sobre ella, completamente inmóvil. Lo miraba como si lo conociera de toda la vida.
— Llevas retraso — dijo. — Pensé que vendrías antes de las cinco.
Charly parpadeó.
— No... yo no tenía pensado venir.
— Y sin embargo estás aquí. — Hizo un gesto hacia la silla al otro lado de la mesa. — Siéntate, Charly.
Él no se movió.
— ¿Cómo sabe mi nombre?
— De la misma forma en que sé que tienes una cicatriz en la rodilla derecha de cuando te caíste de una bicicleta con ocho años — dijo ella, sin alterarse. — De la misma forma en que sé que esta mañana estuviste a punto de tirar esa carta a la basura pero algo te lo impidió. — Hizo una pausa breve. — Me llamo Anorit. Siéntate, por favor. Tenemos mucho de qué hablar y no todo el tiempo del mundo para hacerlo.
Charly se sentó. No porque confiara en ella. Se sentó porque sus piernas tomaron esa decisión antes de que su cerebro pudiera objetar.
— ¿Qué quiere de mí? — preguntó.
Anorit lo observó un momento antes de responder, con esa calma de quien sabe exactamente qué va a decir pero elige el momento con cuidado.
— No quiero nada de ti — dijo al fin. — Solo necesito que hagas una cosa muy pequeña.
— La gente que dice que solo necesita una cosa muy pequeña normalmente necesita algo enorme.
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro de la anciana.
— Eres más listo de lo que aparentas. Bien. — Se recostó levemente en el sillón. — Hay una chica. Vive en la calle Mirabel, en el barrio sur. Se llama Jesly. Mañana por la mañana va a necesitar ayuda, aunque ella todavía no lo sabe.
Charly frunció el ceño.
— ¿Qué tipo de ayuda?
— El tipo que tú puedes darle.
— No tengo ninguna habilidad especial — dijo él, con más firmeza de la que sentía. — Soy una persona completamente normal.
— Lo sé — respondió Anorit, y en su voz no había condescendencia, sino algo que sonaba casi a alivio. — Eso es exactamente lo que la hace necesitarte a ti.
El silencio que siguió fue de esos que pesan.
Charly miró las velas. Miró a la anciana. Miró la puerta por la que había entrado y que seguía abierta detrás de él, como recordándole que podía marcharse en cualquier momento.
— ¿Por qué yo? — preguntó.
Anorit lo miró con esos ojos de color indefinido, y por un segundo Charly tuvo la sensación extraña, incómoda, de que ella estaba viendo algo más que su cara. Como si lo estuviera leyendo de una forma que no tenía nada que ver con las palabras.
— Porque en todas las visiones que he tenido — dijo ella despacio — tú eres el único que siempre está de su lado cuando más lo necesita.
Charly no supo qué responder a eso.
Se quedó en el apartamento de las velas otros veinte minutos, haciendo preguntas que Anorit respondía con medias verdades envueltas en silencios. Cuando finalmente se levantó para irse, la anciana no lo detuvo. Solo dijo, mientras él cruzaba la puerta:
— Calle Mirabel. Mañana por la mañana. Confía en lo que sientas.
Él bajó las escaleras sin mirar atrás.
En la calle, el aire de la tarde le pareció demasiado fresco después del calor quieto de las velas. Caminó dos bloques antes de detenerse en una esquina, sacando la carta del bolsillo y mirándola una vez más.
Hay algo que necesitas ver.
La dobló de nuevo. La guardó.
Su regla de no meterse en problemas ajenos había funcionado durante diecisiete años.
Mañana, decidió, iba a romperla por primera vez.
En su habitación de la calle Mirabel, Jesly por fin se quedó dormida.
Soñó con sus manos. Con algo invisible entre los dedos, como electricidad sin chispa. Con una voz que no reconoció diciéndole algo que no pudo escuchar.
Se despertó con la sensación de que algo había cambiado.
Miró el techo. Miró la ventana. Todo igual que siempre.
Pero la sensación no se fue.
— Fin del Capítulo 2 —




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