Las visiones nunca llegaban cuando Anorit las buscaba.
Esa era la crueldad particular de su don: no era una puerta que se pudiera abrir desde dentro. Era una ventana que se abría sola, sin avisar, a cualquier hora y en cualquier lugar. Había tenido visiones mientras dormía, mientras cocinaba, mientras caminaba por mercados llenos de gente. Una vez, hacía muchos años, la había sorprendido una en medio de una conversación importante, y había tardado tanto en volver que su interlocutor había llamado a un médico.
Anorit no había explicado lo que era. Nunca lo hacía.
Esa noche, sentada frente a las velas que nunca se apagaban solas, la visión llegó como siempre: sin permiso y sin disculpa.
Primero fue el olor.
Algo quemado. No madera, no tela — algo más difícil de nombrar, como si el propio aire hubiera decidido arder. Anorit lo reconoció antes de que llegara nada más. Ese olor siempre precedía las visiones importantes, las que no eran simples destellos del mañana sino fragmentos de algo mucho más grande y mucho menos comprensible.
Luego llegó la imagen.
Una figura de pie en medio de un espacio que no era exactamente un lugar — no tenía paredes ni suelo definido, solo esa luz gris y difusa que en los sueños sirve de escenario para todo. La figura era joven. Anorit intentó ver su cara, como siempre intentaba, y como siempre ocurría la cara se negaba a enfocarse, borrosa como un reflejo en agua movida.
Pero el cabello. El cabello sí era visible: oscuro, largo, cayendo sobre unos hombros que cargaban con algo que no tenía forma física.
Podría ser ella. Casi siempre era ella.
La figura extendió una mano.
De la palma no salió luz. No salió magia, no salió nada de lo que Anorit habría esperado ver. Salió silencio. Un silencio con forma, con peso, que se expandía hacia afuera como las ondas de una piedra en el agua, y donde ese silencio tocaba las cosas, las cosas simplemente...
...dejaban de hacer lo que hacían.
Una llama cercana se apagó.
Otra.
Otra más.
La figura no lo hacía a propósito. Eso era lo más importante, lo que Anorit llevaba meses intentando descifrar: no era un gesto de poder sino de existencia. La figura no estaba atacando nada. Solo estaba siendo.
Y eso era suficiente para que todo lo demás se detuviera.
Entonces la visión dio un salto, como dan los sueños — sin transición, sin lógica — y de repente había otras figuras. Más oscuras. Con las manos extendidas también, pero hacia la figura del cabello oscuro, no desde ella. Rodeándola. Cerrando el círculo.
Anorit quiso gritar algo. En las visiones nunca podía.
La figura del centro levantó la cabeza por fin, y por un instante brevísimo, casi imperceptible, la cara estuvo a punto de enfocarse.
Casi.
El olor a quemado se hizo insoportable.
Y la visión se rompió.
Anorit parpadeó.
Las velas seguían ardiendo. La habitación seguía siendo la misma. Sus manos, apoyadas sobre la mesa, temblaban apenas — tan poco que cualquier otra persona no lo habría notado, pero ella llevaba décadas conociéndose y sabía que ese temblor mínimo era lo más cercano al miedo que su cuerpo todavía se permitía.
Se levantó despacio. Caminó hasta la ventana.
La ciudad de noche siempre le parecía más honesta que la ciudad de día. Sin la distracción del movimiento y el ruido, se podía ver la estructura de las cosas: los edificios quietos, las calles vacías, las pocas ventanas iluminadas donde alguien más seguía despierto sin saber por qué.
Casi.
Eso era lo que la inquietaba. No la visión en sí — llevaba meses viendo variaciones de lo mismo, la figura, el silencio expandiéndose, el círculo cerrándose. Lo que la inquietaba era eso: que la cara nunca terminaba de enfocarse.
En cuarenta años de visiones, Anorit había aprendido a leerlas como otros leen mapas. Los detalles claros eran certezas. Los detalles borrosos eran posibilidades. Y las cosas que la visión se negaba a mostrar con nitidez eran, invariablemente, las cosas que todavía podían cambiar.
La cara borrosa no era un fallo de su don.
Era una advertencia.
Quizás no es ella, pensó, y no era la primera vez que lo pensaba. Quizás nunca ha sido ella.
Pero entonces recordaba el cabello oscuro, y la calle Mirabel, y la forma en que las dos exploradoras del Consejo habían regresado tres semanas antes con los ojos demasiado abiertos y las manos vacías, diciendo que algo había fallado, que la magia simplemente había dejado de responder, que no sabían explicarlo pero que había sido cerca de una chica que ni siquiera las había mirado bien.
Una chica completamente ordinaria.
Anorit volvió a la mesa. Se sentó. Tomó el pequeño cuaderno de cuero donde llevaba años anotando las visiones — no en orden, no con fechas, sino en el orden en que las entendía, que no siempre coincidía con el orden en que llegaban — y escribió tres palabras debajo de la última entrada:
La cara. Casi.
Luego cerró el cuaderno.
Había enviado al muchacho. Eso estaba hecho. Charly llegaría a la calle Mirabel mañana, como llegaba en todas las versiones de la visión que habían terminado de una forma que Anorit podía soportar. Sin él, el círculo se cerraba demasiado rápido. Con él, había tiempo. No mucho, pero suficiente.
Suficiente para qué, exactamente, era la parte que todavía no estaba segura de saber.
¿Y si me equivoco?, pensó, mirando las llamas quietas.
Era la pregunta que no se hacía en voz alta. La que guardaba para estas horas, cuando las velas ardían y la ciudad dormía y no había nadie delante de quien mantener la compostura de quien sabe lo que hace.
Cuarenta años viendo el futuro, y la única lección que le había dejado era esta: ver no era lo mismo que entender. El futuro llegaba en fragmentos, en imágenes que parecían claras hasta que ocurrían de verdad y resultaban ser algo completamente distinto a lo que ella había interpretado.
La figura. El silencio. El círculo.
Podría ser ella.
Casi siempre era ella.
Pero casi siempre no era siempre.
Anorit apagó una sola vela con los dedos — algo que solo hacía cuando quería recordarse que todavía podía elegir — y cerró los ojos.
Mañana sabría un poco más. O un poco menos. Con las visiones nunca se sabía.
Eso también era parte del don.
A tres pisos de distancia, en la única ventana iluminada del edificio de enfrente, alguien observaba el apartamento de Anorit.
No era la primera vez que lo hacía.
Sacó un teléfono. Escribió un mensaje corto. Lo envió.
La respuesta llegó en menos de diez segundos:
Seguid observando. Todavía no.
La figura apagó la luz de la ventana.
Y la calle quedó completamente a oscuras.
— Fin del Capítulo 3 —