Profecía de jesly

Capítulo 4 — El chico de la esquina

La mañana del miércoles llegó con nubes bajas y esa luz blanca y plana que hace que todo parezca ligeramente irreal, como una fotografía sobreexpuesta. Jesly lo notó desde que abrió los ojos: algo en el aire era distinto. No sabía nombrarlo. Era como cuando uno siente que va a llover horas antes de que el cielo lo decida.
Se levantó de todas formas. Se vistió. Desayunó de pie, con el vaso de leche en una mano y la mochila ya al hombro, como hacía siempre cuando quería convencerse de que el día iba a ser normal.
Salió a las ocho y cuarto.
La calle Mirabel a esa hora tenía su propio ritmo: gente con prisa, perros con sus dueños, el frutero de la esquina acomodando naranjas en la caja con esa precisión suya que Jesly siempre había encontrado hipnótica. Todo igual. Todo en su sitio.
Caminó tres bloques sin incidentes.
Fue al doblar la cuarta esquina cuando lo vio.
Era un chico de más o menos su edad, parado en mitad de la acera con una expresión que mezclaba concentración y perplejidad en partes iguales, mirando su teléfono y luego mirando los edificios y luego mirando el teléfono de nuevo. Llevaba una chaqueta que era demasiado abrigada para la época y el cabello ligeramente revuelto, como si hubiera salido de casa con prisa o sin espejo, o ambas cosas.
Jesly lo habría ignorado — la ciudad estaba llena de personas perdidas — si no fuera porque estaba parado exactamente en el centro de la acera, bloqueando el paso, y no parecía tener ninguna intención de moverse.
Ella aminoró el paso.
— Perdona — dijo.
El chico levantó la vista del teléfono. Tenía los ojos oscuros y una mirada que Jesly clasificó instantáneamente como la de alguien que piensa demasiado rápido y habla ligeramente más lento de lo que le gustaría.
— Ah. Perdona tú — dijo él, haciéndose a un lado. Luego, antes de que Jesly pudiera seguir caminando, añadió: — Oye, ¿sabes si hay una farmacia por aquí cerca?
Jesly se detuvo a pesar de sí misma.
— A dos bloques, girando a la derecha.
— Gracias. — Una pausa. — ¿Vives por aquí?
— Sí.
— Yo no — dijo él, innecesariamente. — Me llamo Charly.
Jesly lo miró un segundo.
— ¿Sueles presentarte a desconocidos en la calle a las ocho de la mañana?
— Normalmente no — admitió él, con una honestidad que Jesly no esperaba. — Pero hoy estoy teniendo un día raro y me pareció que igual tú también.
Ella frunció el ceño.
— ¿Por qué ibas a pensar eso?
Charly abrió la boca. La cerró. Pareció considerar varias respuestas y descartar todas.
— No lo sé — dijo al fin. — Intuición.
Era una respuesta extraña. Jesly debería haber dicho bueno, pues no, y seguido caminando, porque tenía clase en cuarenta minutos y este chico desconocido con su chaqueta de más y su mirada de pensar demasiado no era su problema.
En cambio dijo:
— Me llamo Jesly.
Caminaron juntos dos bloques sin ninguna razón particular para hacerlo.
Charly preguntaba cosas — no preguntas raras, sino preguntas normales, del tipo que hace alguien que genuinamente no sabe cómo funciona un lugar y necesita orientarse. Que si el barrio era tranquilo, que si el metro quedaba lejos, que si la panadería de la esquina era buena. Jesly respondía con esa eficiencia automática de quien conoce su vecindario de memoria, y en algún punto dejó de preguntarse por qué seguía caminando al lado de un desconocido y simplemente siguió haciéndolo.
Fue Charly quien lo vio primero.
— Oye — dijo, bajando un poco la voz sin saber por qué. — ¿Conoces a esas dos?
Jesly siguió su mirada.
Al otro lado de la calle, parcialmente ocultas bajo el toldo azul de una tienda de ropa que todavía no había abierto, había dos mujeres. No eran jóvenes, no eran viejas — tenían esa edad indefinida que a veces tienen las personas que han vivido mucho sin que se les note en la cara. Llevaban ropa oscura, lo cual no habría sido raro de no ser por la forma en que estaban paradas: quietas, demasiado quietas, con los ojos fijos en Jesly con una atención que no era la de alguien que mira por curiosidad sino la de alguien que lleva tiempo esperando.
Jesly sintió el frío en la nuca otra vez. El mismo de dos días antes.
— No — dijo. — No las conozco.
— Llevan mirándote desde que doblamos la esquina — dijo Charly, en ese tono casual que usan las personas cuando quieren no alarmar pero están bastante alarmadas.
— A lo mejor me confunden con alguien.
— A lo mejor.
Ninguno de los dos se lo creyó.
Siguieron caminando. Jesly resistió el impulso de mirar atrás durante casi media manzana. Cuando finalmente no pudo más y giró la cabeza, las dos mujeres ya no estaban bajo el toldo.
Estaban siguiéndolos.
No corrían, no se escondían — caminaban con esa normalidad estudiada de quien sabe exactamente lo que está haciendo y no tiene miedo de que lo vean. Lo cual, pensó Jesly, era de alguna forma más aterrador que si hubieran estado escondiéndose.
— Charly — dijo, y su voz sonó más tranquila de lo que se sentía.
— Ya las veo — respondió él.
— ¿Qué hacemos?
Charly metió el teléfono en el bolsillo con un movimiento decidido. Jesly pudo ver en su cara el momento exacto en que algo cambiaba — como si una parte de él que había estado esperando sin saberlo de repente encontrara para qué.
— Hay un mercado cubierto a media manzana — dijo Jesly. — Lo conozco bien, tiene tres salidas.
— Bien. Caminamos normal hasta la entrada y luego corremos.
— ¿Corremos?
— ¿Prefieres esperar a ver qué quieren?
Jesly miró de reojo a las dos mujeres, que habían acortado la distancia.
— No — dijo.
— Entonces corremos.
Corrieron.
El mercado cubierto de la calle Mirabel era uno de esos lugares que huelen a diez cosas distintas a la vez y suenan como una conversación que nunca termina. Puestos de fruta, de especias, de quesos, de ropa, de cachivaches sin clasificar — todo apretado bajo un techo de hierro y cristal que multiplicaba el ruido y la luz en partes iguales.
Jesly conocía cada pasillo. Giró a la izquierda, luego a la derecha, luego por el pasillo estrecho entre los puestos de telas donde los carritos de la compra siempre se atascaban, y salió por la segunda salida lateral a una calle diferente, con Charly dos pasos detrás de ella.
Se pegaron a la pared. Esperaron.
Diez segundos. Veinte. Nadie salió por esa puerta.
Jesly exhaló.
— Creo que las perdimos.
Charly asintió, pero seguía mirando hacia la entrada del mercado con esa expresión de pensar demasiado rápido.
— ¿Qué está pasando? — preguntó Jesly, y esta vez su voz no sonó tranquila. — ¿Quiénes eran esas personas? ¿Por qué me seguían a mí?
— No lo sé — dijo Charly.
Era la respuesta honesta, y los dos lo sabían, y ninguno de los dos la encontró suficiente.
Jesly lo miró. Era un chico que había aparecido en su calle sin motivo aparente esa misma mañana, que había empezado a hablar con ella sin ninguna razón clara, y que al primer signo de peligro había reaccionado con una calma que no era la de alguien que no tiene miedo sino la de alguien que ya había decidido de antemano que no iba a huir.
— ¿Por qué estabas en mi calle esta mañana? — preguntó.
Charly dudó. Solo un segundo, pero Jesly lo vio.
— Ya te lo dije. Estoy un poco perdido.
— No me lo creo.
Otra pausa. Más larga esta vez.
— No — admitió él. — Supongo que no.
El ruido del mercado llegaba amortiguado desde dentro. Alguien al otro lado de la pared estaba discutiendo el precio de algo con una energía admirable para ser tan temprano. La ciudad seguía siendo la ciudad, completamente ajena a lo que acababa de ocurrir en sus calles.
— Cuéntame — dijo Jesly. No era una pregunta.
Charly la miró un momento. Luego miró la calle. Luego volvió a mirarla a ella.
— Anoche conocí a una mujer — empezó. — Se llama Anorit. Me dijo que estarías en peligro y que tenía que estar aquí esta mañana.
El nombre cayó en el silencio entre ellos como una piedra en agua quieta.
Jesly no lo había escuchado nunca. Y sin embargo algo en ella reaccionó a él de una forma que no supo explicar — no reconocimiento exactamente, sino algo más parecido a la sensación de que una pieza encaja en un lugar que llevaba tiempo vacío sin que ella supiera que faltaba algo.
— ¿Quién es Anorit? — preguntó.
— No lo sé del todo — dijo Charly. — Pero creo que sabe cosas que nosotros no sabemos.
Nosotros, pensó Jesly. Qué palabra tan rara para dos personas que se conocían desde hacía veinte minutos.
Y sin embargo no sonó mal.
Tres bloques más atrás, las dos mujeres se detuvieron en la entrada del mercado.
La mayor de las dos sacó un teléfono.
— La hemos perdido — dijo. Su voz era completamente plana, sin emoción.
Una pausa mientras escuchaba la respuesta.
— Sí. Había alguien con ella. Un chico. No estaba en ninguno de nuestros registros.
Otra pausa.
— Entendido.
Colgó. Guardó el teléfono. Miró a su compañera.
— Maren quiere verlas esta noche.
La segunda mujer asintió, pero algo en su expresión cambió levemente — no miedo exactamente, sino algo parecido.
— ¿Sabes lo que significa eso?
— Sí — dijo la primera. — Significa que ya no estamos en la fase de observación.
Las dos se miraron un momento.
Luego echaron a caminar en dirección contraria, y la calle se las tragó como si nunca hubieran estado allí.
— Fin del Capítulo 4 —




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