Decidieron no separarse
No fue una decisión hablada — fue de esas que ocurren solas, cuando dos personas se miran después de algo raro y las dos saben sin decirlo que ninguna quiere quedarse sola con la pregunta de qué viene después. Jesly llamó al instituto para decir que estaba enferma, algo que nunca había hecho en tres años. Charly no tenía ningún sitio al que ir.
Encontraron una cafetería pequeña a cuatro calles del mercado, de esas que huelen a café quemado y tienen las sillas un poco cojas pero que a cambio nunca están llenas. Se sentaron al fondo, de cara a la puerta, y Charly contó todo lo que sabía sobre Anorit, que no era mucho: el apartamento de las velas, las palabras exactas que la anciana había usado, la sensación incómoda de que ella sabía cosas que él no sabía que existían.
Jesly escuchó sin interrumpir. Cuando él terminó, se quedó mirando su taza un momento.
— ¿Y la creíste? — preguntó.
— No del todo — dijo Charly. — Pero aquí estoy.
— Aquí estás — repitió ella, como sopesando el peso de esas dos palabras.
— ¿Tú has notado algo raro últimamente? Antes de hoy, me refiero.
Jesly pensó en las dos chicas del callejón. En la luz que se había apagado en el momento exacto en que ella se detuvo a mirar. En el sueño de la noche anterior, las manos, la electricidad sin chispa, la voz que no había podido escuchar.
— Quizás — dijo.
Charly esperó, pero ella no añadió nada más, y él fue suficientemente listo para no insistir.
Pasaron la mañana así, en esa cafetería de sillas cojas, hablando de cosas que no eran las importantes y rodeando con cuidado las que sí lo eran. Jesly descubrió que Charly tenía el hábito de tamborilear los dedos sobre la mesa cuando pensaba, y que se reía con una facilidad que no pegaba nada con la seriedad que ponía cuando miraba hacia la puerta cada vez que alguien entraba. Charly descubrió que Jesly hacía preguntas muy precisas y escuchaba las respuestas con una atención que hacía sentir que lo que uno decía importaba de verdad.
A las doce y media, Charly dijo que tenía hambre.
— Hay un sitio a la vuelta que hace bocadillos buenos — dijo Jesly. — Lo conozco desde pequeña.
— ¿Es seguro?
— Es una bocadillería, Charly.
— Esta mañana una calle normal tampoco parecía peligrosa y ya ves.
Jesly no pudo discutirle eso.
Salieron juntos. La calle estaba tranquila, bañada en esa luz blanca y plana de la mañana que a estas horas había empezado a calentarse un poco. Caminaron pegados a los edificios, despacio, mirando más de lo que dos personas normales miran cuando van a buscar un bocadillo.
La bocadillería estaba a la vuelta de la esquina, como había dicho Jesly.
No llegaron a entrar.
Charly lo vio antes de que ocurriera — o quizás lo sintió, que no es lo mismo pero a veces da el mismo resultado. Fue un movimiento en el callejón lateral, algo que no cuadraba con el ritmo del resto de la calle, y su cuerpo reaccionó antes de que su cabeza terminara de procesar qué era.
Se paró en seco.
— Jesly, espera —
Pero ya era tarde.
De las sombras del callejón salió una figura — no las dos mujeres de antes, sino un hombre que Jesly no había visto nunca, alto y con esa quietud en el cuerpo que tienen las personas acostumbradas a esperar. Miró a Jesly un instante. Solo un instante. Y luego, con una deliberación que heló el aire, giró la mirada hacia Charly.
Extendió una mano.
Lo que salió de ella no era luz exactamente. Era más parecido a una presión, algo invisible que cruzó el espacio entre ellos en menos de un segundo y golpeó a Charly en el pecho con una fuerza que no tenía explicación física. Charly salió despedido hacia atrás, chocó contra la pared del edificio de enfrente y cayó al suelo con un sonido que a Jesly se le clavó en algún lugar detrás del esternón.
— ¡Charly!
Corrió hacia él sin pensar. Se arrodilló. Él intentaba incorporarse, con los ojos entrecerrados y una mano apoyada en el pecho donde algo claramente dolía.
— Estoy bien — dijo, con la voz de alguien que no está del todo bien.
— No estás —
— Jesly.
Su nombre en la boca de él sonó distinto a como sonaba siempre. Más urgente. Ella levantó la vista.
El hombre del callejón estaba caminando hacia ellos.
Despacio. Sin prisa. Con esa seguridad particular de quien sabe que el otro no tiene a dónde ir.
Jesly se puso de pie. No fue una decisión valiente — fue que su cuerpo se levantó solo, interponiéndose entre Charly y el hombre, y cuando quiso darse cuenta ya estaba ahí, de pie, con los puños cerrados y algo encendido en el pecho que no sabía nombrar.
— Para — dijo.
El hombre no paró.
— He dicho que pares.
Tampoco.
Volvió a extender la mano, esta vez hacia Jesly. Ella lo vio venir y cerró los ojos por instinto, apretó los puños, y esperó.
El golpe no llegó.
Abrió los ojos.
El hombre tenía la mano extendida, los dedos tensos, la expresión concentrada de quien está haciendo algo que debería funcionar. Pero no funcionaba. Había algo entre su mano y Jesly — no visible, no exactamente, pero presente de una forma que ella podía casi sentir en la piel, como estática antes de una tormenta. Un espacio donde algo debería estar ocurriendo y no ocurría.
El hombre lo intentó de nuevo.
Nada.
Por primera vez desde que había salido del callejón, su expresión cambió. No de rabia — de algo más parecido al reconocimiento. Como si acabara de confirmar algo que esperaba no encontrar.
Retrocedió un paso.
— Igual que dijeron — murmuró, más para sí mismo que para ellos.
Luego giró y desapareció por el callejón con la misma rapidez con que había aparecido, y la calle volvió a ser una calle normal, con su ruido y su luz y su gente que pasaba sin saber que hacía treinta segundos algo completamente inexplicable había ocurrido en ella.
Jesly tardó un momento en moverse.
Luego se giró hacia Charly, que ya estaba sentado con la espalda contra la pared y una mano en las costillas y una expresión que mezclaba dolor con algo que en otra situación podría haber sido fascinación.
— ¿Qué acaba de pasar? — preguntó él.
— No lo sé.
— Ha intentado hacerte algo y no ha podido.
— No lo sé, Charly.
— Jesly —
— He dicho que no lo sé. — Su voz sonó más brusca de lo que pretendía. Se arrodilló de nuevo frente a él. — ¿Puedes moverte?
— Sí. — Lo demostró incorporándose despacio, apoyándose en la pared. Hizo una mueca. — Algo de las costillas. Nada roto, creo.
— ¿Cómo sabes lo que se siente una costilla rota?
— Una historia larga. — La miró. — Oye.
— ¿Qué?
— Gracias. Por ponerte delante.
Jesly no supo qué decir a eso. Era una de esas frases sencillas que no necesitan respuesta pero que pesan más de lo que parecen.
— Necesitamos encontrar a Anorit — dijo al fin.
Charly asintió. Luego dijo algo que Jesly no esperaba:
— Él te ha reconocido. ¿Lo has visto? Cuando la magia no le ha funcionado, ha dicho igual que dijeron. Alguien le había hablado de ti. Ya sabía lo que ibas a hacer antes de que tú lo hicieras.
Jesly procesó eso en silencio.
— Lo cual significa que yo no — dijo despacio.
— No.
— Ellos saben lo que soy antes que yo.
— Sí.
Las palabras cayeron entre ellos con todo su peso. La calle seguía siendo la calle. La bocadillería seguía estando a la vuelta, con sus bocadillos y su normalidad intacta. Y Jesly estaba aquí, de pie en la acera, con los puños todavía ligeramente cerrados y algo todavía encendido en el pecho que no se había apagado del todo.
— Bien — dijo.
Charly la miró.
— ¿Bien?
— Si ellos ya lo saben — dijo Jesly, con una calma que sorprendió a los dos —, entonces ya es hora de que yo también lo sepa.
En el apartamento de las velas, Anorit abrió los ojos de golpe.
La visión había durado apenas tres segundos. No la figura habitual, no el silencio expandiéndose.
Solo una imagen: Jesly de pie frente a algo que no podía hacerle daño.
Y por primera vez en cuarenta años de visiones, Anorit no supo si lo que sentía era alivio o miedo.
Quizás las dos cosas. Quizás eran la misma.
— Fin del Capítulo 5 —