Profecía de jesly

Capítulo 6 — Tres sombras sobre el mismo nombre

Anorit los estaba esperando.
No en el apartamento de las velas — sino en el portal de la calle Mirabel, apoyada en su bastón con la paciencia de quien lleva tanto tiempo viendo el futuro que esperar en el presente le resulta casi cómico. Cuando Jesly y Charly doblaron la esquina y la vieron ahí, ninguno de los dos preguntó cómo sabía dónde encontrarlos. Ya empezaban a entender que con Anorit esa pregunta no tenía mucho sentido.
Lo que sí preguntó Charly, en cuanto estuvo suficientemente cerca, fue:
— ¿Sabías que iban a atacarme?
— Sabía que algo ocurriría esta mañana — dijo Anorit, sin moverse del portal. — No siempre puedo ver los detalles.
— Eso no es una respuesta.
— Es la única que tengo.
Charly abrió la boca. Jesly le puso una mano en el brazo, no para callarlo sino para decirle después, y él lo entendió y cerró la boca, aunque su expresión dejó claro que la conversación no había terminado.
— Necesito saber qué soy — dijo Jesly, mirando a Anorit directamente. No era una petición. Era algo más cercano a una exigencia, y en la voz de una chica de dieciséis años que esa mañana había puesto el cuerpo delante de algo que no entendía, sonaba completamente razonable.
Anorit la estudió un momento con esos ojos de color indefinido.
— Sí — dijo. — Lo necesitas. — Hizo un gesto hacia el interior del edificio. — Pero no aquí.
El apartamento de Jesly olía a normalidad: al café de la mañana que todavía flotaba en el aire, a la ropa limpia tendida en el pasillo, a ese olor particular que tienen los hogares de siempre que no tiene nombre pero que Jesly reconocería con los ojos cerrados en cualquier parte del mundo.
Anorit entró sin parecer fuera de lugar, lo cual era en sí mismo algo extraño. Se sentó en el sofá con la espalda recta y el bastón apoyado en la rodilla, y esperó a que los dos se sentaran también.
— Voy a contaros lo que sé — dijo. — Y luego vais a tener preguntas que no podré responder todas, y tendréis que aceptar eso.
— Empieza — dijo Jesly.
Anorit asintió.
— Hay brujas en este mundo desde antes de que existiera un nombre para lo que son. La mayoría viven como tú, Jesly — sin saberlo, o sabiéndolo apenas, sintiendo que algo en ellas es distinto sin entender qué. Algunas despiertan solas. Otras necesitan que alguien las encuentre. — Hizo una pausa breve. — Tú eres de las que despiertan cuando algo las obliga.
— Esta mañana — dijo Jesly.
— Esta mañana.
— La magia de ese hombre no me afectó.
— No. Y no es la primera vez que ocurre algo así cerca de ti, aunque las otras veces no lo viste tan claramente. — Anorit juntó las manos sobre el bastón. — Tu poder no es ofensivo, Jesly. No lanzas hechizos, no produces fuego ni luz ni ninguna de las cosas que asociamos con la magia. Lo que tú haces es anterior a todo eso. Más fundamental.
— Lo apaga — dijo Charly, en voz baja.
Los dos lo miraron.
— Lo vi esta mañana — dijo él. — Cuando Jesly se interpuso, el hechizo simplemente dejó de existir. No lo bloqueó. Lo anuló.
Anorit lo miró con algo que en otro rostro habría sido sorpresa.
— Exacto — dijo. — No es un escudo. Es una ausencia. La magia, cerca de Jesly, cuando ella lo necesita o cuando siente algo con suficiente intensidad, sencillamente deja de funcionar. — Hizo una pausa. — Eso es lo que el Consejo de la Llama Eterna teme. No que puedas atacarlos. Sino que cerca de ti, ellos dejan de ser lo que son.
El silencio que siguió fue largo.
— ¿Puedo controlarlo? — preguntó Jesly.
— Todavía no. — Una pausa. — Pero podrás.
— ¿Y el Consejo seguirá intentando matarme mientras tanto?
— Sí.
— ¿Cuántos son?
— Suficientes para que moverse por la ciudad durante los próximos días sea peligroso. — Anorit las miró alternativamente. — Necesitáis un lugar donde estar que ellos no conozcan.
— ¿Tienes uno? — preguntó Charly.
— Conozco uno. — Dudó, y en Anorit la duda era tan inhabitual que los dos la notaron. — Aunque no es un lugar sin sus propios riesgos.
Jesly frunció el ceño.
— ¿Qué significa eso?
Anorit abrió la boca.
Y entonces sonó el teléfono de Charly.
Era un número desconocido. Charly lo miró, miró a Anorit, y descolgó poniéndolo en altavoz sin saber muy bien por qué — un instinto, o quizás simplemente la sensación de que en este punto los secretos costaban más de lo que valían.
Silencio al otro lado. Luego una voz.
Era joven. Más joven de lo que Jesly esperaba — podría tener su misma edad, o quizás un poco más, con esa calidad en el tono de quien ha aprendido a sonar tranquilo porque el pánico no le ha servido de nada.
— Sé dónde estáis — dijo la voz. — Y sé lo que ocurrió esta mañana. No soy del Consejo.
Charly miró a Jesly. Jesly miró a Anorit.
La anciana tenía los ojos entornados y una expresión que Jesly no supo leer.
— ¿Quién eres? — dijo Charly al teléfono.
— Alguien que lleva mucho tiempo escondido. — Una pausa breve, como si eligiera las palabras con cuidado. — Hay cosas sobre Jesly que ni Anorit os ha contado todavía. Cosas que yo sí sé.
— ¿Cómo sabes mi nombre? — dijo Jesly.
— Porque llevo meses observándoos. A ti. A Anorit. Al Consejo. — Otra pausa. — No soy vuestro enemigo. Pero tampoco soy vuestro amigo todavía. Solo soy alguien que necesita que Jesly siga viva, por razones que de momento no puedo explicar.
— Eso no es muy tranquilizador — dijo Charly.
— No pretende serlo. Solo pretende ser honesto.
La llamada se cortó.
Los tres se quedaron mirando el teléfono en la mano de Charly como si pudiera decirles algo más. No dijo nada.
Fue Jesly quien rompió el silencio, mirando a Anorit:
— ¿Sabes quién es?
La anciana tardó un segundo más de lo normal en responder. Ese segundo lo dijo todo.
— Tengo una idea — dijo al fin.
— ¿Y?
— Y es complicado.
— Anorit — dijo Jesly, con una paciencia que empezaba a tener bordes afilados —, esta mañana un hombre lanzó algo contra Charly en mitad de la calle, hace diez minutos alguien que lleva meses espiándome me llamó al teléfono de un desconocido, y tú misma acabas de decir que el único sitio seguro que conoces tiene sus propios riesgos. Así que te agradecería que dejases de protegerme de información que ya necesito tener.
Anorit la miró. Y en sus ojos de color indefinido ocurrió algo que Jesly no había visto antes — algo que se parecía al orgullo, aunque también a otra cosa más difícil de nombrar.
— Hay un tercer aquelarre — dijo al fin. — Se llaman la Mano Quieta. Llevan décadas desaparecidos, o eso cree el Consejo. — Hizo una pausa. — No han desaparecido. Solo han aprendido a no ser vistos.
— ¿Qué quieren? — preguntó Charly.
— Lo mismo que el Consejo, en teoría — dijo Anorit. — Preservar la magia. Mantener el equilibrio. — Sus manos apretaron levemente el bastón. — Pero su método es distinto. El Consejo elimina las amenazas. La Mano Quieta las usa.
El silencio que siguió fue de otro tipo. Más frío.
— ¿Me quieren usar a mí? — dijo Jesly.
— No lo sé con certeza. — Una pausa. — Pero quien acaba de llamar vive con ellos. O vivía. — Miró hacia la ventana. — Y si os ha llamado sin que ellos lo sepan, significa que algo dentro de ese aquelarre ha cambiado.
— ¿O que nos están tendiendo una trampa — dijo Charly.
— También — admitió Anorit.
Jesly se levantó. Caminó hasta la ventana y miró la calle de abajo — su calle, la de siempre, con el frutero y el perro y el edificio de enfrente que llevaba toda su vida igual. Todo completamente normal desde fuera.
— ¿Quién está escondido con la Mano Quieta? — preguntó sin girarse. — El misterioso. El de la llamada. ¿Quién es exactamente?
Anorit tardó.
— Alguien — dijo despacio — que no debería existir según todas las leyes de la magia que conocemos. — Una pausa muy larga. — Alguien que tiene exactamente el poder opuesto al tuyo, Jesly. Si tú apagas la magia, él la amplifica. La multiplica. La lleva más allá de lo que cualquier bruja podría soportar.
Jesly se giró.
— ¿Y está escondido por qué?
— Porque — dijo Anorit, con la voz más baja que había usado hasta entonces — los dos juntos, tú y él, sois lo único que podría hacer algo que nadie ha podido hacer en siglos.
— ¿El qué?
Anorit las miró durante un largo momento.
— Eso — dijo — es lo que todavía no puedo contaros.
En un sótano sin ventanas, en algún lugar de la ciudad que no figuraba en ningún mapa, un chico apagó el teléfono de prepago y lo guardó debajo de una tabla suelta del suelo.
Se quedó quieto, escuchando.
Arriba, pasos. Voces. El aquelarre de la Mano Quieta moviéndose por la casa como siempre, sin saber lo que acababa de hacer.
Todavía no.
El chico miró sus manos en la oscuridad. No brillaban, no ardían, no hacían nada visible. Pero él podía sentirlo siempre — ese peso constante, como llevar algo demasiado grande dentro de un cuerpo demasiado pequeño. Como si cada célula de su cuerpo estuviera conteniendo algo que quería expandirse y no podía.
Había aprendido a vivir con eso.
Lo que no había aprendido era a vivir con el resto: los años de paredes, de silencio, de un aquelarre que decía protegerlo pero que en realidad lo protegía para sí mismo.
Había escuchado el nombre de Jesly por primera vez seis meses atrás, en una conversación que no estaba destinado a oír.
Desde entonces no había podido dejar de pensar en una sola cosa:
Si ella apaga la magia y yo la amplifico...
¿Qué ocurre cuando los dos estamos en el mismo lugar al mismo tiempo?
Nadie lo sabía.
Eso era exactamente lo que le daba miedo.
Y exactamente por eso tenía que averiguarlo.
— Fin del Capítulo 6 —




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