Enzo llevaba exactamente cuatro años, tres meses y diecisiete días viviendo en esa casa.
Lo sabía porque los contaba. No en un calendario — no le daban calendarios — sino en una hilera de marcas pequeñas que había hecho con la uña en la parte interior del marco de su cama, donde la madera encontraba la pared y nadie miraba nunca. Una marca por día. Cuatro años, tres meses y diecisiete días de marcas.
No era un sótano exactamente. Le habían dado eso — la distinción de que no era un sótano. Tenía una cama, una mesa, una estantería de libros que se renovaba cada pocas semanas con títulos que alguien elegía por él. Tenía una lámpara de pie con luz cálida y una alfombra que amortiguaba el frío del suelo de piedra. No tenía ventana, pero tenía una rejilla de ventilación por la que a veces entraba el olor de la lluvia, y Enzo había aprendido a valorar eso más de lo que habría creído posible.
Lo que no tenía era una puerta que pudiera abrir desde dentro.
La Mano Quieta lo llamaba protección. Enzo había dejado de discutir esa palabra hacía aproximadamente cuatro años, tres meses y quince días.
Esa mañana, Sael había bajado con el desayuno como siempre.
Sael era la más joven del aquelarre — diecinueve años, o eso decía, aunque a Enzo le costaba creerlo porque tenía una seriedad en los ojos que no pegaba con esa edad. Era también la única que bajaba a verlo más de lo estrictamente necesario, y la única que a veces se quedaba unos minutos después de dejar la bandeja, apoyada en la pared con los brazos cruzados, sin decir gran cosa pero sin irse tampoco.
Enzo no sabía si eso significaba que Sael era su aliada o simplemente que le daba pena. Ambas opciones le resultaban igualmente incómodas.
— Dorante quiere verte esta tarde — dijo ella, dejando la bandeja sobre la mesa sin mirarlo.
Dorante era el líder de la Mano Quieta. Un hombre de unos cincuenta años con manos grandes y voz suave, que tenía la costumbre de explicar las cosas con tanta calma y tanta lógica que uno tardaba en darse cuenta de que en ningún momento había preguntado tu opinión.
— ¿Para qué? — dijo Enzo.
— No me lo ha dicho.
— ¿Tú sabes para qué?
Sael dudó. Solo un instante, pero Enzo llevaba cuatro años aprendiendo a leer los silencios de esa casa.
— Hay movimiento — dijo ella al fin. — El Consejo está activo. Más de lo habitual.
— ¿Por la chica?
Otro silencio. Más largo.
— Sael.
— Sí — dijo. — Por la chica.
Enzo asintió despacio y no preguntó más, porque sabía que era todo lo que iba a obtener. Sael recogió la bandeja del día anterior, que él había dejado vacía y ordenada junto a la puerta como hacía siempre, y subió sin decir adiós. La puerta se cerró con ese sonido particular que tenía — no un golpe, sino un clic suave y definitivo que Enzo oía en sueños.
Se quedó sentado en el borde de la cama.
La chica.
Seis meses atrás había escuchado ese nombre por primera vez — Jesly — filtrado por el techo desde una conversación en la planta de arriba que nadie sabía que él podía oír. La rejilla de ventilación, si uno se tumbaba en el suelo exactamente debajo de ella y no respiraba muy fuerte, transmitía las voces de la cocina con una claridad sorprendente.
Enzo había pasado mucho tiempo tumbado en el suelo.
Lo que había escuchado era esto: una chica. Dieciséis años. Bruja sin despertar. Con un poder que el Consejo quería eliminar y que la Mano Quieta quería, en palabras de Dorante, comprender antes de que sea demasiado tarde.
Y luego la parte que no había podido quitarse de la cabeza desde entonces: si las teorías son correctas, su poder y el del chico son dos caras de la misma moneda. Juntos podrían —
Ahí la voz se había cortado. Alguien había cerrado una puerta.
Enzo había estado rellenando ese final de frase durante seis meses.
Su poder no tenía un nombre oficial. Dentro de la Mano Quieta lo llamaban la amplificación, que era una forma técnica y fría de describir algo que en realidad se sentía como llevar un incendio dentro del pecho al que no se le podía bajar la intensidad.
Funcionaba así: cualquier magia cerca de él se multiplicaba. No de forma controlada, no de forma útil — de forma brutal y proporcional a lo que él sentía. Si estaba tranquilo, la amplificación era mínima, casi imperceptible. Si estaba asustado, o furioso, o muy feliz — lo cual ocurría cada vez menos — la magia de cualquier bruja en un radio de varios metros se disparaba de forma impredecible.
La primera vez que había ocurrido tenía doce años y no sabía todavía lo que era. Una bruja del Consejo había intentado hacer un hechizo menor cerca de él — algo pequeño, inofensivo — y el hechizo había crecido de repente hasta arrasar con media manzana de coches aparcados.
Nadie había salido herido. Por poco.
Después de eso habían venido la Mano Quieta, y Dorante con su voz suave, y la explicación de que era demasiado peligroso para el mundo exterior, que lo necesitaban protegido, que con el tiempo aprenderían juntos a controlarlo.
Cuatro años, tres meses y diecisiete días después, el control seguía siendo una promesa sin fecha.
Dorante llegó a las cuatro de la tarde.
Era un hombre que ocupaba el espacio de una forma particular — no era grande, no era intimidante en el sentido físico, pero tenía esa cualidad de las personas que están acostumbradas a que las habitaciones reorganicen su atención cuando entran. Se sentó en la única silla que había frente a la cama de Enzo y cruzó las manos sobre la rodilla.
— ¿Cómo estás? — preguntó.
— Igual — dijo Enzo.
— ¿Has dormido bien?
— Dorante.
El hombre lo miró con algo que en su cara siempre parecía paciencia pero que Enzo había aprendido a leer como cálculo.
— Quiero hablarte de la situación — dijo Dorante.
— La chica.
Una pausa breve.
— El Consejo se ha activado. Han mandado a alguien esta mañana. — Hizo una pausa. — El intento falló.
Enzo no dijo nada.
— Su poder es real — continuó Dorante. — Más de lo que esperábamos. Lo cual significa que el Consejo va a escalar. — Juntó las manos. — Necesito que entiendas que lo que vamos a hacer es protegerla, Enzo. No somos el Consejo.
— Lo sé — dijo Enzo.
— ¿Lo sabes?
— Sé que no queréis matarla. — Lo miró directamente. — Lo que no sé es exactamente qué queréis hacer con ella.
Dorante sostuvo la mirada sin parpadear.
— Queremos entender qué ocurre cuando los dos estáis en el mismo lugar — dijo, con esa honestidad calculada que era su marca particular. — Nada más.
— ¿Y si lo que ocurre es peligroso?
— Por eso necesitamos controlarlo primero.
— ¿Controlarme a mí, queréis decir?
Silencio.
Dorante se levantó. Puso una mano brevemente en el hombro de Enzo — un gesto que cuatro años atrás Enzo habría encontrado reconfortante.
— Descansa — dijo. — Pronto todo esto tendrá más sentido.
Subió. La puerta hizo su clic suave y definitivo.
Enzo esperó diez minutos, contándolos en su cabeza. Luego se tumbó en el suelo exactamente debajo de la rejilla de ventilación y escuchó.
Las voces de arriba tardaron en llegar. Cuando llegaron, eran dos — Dorante y alguien más, una mujer que Enzo no reconoció.
— ...no puede saber lo que planeamos hasta que sea demasiado tarde para que importe — decía Dorante.
— ¿Y si ya sospecha?
— Lleva cuatro años aquí. Sospecha muchas cosas. Eso no cambia lo que necesitamos que haga.
— ¿Y la chica? ¿Cuándo la traemos?
Una pausa.
— Cuando el Consejo la acorrale suficiente para que no tenga otra opción — dijo Dorante. — Que venga a nosotros pensando que somos su única salida. Es más limpio así.
El sonido de pasos. Una puerta cerrándose.
Silencio.
Enzo se quedó tumbado en el suelo con los ojos abiertos mirando el techo, sintiendo ese peso constante en el pecho — la amplificación quieta, contenida, esperando.
Pensó en la llamada que había hecho esa mañana con el teléfono de prepago que llevaba tres semanas construyendo pieza por pieza con los componentes que iba guardando de los aparatos que Sael le traía sin revisar del todo.
Pensó en la voz de Jesly al otro lado. En la de Charly. En el silencio de Anorit, que era distinto al silencio de Dorante — más honesto, aunque no supiera explicar por qué.
Que venga a nosotros pensando que somos su única salida.
Enzo cerró los ojos.
No iba a dejar que eso ocurriera.
Aunque para impedirlo tuviera que hacer exactamente lo que Dorante más temía: salir.
Esa noche, por primera vez en cuatro años, tres meses y diecisiete días, Enzo no hizo la marca en la madera.
No porque hubiera olvidado.
Sino porque había decidido que mañana no iba a necesitar seguir contando.
— Fin del Capítulo 7 —