Profecía de jesly

Capítulo 8 — El olor de las cosas que se queman

Jesly, Charly y Anorit
Anorit no miraba atrás.
Eso era lo primero que Jesly había aprendido de él en los últimos veinte minutos: que sus ojos solo existían hacia adelante, como si lo que quedaba detrás ya no mereciera ser visto. O como si tuviera miedo de confirmarlo.
El pasillo olía a piedra mojada y a algo más. Algo orgánico que tardó en nombrar. Cuando lo hizo, el recuerdo llegó completo y sin aviso: su madre, de madrugada, quemando cartas sobre el fregadero. El papel enrollándose sobre sí mismo. El olor exactamente igual a este. Y ella, niña, fingiendo desde la puerta que dormía.
Nunca le pregunté qué quemaba.
Charly le apretó el brazo. Dedos fríos a través de la tela.
También lo ha notado, pensó Jesly. Aunque no sabía bien qué era esto que los dos notaban. Solo que el aire pesaba diferente aquí abajo. Como si el lugar supiera que habían entrado.
Anorit se detuvo ante una pared sin puerta.
La tocó con tres dedos en un patrón que Jesly intentó memorizar y no pudo. Sus ojos resbalaban sobre la secuencia como agua sobre cristal, sin aferrarse a nada. Charly intentó seguir el movimiento también — ella lo vio de reojo — y él tampoco pudo.
La pared se abrió hacia adentro con el sonido de algo vivo que se aparta.
— No toquen los lados — dijo Anorit. — Y no cuenten los escalones.
— ¿Por qué? — preguntó Charly.
Anorit los miró por primera vez desde que habían empezado a correr. Sus ojos tenían algo raro. No miedo. Algo anterior al miedo, algo que existe antes de que el cuerpo sepa que debe asustarse.
— Porque si los cuentan, van a querer detenerse.
Empezó a bajar.
Jesly tomó la mano de Charly. Juntos, sin hablar, lo siguieron.
Contaron los escalones a pesar de todo.
Jesly llegó hasta treinta y uno antes de que su mente empezara a doblarse, a preguntarse si ya había pisado ese escalón antes, si los pies recordaban algo que los ojos no podían ver en la oscuridad. Apretó la mano de Charly y dejó de contar.
Charly no dejó de contar. Ella lo supo porque sintió cómo sus dedos marcaban el ritmo contra su palma, discretamente, como si pudiera contarlos sin que nadie lo notara.
Treinta y dos. Treinta y tres.
No le dijo nada. Pero algo en ese gesto — esa pequeña mentira silenciosa, ese secreto tan mínimo — le dejó un peso extraño en el pecho que no supo dónde poner.
En la oscuridad, Anorit murmuró algo que no iba dirigido a ellos.
O eso quiso creer.
Llegaron al fondo.
No había sala. Solo una cavidad en la roca, apenas suficiente para tres personas, con una antorcha que ardía sin que nadie la hubiera encendido. A su luz, Jesly vio algo grabado en la pared a la altura de sus ojos.
Un símbolo.
Lo había visto antes. Una vez. En el reverso de un objeto pequeño que había guardado en el bolsillo interior de su abrigo hacía tres semanas, sin saber por qué. Sin entender qué la había llevado a recogerlo de la acera como si fuera suyo.
Se llevó la mano al bolsillo.
El objeto no estaba.
No dijo nada. Miró a Anorit, que ya estaba mirando la pared con una expresión que no era sorpresa. Era reconocimiento. La expresión de alguien que confirma algo que ya sabía, que lleva mucho tiempo sabiendo, que ha estado esperando este momento con una paciencia que no es humana del todo.
— ¿Cuántas veces has estado aquí? — preguntó Jesly.
Anorit no respondió la pregunta que ella había hecho.
— Hay cosas que solo se ven cuando ya no hay salida — dijo. — Este es uno de esos lugares.
Charly soltó la mano de Jesly.
Ella no supo si fue voluntario.
— Fin del Capítulo 8 —




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