Profecía de jesly

Capítulo 9 — La silla iluminada

Maren y el Consejo
El Consejo no había encendido todas las lámparas.
Maren lo notó en cuanto entró. Tres de los siete arcos permanecían en penumbra, lo que significaba que tres sillas estaban ocupadas por personas que preferían no ser vistas. Era un protocolo antiguo. Uno que solo se activaba cuando la reunión no existía oficialmente, cuando lo que se decidiera aquí no podría ser cuestionado después porque, técnicamente, nunca había ocurrido.
— Cierra la puerta — dijo una voz desde la sombra central.
Maren la cerró. Escuchó el cerrojo girar solo, desde adentro, aunque nadie se había movido.
Se sentó en la única silla iluminada.
Me han puesto en el centro, pensó con una calma que había aprendido a fabricar. Como a un objeto que se examina.
— Sabemos dónde están — dijo una segunda voz. Más joven de lo que esperaba. Inesperadamente joven para una sala como esta. — La pregunta, Maren, es si tú también lo sabes.
Ella no respondió de inmediato.
Eso también era una respuesta, y todas las personas en esa sala lo sabían.
El silencio se instaló con peso propio. Maren escuchó su propia respiración y decidió hacerla más lenta, más plana, más aburrida. Que creyeran que una mujer sin prisa era una mujer sin secretos. Que creyeran que no tenía nada que calcular.
— No lo sé — dijo, por fin.
El silencio que siguió duró demasiado para ser inocente.
— Bien — respondió la voz joven. — Entonces todavía eres útil.
Alguien colocó algo sobre la mesa.
Maren bajó la vista despacio, con el ritmo de alguien que no espera nada importante. Era un objeto pequeño, envuelto en tela oscura, con una forma que reconoció antes de tocarlo, antes de pensar, antes de poder ordenarse a sí misma que no reaccionara.
Era de Jesly.
Mantuvo el gesto neutro. Mantuvo la respiración. Mantuvo todo lo que tenía adentro encerrado detrás de una expresión que había tardado años en construir y que ahora sostenía con la misma tensión silenciosa con la que se sostiene algo que no puede romperse.
Por dentro calculaba. La puerta. La distancia. La velocidad mínima necesaria.
La puerta que ya no tenía cerrojo visible.
— ¿Sabes lo que hace? — preguntó la voz más vieja. La central. La que hasta ese momento no había hablado, lo cual significaba que era la que más importaba.
Maren estudió la tela. Estudió la forma. Pensó en Jesly recogiendo ese objeto de algún lugar sin saber por qué, guardándolo como si le perteneciera, llevándolo encima sin entender que ya era una marca.
Levantó los ojos hacia la sombra.
— No — dijo.
La voz central tardó en responder. Cuando lo hizo, no había triunfo. Solo algo peor: satisfacción.
— Nosotros tampoco. Pero ella sí.
Nadie especificó quién era ella.
Y eso, más que cualquier otra cosa dicha en esa sala, fue lo que le heló la sangre a Maren. Porque podía significar Jesly. Podía significar Anorit. Podía significar alguien que todavía no tenía nombre en esta historia.
Podía significar que había una tercera persona que ninguno de ellos había visto todavía.
Maren dobló las manos sobre su regazo para que no vieran cómo las apretaba.
La lámpara sobre su cabeza parpadeó una vez.
Solo una.
Como si algo, en algún lugar, hubiera cambiado de dirección.
— Fin del Capítulo 9 —




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