Profecía de jesly

Capítulo 11 — Lo que el cuaderno no explica

Charly

El abrigo de Anorit había quedado apoyado en la roca a su derecha.

Charly no lo buscó. Solo estaba ahí, como habían estado todas las cosas importantes desde

que encontró aquella carta en su mochila cerrada — sin pedirle permiso, sin anunciarse,

ocupando el espacio con esa naturalidad irritante de las cosas que saben que van a ser

encontradas.

El cuaderno de cuero asomaba apenas por el bolsillo exterior. Un centímetro. Quizás dos.

Anorit y Jesly hablaban en voz baja frente al símbolo de la pared. No sobre el símbolo — eso

era lo raro, que ninguna de las dos lo miraba directamente, como si hablar de él requiriera

no mirarlo. Charly había intentado seguir la conversación pero sus palabras llegaban

amortiguadas, como si el aire de la caverna las absorbiera antes de que él pudiera

retenerlas.

Extendió la mano.

Abrió el cuaderno.

Las primeras páginas eran casi ilegibles. No porque la letra fuera mala — era pequeña y

precisa, la letra de alguien acostumbrado a escribir rápido en la oscuridad — sino porque las

entradas no seguían ningún orden reconocible. Fechas que saltaban décadas. Párrafos a

mitad que terminaban en símbolos. Dibujos de lugares que Charly no reconoció, trazados

con una urgencia que se notaba en la presión del trazo, en las líneas que a veces se salían

de sí mismas como si la mano no pudiera seguir el ritmo de lo que el ojo veía.

Pasó páginas despacio. Buscando algo sin saber qué.

Lo encontró hacia el primer tercio del cuaderno.

Una página con una sola fecha en la esquina superior. Once años atrás. Y debajo, con una

letra más apretada que el resto, como si el espacio del papel no fuera suficiente para

contener lo que había que escribir:La figura. El silencio. El círculo cerrándose.

No puedo ver la cara. Llevo seis visiones sin poder ver la cara.

Pero el cabello es oscuro y tiene dieciséis años y vive en una calle que todavía no existe en

ningún mapa que yo conozca.

Y debajo, separado por una línea trazada con fuerza:

Jesly.

Charly miró a Jesly de reojo. Seguía de espaldas a él, frente a la pared.

Volvió al cuaderno.

Justo debajo del nombre, en la misma página, escrito con una presión diferente — más

fuerte, más tensa, como si la mano que lo escribió no estuviera completamente quieta:

Selene.

Y al lado, como anotación, una sola pregunta sin respuesta:

¿Sabe?

Nada más. Once años de silencio después de esa pregunta. Charly buscó en las páginas

siguientes alguna respuesta, alguna entrada que retomara ese hilo, y no encontró nada. El

nombre de Selene no volvía a aparecer. La pregunta quedaba ahí, suspendida, como si

Anorit la hubiera escrito y luego hubiera decidido que algunas cosas era mejor no

responderlas en papel.

¿Sabe?

¿Sabe qué, pensó Charly. ¿Que su hija es bruja? ¿Que tiene un poder que dos aquelarres

quieren usar o destruir? ¿Que lleva once años siendo vigilada por una anciana que dice no

poder ver su cara en las visiones?

Pasó más páginas.

Su propio nombre lo encontró casi por accidente, en una página sin fecha, hacia la mitad del

cuaderno. Lo vio y tuvo que volver atrás porque no se lo creyó la primera vez.

Charly.

Tachado.

Reescrito debajo, con letra diferente, más apresurada.

Charly.

Tachado otra vez. Más fuerte esta vez — tanto que el trazo había atravesado el papelligeramente, dejando una ranura fina como un hilo.

Y debajo, reescrito por tercera vez, sin tachar:

Charly.

Con un signo de interrogación al lado que no tenía la forma de una pregunta sino de una

duda. Como si Anorit no estuviera preguntando quién era él sino si debía estar ahí en

absoluto. Si su presencia en esta historia era un hecho o una posibilidad. Si el muchacho de

la carta podía ser reemplazado por otro muchacho o si era ese específicamente o si era un

error que ya no podía deshacerse.

Charly cerró los ojos un segundo.

Los abrió.

Siguió pasando páginas.

La página arrancada estaba hacia el final del primer tercio.

No había manera de saber cuándo había sido arrancada — si hacía once años o hacía once

días. Solo quedaban los bordes, una franja de papel irregular que el cuaderno conservaba

como una cicatriz. Charly acercó los ojos a la luz de la antorcha e intentó leer lo que

quedaba en esos bordes.

En el margen superior, la mitad de una fecha. Suficiente para saber que era reciente — este

año, quizás este mes.

En el margen izquierdo, tres palabras partidas a la mitad:

…no puede sab…

…cuando los dos…

…ya será dem…

Y en el borde inferior, donde el papel había sido arrancado con más prisa o con más fuerza,

las letras iniciales de algo que tenía forma de nombre. No Jesly. No Selene. No Anorit. Algo

más corto, de dos sílabas quizás, que empezaba con una letra que en la luz de la antorcha

Charly tardó en identificar.

Una E.

Solo eso. Una E y el vacío donde había estado el resto.— ¿Cuánto llevas leyendo?

Charly levantó la vista.

Anorit estaba frente a él. No había escuchado que se acercara — no había escuchado nada,

ni pasos ni el roce del bastón en la roca, como si la anciana hubiera decidido que esta vez

no iba a anunciarse.

Lo miraba con esos ojos de color indefinido. Sin rabia. Sin sorpresa. Con esa calma que

Charly ya había aprendido a leer como algo más complicado que la calma.

Extendió la mano.

Charly le devolvió el cuaderno sin decir nada.

Anorit lo guardó en el bolsillo del abrigo. Se giró hacia Jesly, que seguía frente a la pared

con la mano a unos centímetros del símbolo sin llegar a tocarlo, como si algo le dijera que

todavía no.

— Es hora de seguir — dijo Anorit, con la misma voz de siempre.




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