El símbolo — La conexión
I.
Jesly tardó exactamente cuatro segundos en saber que algo estaba mal.
No fue un sonido. No fue un olor. Fue la ausencia de algo que siempre había estado — esa
calidad particular del silencio de su casa, ese silencio que olía a café y a ropa limpia y a los
pequeños ruidos que hacen los apartamentos habitados cuando nadie los está escuchando.
Ese silencio no estaba.
Lo que había en su lugar era otra cosa. Más quieto. Más plano. El silencio de un lugar que ha
sido visitado por alguien que no debía estar.
Dejó la mochila en la entrada sin colgarla. Caminó despacio.
La puerta del cuarto de su madre estaba abierta.
Siempre estaba cerrada cuando Selene no estaba. Era una de esas costumbres sin
explicación que Jesly había dejado de cuestionar hace años — su madre cerraba esa puerta
al salir como otros cierran el gas, con la automaticidad de quien protege algo sin querer que
se note que lo protege.
Empujó la puerta.
Todo estaba en su sitio. La cama hecha con esa precisión un poco excesiva que tenía
Selene. El espejo limpio. Los libros ordenados por altura en la estantería, de mayor a menor,
como siempre. Nada roto. Nada revuelto.
Solo la caja.
Estaba sobre la mesita de noche, abierta. Jesly la conocía — llevaba toda su vida en esa
casa, siempre cerrada con una llave pequeña que su madre guardaba en algún lugar que
Jesly había buscado una vez de niña y nunca encontrado. Había preguntado qué contenía
exactamente una vez. Solo una.
Cosas de antes, había dicho Selene. Y algo en su voz había hecho que Jesly no preguntaramás.
Se acercó.
La caja estaba vacía.
Pero el fondo no estaba liso. Jesly acercó los ojos y lo vio — grabado en la madera con algo
que no era un instrumento, algo más irregular y más urgente, hecho con lo que había a
mano o con lo que formaba parte del cuerpo: el símbolo. Repetido. Superpuesto sobre sí
mismo tantas veces que la madera estaba casi atravesada en el centro, como si quien lo
grababa hubiera necesitado hacerlo más y más sin poder parar.
Jesly contó las repeticiones antes de darse cuenta de que estaba contando.
Veintisiete. Al menos veintisiete veces el mismo símbolo, uno encima del otro, como una
oración que se repite cuando las palabras solas no son suficientes.
Se sentó en el borde de la cama de su madre.
Miró el techo.
Luego miró la almohada, porque a veces uno mira cosas sin saber por qué y luego resulta
que había una razón. Debajo de la almohada había algo. Una forma plana y rectangular que
no debería estar ahí.
Una fotografía.
Jesly la tomó con los dedos que no temblaban todavía.
Dos mujeres. Una era su madre — joven, más joven de lo que Jesly la había visto nunca en
ninguna foto, con una sonrisa que no era la sonrisa que Jesly conocía sino algo anterior a
ella, algo que existía antes de que Selene aprendiera a sonreír de cierta manera frente a
ciertas personas.
La otra mujer era anciana. Con el cabello blanco recogido en lo alto de la cabeza y unos ojos
que incluso en la foto tenían ese color indefinido, ese color que no era ningún color
concreto sino todos a la vez.
Anorit.
Sonriendo.
Las dos.
El brazo de Anorit sobre los hombros de Selene con la familiaridad de quien no necesita
pedir permiso para tocar a alguien porque ya sabe que se lo darán.
Jesly dio la vuelta a la fotografía despacio.Al dorso, con la letra de Selene — la misma letra que había visto toda su vida en listas de
compra y notas de cumpleaños y mensajes pegados en la nevera con imanes de frutas —
había una fecha y cinco palabras.
La fecha era la del día en que Jesly nació.
Las palabras eran:
Por si no llego a tiempo.
II.
Anorit esperaba en la calle con el bastón apoyado en la pared y los ojos cerrados, que era
como esperaba cuando no quería que nadie supiera que estaba esperando.
La visión llegó sin aviso, como siempre.
Pero no era como siempre.
No era el futuro. Anorit llevaba cuarenta años viendo el futuro y sabía reconocerlo — tenía
una textura particular, como ver a través de agua ligeramente turbia, con esa cualidad de las
cosas que todavía no han ocurrido del todo. Esta visión no tenía esa textura. Esta visión era
nítida y dura y olía a un perfume que Anorit reconoció antes de reconocer nada más.
Era el pasado.
Ella misma, más joven. Una habitación que no reconocía — paredes blancas, una ventana
con luz de tarde, una mesa entre dos sillas. Frente a ella, Selene. Más joven también, con
los ojos demasiado abiertos de quien acaba de escuchar algo que no puede deshacerse.
Hablaban. Con urgencia. Con las manos en la mesa, casi tocándose, como dos personas
que saben que el tiempo se termina y que lo que digan en los próximos minutos va a
importar durante años.
Anorit intentó escuchar.
No pudo. Las palabras llegaban sin sonido, como siempre en las visiones del pasado, como
si la memoria de las cosas que ya ocurrieron se negara a repetirse completamente. Solo
podía ver los labios moviéndose, la expresión de Selene cambiando de miedo a algo más
complejo que el miedo, la forma en que sus propias manos más jóvenes apretaban las de
Selene un momento antes de soltarlas.
Luego Selene asentía.
Y en su cara, cuando asentía, había algo que Anorit no había sabido nombrar entonces y
que ahora, viéndolo desde fuera, reconoció perfectamente.Era la expresión de alguien que acepta un peso que sabe que no va a poder soltar.
La visión terminó.
Anorit abrió los ojos. La calle. El edificio. La puerta cerrada por la que Jesly había entrado
hace demasiado tiempo.
Bajó la vista a su muñeca derecha.