Profecía de jesly

Capítulo 13 — La frase que no terminó

Jesly, Anorit, Charly — y al final, Enzo

I.

Jesly bajó las escaleras con la fotografía en la mano.

No corrió. Eso era lo extraño — que no corriera, que sus pies encontraran cada escalón con

una precisión tranquila que no tenía nada que ver con lo que sentía por dentro. Por dentro

había algo que no era rabia exactamente ni dolor exactamente sino las dos cosas mezcladas

con algo más antiguo, algo que llevaba dieciséis años acumulándose sin saber que se

acumulaba.

Empujó el portal.

Anorit seguía en la calle, apoyada en el bastón, con los ojos cerrados y esa expresión de

quien espera algo que ya sabe que va a llegar. Charly estaba a dos metros de ella, sentado

en el bordillo con los codos sobre las rodillas, mirando el suelo con la concentración de

quien está pensando en algo que no sabe cómo decir.

Los dos la miraron cuando salió.

Jesly extendió la mano. La fotografía entre sus dedos, sin temblar.

— Explícame esto.

Anorit miró la foto. Solo un segundo. Luego miró a Jesly con esos ojos de color indefinido y

algo en ellos cambió — no sorpresa, nunca sorpresa, sino ese reconocimiento de siempre,

ese gesto de quien confirma lo que ya sabía. Pero esta vez había algo más debajo. Algo que

Jesly no le había visto antes.

Algo que se parecía al alivio.

Como si llevara mucho tiempo esperando que le hicieran esa pregunta.

— Conocía a tu madre — dijo Anorit.

— Eso lo veo — dijo Jesly. Su voz era completamente plana. — Lo que quiero saber es porqué nunca me lo dijiste. Y por qué al dorso de esa foto, escrito el día que nací, hay cinco

palabras que suenan como si mi madre supiera que algo le iba a ocurrir.

Anorit no respondió de inmediato.

— ¿Dónde está mi madre? — dijo Jesly.

— Jesly —

— ¿Dónde está?

Charly se había levantado del bordillo sin hacer ruido. Estaba a un paso de Jesly, no entre

ella y Anorit sino a su lado — esa posición que había aprendido a tomar instintivamente, el

lugar desde donde podía moverse en cualquier dirección según lo que viniera.

Anorit cerró los ojos un momento.

— Hay cosas que necesito contarte — dijo. — Cosas que debería haberte contado antes y

que no te conté porque —

— Para — dijo Jesly.

Anorit paró.

— No me digas por qué no me las contaste todavía. Dime primero dónde está mi madre.

Anorit abrió la boca.

Y entonces Charly dijo, muy bajo, con esa voz que usaba cuando algo no cuadraba y su

cuerpo lo procesaba antes que su cabeza:

— Jesly.

II.

Habían salido de las sombras del final de la calle.

No corrían. Nunca corrían — Jesly había aprendido ya que la gente del Consejo no corría

porque no necesitaba hacerlo, porque se movía con esa seguridad particular de quien sabe

que el resultado ya está decidido y que la velocidad es un detalle menor.

Eran cinco esta vez. Más que las dos mujeres del primer día, más que el hombre del

callejón. Cinco, repartidos en un arco que cerraba la calle desde tres direcciones con una

precisión que no era improvisada — llevaban tiempo aquí, pensó Jesly, llevaban tiempo

esperando en las sombras mientras ella estaba arriba mirando una fotografía y procesando

una traición.Maren iba en el centro.

Era la primera vez que Jesly la veía en persona. La había imaginado de cierta forma — más

imponente, quizás, más obviamente amenazante. Pero Maren era simplemente una mujer de

mediana edad con ropa oscura y una expresión que no era crueldad sino algo más frío que

la crueldad. La expresión de alguien que ha eliminado de su proceso de decisión todo lo que

no sea eficiencia.

Las miró a las dos — a Jesly, a Anorit — con la misma mirada clínica con que se examina un

problema que por fin tiene solución.

— Ya era hora — dijo.

Jesly sintió el poder moverse en su pecho. Ese calor frío, esa ausencia que se expandía

hacia afuera sin que ella lo decidiera. Lo sintió y por primera vez en lugar de ignorarlo lo

dejó — solo un momento, solo lo suficiente para sentir su forma, su tamaño, lo que podía

alcanzar.

Uno de los cinco extendió la mano hacia ella.

El hechizo no llegó. Se disolvió a metro y medio de distancia, como siempre, como si el aire

alrededor de Jesly hubiera decidido no cooperar.

Maren no pareció sorprendida.

— Lo sabemos — dijo. — Por eso no venimos a atacarte.

Hizo un gesto.

Los otros cuatro se movieron — no hacia Jesly sino alrededor de ella, cerrando el círculo, y

Jesly entendió en ese momento lo que significaba: no necesitaban atacarla. Solo

necesitaban contenerla. Su poder anulaba la magia directa pero no podía anular cuatro

pares de manos físicas moviéndose al mismo tiempo.

Charly se interpuso.

Fue un movimiento sin pensamiento — su cuerpo tomando una decisión antes de que su

cabeza terminara de evaluar las opciones, igual que en el callejón, igual que siempre. Dos

de los cinco lo apartaron con una facilidad que dejó claro que Charly no era la

preocupación.

— Charly — dijo Jesly.

Él la miró desde donde lo habían empujado. Tenía una expresión que ella no supo clasificar

— no miedo, no derrota, sino algo más parecido a la concentración feroz de alguien que

está calculando y que todavía no ha encontrado la solución pero que no va a parar de

buscarla.— Ve con Anorit — dijo Jesly.

— No voy a —

— Charly. — Su voz sonó más tranquila de lo que se sentía. Más tranquila de lo que tenía

derecho a sonar, quizás. — Ve con Anorit. Encuentra la forma.

Él abrió la boca.

Jesly ya había girado hacia Maren.

— ¿Qué queréis? — dijo.

— Solo hablar — dijo Maren. Con esa calma que era más amenazante que cualquier grito. —

En un lugar más adecuado.




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