Charly y Enzo — Anorit como centro
I.
La habitación olía a cerrado y a algo más antiguo que el polvo.
Charly no habría sabido encontrarla solo — Anorit los había guiado por calles que no
reconoció, a través de un portal sin número, bajando una escalera que no estaba donde
debería estar según la arquitectura del edificio. Como si el lugar existiera en un pliegue de la
ciudad que la ciudad misma no sabía que tenía.
Enzo, en cambio, se detuvo en el umbral.
Solo un segundo. Pero Charly lo vio.
— ¿La conoces? — preguntó en voz baja.
— Es donde me encontraron — dijo Enzo. Sin emoción en la voz. Con la planitud de quien ha
tenido mucho tiempo para procesar algo y ha llegado a la conclusión de que la emoción no
le devuelve nada. — Tenía doce años. Estaba aquí cuando Dorante llegó.
Charly miró a Anorit.
Anorit ya estaba dentro, de espaldas a los dos, mirando las paredes.
Las velas se encendieron solas. No de una en una — todas al mismo tiempo, con una
simultaneidad que no tenía explicación física y que llenó la habitación de una luz cálida y
quieta que no debería haber resultado amenazante y que sin embargo lo era. Como la calma
de algo que sabe que puede esperar porque el tiempo no le cuesta nada.
El símbolo estaba en las paredes.
No grabado. No pintado. Debajo del yeso — visible a través de él como una vena bajo la piel,
como algo que la habitación había tenido siempre y que solo ahora, con las velas
encendidas y los tres dentro, había decidido mostrarse.
Enzo lo miró un momento.Luego dejó de mirarlo, con el cuidado deliberado de quien aparta los ojos de algo que sabe
que no debe sostenerle la mirada demasiado tiempo.
Anorit se sentó en el suelo.
No en una silla — en el suelo, con la espalda recta y el bastón atravesado sobre las rodillas,
como alguien que se prepara para algo que va a costarle más de lo que puede calcular por
adelantado. Era la primera vez que Charly la veía sentarse así. Siempre había sido el sillón,
la silla, la postura de quien mantiene una distancia cómoda entre sí mismo y lo que dice.
Esto era diferente. Esto era el gesto de quien baja al mismo nivel que los demás porque lo
que viene no puede decirse desde arriba.
— Sentaos — dijo.
Se sentaron.
II.
— No soy una profetisa — dijo Anorit.
Lo dijo sin preámbulo, sin la construcción gradual que había usado siempre para administrar
la información. Lo dijo como se dice algo que ha pesado demasiado tiempo y que ya no
puede seguir cargándose de la misma forma.
Charly no dijo nada. Enzo tampoco.
— Nunca lo fui. — Sus manos apretaron levemente el bastón. — Las visiones no me llegan
porque sí. No son un don ni una maldición en el sentido en que vosotros lo entendéis. Son la
consecuencia de algo que hice. Un intercambio.
— ¿Con quién? — dijo Charly.
Anorit tardó.
— No tiene nombre — dijo al fin. — O tiene demasiados para que alguno sea útil. Es anterior
al símbolo. Anterior a los aquelarres. Anterior a la idea de que la magia necesitara ser
contenida por alguien. — Una pausa. — Hace mucho tiempo le pedí ver el futuro. Ver de
verdad, no en fragmentos, no en intuiciones. Ver con claridad suficiente para actuar.
— ¿Y qué diste a cambio? — preguntó Enzo.
Anorit lo miró.
— La certeza de que lo que veo es mío — dijo.
El silencio que siguió tardó en llenarse de significado. Charly lo procesó despacio, como seprocesa algo que el cerebro reconoce antes de que las palabras terminen de ordenarse.
— No entiendo — dijo Charly, aunque empezaba a entender.
— Las visiones son reales — dijo Anorit. — Pero la interpretación no siempre lo es. A veces
veo con claridad. A veces veo lo que algo quiere que vea. — Sus ojos de color indefinido se
movieron hacia la pared, hacia el símbolo visible bajo el yeso. — Llevo cuarenta años sin
saber con certeza cuándo es una cosa y cuándo es la otra.
Charly miró esos ojos.
Y entendió por fin por qué nunca había podido clasificar ese color. No era que fueran varios
colores a la vez. Era que había algo detrás de ellos que miraba también. Algo que usaba los
ojos de Anorit como una ventana desde dentro.
Apartó la mirada.
III.
— La noche que Jesly nació fui a ver a Selene — dijo Anorit.
Su voz había cambiado levemente. Más baja. Más plana. La voz de alguien que recita algo
que ha ensayado muchas veces y que aun así no sale sin costarle.
— No porque las visiones me llevaran. Porque yo lo había planeado. Desde antes de que
Jesly existiera — desde que vi por primera vez la figura de cabello oscuro y entendí lo que
vendría — sabía que necesitaba a Selene. — Una pausa. — Selene era el primer movimiento.
— ¿Qué le dijiste? — preguntó Charly.
— La verdad. Parte de ella. — Anorit cerró los ojos un momento. — Le dije que su hija tenía
un poder que dos facciones iban a querer usar o destruir. Le dije que la única forma de darle
tiempo era criarla como una chica normal, sin decirle nada, sin activar nada antes de que
estuviera lista. Le dije que si aceptaba ese peso, yo me aseguraría de que Jesly viviera.
— ¿Y ella aceptó?
— Selene amaba a su hija antes de conocerla — dijo Anorit, con algo en la voz que podría
haber sido admiración o podría haber sido culpa, o las dos cosas envueltas en la misma
palabra. — Aceptó en menos de un minuto. Sin negociar. Sin pedir garantías. — Una pausa
más larga. — Eso debería haberme detenido. No lo hizo.
Charly esperó.
— Lo que no le dije — continuó Anorit — era el precio real. No el que ella veía — el silencio, el
secreto, los años de fingir que su hija era ordinaria. El otro. El que yo había visto en lasvisiones y elegí no mencionar porque sabía que si lo hacía, Selene elegiría diferente.