Jesly, Charly, Enzo — y la voz joven
I.
El lugar no tenía nombre en ningún mapa.
Charly lo había notado cuando Anorit les dio la dirección — no era una calle, no era un
número, sino una serie de instrucciones que solo tenían sentido si uno ya sabía dónde
estaba parado. Gira donde el muro tiene una grieta con forma de raíz. Baja donde el suelo
cambia de color. Sigue el olor a piedra vieja hasta que el olor desaparezca.
Cuando el olor desaparece, ya estás dentro.
Enzo lo había reconocido antes que Charly. Se había detenido a mitad de un pasillo sin
puerta visible y había dicho, en voz muy baja, casi para sí mismo:
— Este lugar es anterior a todo.
Charly no le había preguntado cómo lo sabía. Había aprendido en las últimas horas que
Enzo decía exactamente lo que necesitaba decir y nada más, y que preguntar cómo sabía
las cosas era una forma de perder el tiempo que ninguno de los dos tenía.
El símbolo estaba en todas las paredes.
No grabado — crecido, como si la piedra lo hubiera producido sola durante siglos, como si
fuera parte de la composición mineral del lugar y no una marca que alguien hubiera trazado.
Miles de repeticiones, superpuestas, hasta el punto en que ya no era posible distinguir una
de otra y el conjunto formaba algo que no era ningún símbolo en particular sino una textura,
una piel, algo vivo que respiraba con una lentitud que no tenía escala humana.
Charly intentó no mirarlo directamente.
— Por aquí — dijo Enzo.
— ¿Cómo sabes —
— No lo sé. — Una pausa. — Pero hacia allá.Charly lo siguió porque no había otra opción que tuviera sentido.
Fue al doblar el tercer corredor cuando vio la celda. No tenía barrotes — tenía paredes de
piedra con una abertura sin puerta, como una boca abierta en la roca. Y en el interior,
sentada en el suelo con la espalda contra la pared y los ojos cerrados y una expresión que
no era paz sino la concentración de quien está haciendo algo muy específico con su mente
en ausencia de cualquier otra herramienta, estaba Jesly.
Charly abrió la boca.
Enzo le puso una mano en el brazo antes de que hablara. Lo miró. Señaló con los ojos la
pared de la celda de enfrente.
Había otra celda. Vacía.
Con un nombre grabado en la piedra de la entrada.
El nombre era el suyo.
Charly lo miró durante un tiempo que no supo medir. La piedra era vieja — tan vieja como el
resto del lugar, tan vieja como el símbolo en las paredes. No era reciente. No lo habían
grabado cuando supieron que venía.
Llevaba ahí desde antes de que él naciera.
— Charly.
Jesly había abierto los ojos.
II.
No estaba como él esperaba.
Había imaginado, sin permitirse imaginarlo del todo porque hacerlo completamente habría
sido insoportable, que tres días en ese lugar la habrían dejado rota de alguna forma visible.
Asustada. Agotada. Algo que él pudiera reconocer y saber cómo responder.
Pero Jesly estaba entera. Diferente — había algo en sus ojos que no estaba antes, algo más
quieto y más frío y más afilado, como si tres días sin magia a su alrededor le hubieran
devuelto una claridad que el mundo exterior le quitaba sin que ella lo supiera — pero entera.
Se levantó sin ayuda.
Miró a Enzo con la evaluación directa de quien no tiene tiempo para rodeos.
— Tú eres Enzo.— Sí.
— Tu poder amplifica la magia.
— Sí.
— Bien. — Se giró hacia Charly. Lo miró un segundo, con algo en la cara que no era el
momento de nombrar. Luego miró la celda con su nombre en la entrada. — ¿Lo has visto?
— Sí.
— Yo también lo vi. El primer día. — Una pausa. — Hay algo más que tenéis que ver antes de
que nos vayamos.
— Jesly — dijo Charly. — El Consejo —
— Sé que el Consejo está cerca. Tengo aproximadamente diez minutos de ventaja porque
Maren tiene una reunión que no puede cancelar sin levantar sospechas y los que me vigilan
cambian de turno a esta hora. — Lo miró con esa calma nueva que él todavía no sabía cómo
manejar. — Necesito ocho de esos diez minutos. ¿Puedes darme ocho minutos?
Charly miró a Enzo.
Enzo miró a Jesly.
— Siete — dijo.
Jesly asintió y echó a caminar por el corredor sin esperar a que la siguieran.
III.
La grieta en la pared estaba al fondo del corredor, donde la piedra había cedido en algún
momento antiguo y nadie había considerado necesario repararla porque nadie esperaba que
importara.
Detrás de la grieta había una cámara.
No grande — apenas suficiente para los tres de pie, con el techo tan bajo que Charly tuvo
que inclinar la cabeza. Sin símbolo en las paredes. Sin marcas de ningún tipo. Como si ese
espacio hubiera sido construido específicamente para ser el único lugar en todo el edificio
que no estaba marcado.
En el centro, sobre una plataforma de piedra que podría haber sido un altar o podría haber
sido simplemente una roca que sobresalía del suelo, había algo.
Charly tardó en entender lo que veía.Era el objeto. El que había estado en el bolsillo de Jesly. El que el Consejo había puesto
sobre la mesa de piedra en la reunión que no existía oficialmente. El que llevaba semanas en
poder de las voces sin cara.
Aquí. En esta cámara. Que el Consejo no sabía que existía.
— ¿Cómo llegó aquí? — dijo Enzo.
— No llegó — dijo Jesly. — Siempre estuvo aquí. Lo que el Consejo tiene es una copia. —
Miró el objeto sin tocarlo. — Este es el original. Y tiene la página arrancada del cuaderno de
Anorit dentro.
El silencio que siguió fue del tipo que ocupa todo el espacio disponible.
Charly pensó en el borde de la página arrancada. En las tres frases partidas a la mitad. En la
E sola en el margen.
— ¿Lo has abierto? — preguntó.