Jesly, Charly, Enzo, Vera — y lo que salió del símbolo
I.
Salieron del lugar del símbolo a una calle que no reconocieron.
No era la misma por la que habían entrado — Vera los había sacado por una ruta diferente,
más larga, que terminaba en un callejón sin nombre entre dos edificios que parecían llevar
décadas sin ser habitados. La luz era gris y plana, la luz de una hora que no era del todo día
ni del todo noche, y el aire olía a piedra mojada y a algo más que ninguno de los cuatro supo
nombrar.
Charly fue el primero en verlos.
— Vera — dijo.
Vera ya lo había visto.
Al final del callejón, desde la dirección de la calle principal, el Consejo. Maren en el centro
con esa postura suya de quien no necesita moverse para ocupar el espacio. Cuatro más
detrás, repartidos con la precisión metódica de quien no improvisa.
Y desde el otro extremo del callejón, cortando la única salida alternativa, la Mano Quieta.
Dorante en el centro. Los ojos fijos en Enzo con esa calma que era más amenazante que
cualquier grito. Sael un paso detrás de él, con la cara de quien está calculando algo que
todavía no ha decidido si va a hacer.
Los cuatro protagonistas en el centro.
Sin salida visible en ninguna dirección.
— Bien — dijo Vera, en voz baja, con la misma calma con que lo decía todo. — No corráis.
Correr les da información sobre qué dirección nos importa más.
— ¿Y qué hacemos? — dijo Charly.
— De momento — dijo Vera — quedarnos quietos y dejar que se acerquen.— Eso es el peor plan que he escuchado — dijo Enzo.
— Es el único que tenemos.
II.
La pelea empezó antes de que nadie la declarara.
Fue un miembro de la Mano Quieta — no Dorante, sino alguien más joven, alguien con
menos paciencia o más miedo o simplemente menos control — quien lanzó el primer
hechizo. No hacia los cuatro sino hacia el Consejo, porque en un callejón sin salida con dos
aquelarres el enemigo más inmediato no siempre es el que vino a buscar.
El Consejo respondió.
Y en el caos de los primeros diez segundos, mientras los dos aquelarres se atacaban
mutuamente por encima de las cabezas de los cuatro, Vera dijo una sola palabra:
— Corred.
Corrieron.
No llegaron lejos.
Jesly fue la primera en recibir un impacto — algo que iba dirigido a otro lugar y que encontró
su brazo por la trayectoria desafortunada de las cosas que ocurren cuando hay demasiada
magia activa en un espacio demasiado pequeño. La quemadura fue real e inmediata, no el
dolor limpio de las historias sino el dolor sucio y sorpresivo de algo que no había dado
tiempo a prepararse.
Tropezó. No cayó — Charly la sujetó por el codo con una mano que apretó más de lo
necesario y que no soltó después de que ella recuperó el equilibrio.
— Estoy bien — dijo ella.
— Ya lo sé — dijo él. No le creyó ninguno de los dos.
Enzo tenía a Dorante encima.
No mágicamente — físicamente, lo cual era más aterrador porque significaba que Dorante
había calculado que acercarse era más eficiente que atacar desde lejos, que recuperar a
Enzo era más importante que cualquier otra cosa en ese callejón. Lo agarró del brazo con
esas manos grandes suyas y dijo algo en voz baja que los demás no pudieron escuchar.
Enzo respondió amplificando.
No de forma controlada — de forma desesperada, la amplificación disparándose haciaafuera desde el punto de contacto entre el brazo de Dorante y el suyo, multiplicando la
magia de todo lo que había en un radio de varios metros en todas las direcciones sin
distinción. Un miembro de la Mano Quieta salió despedido contra la pared por su propia
magia multiplicada. Dos del Consejo perdieron el control de lo que estaban lanzando y los
hechizos se desviaron en ángulos imposibles.
Dorante no soltó a Enzo.
Tenía los dientes apretados y los ojos entrecerrados y algo en su cara que era dolor pero
que no era suficiente para hacerle soltar lo que había venido a buscar.
Charly soltó el brazo de Jesly y fue hacia Dorante con las manos vacías y la expresión de
alguien que sabe perfectamente que no tiene ninguna ventaja física en esta situación y que
va de todas formas porque no hay otra opción.
Lo golpeó.
No con magia. Con el puño, en un punto que encontró por instinto más que por cálculo.
Dorante no soltó a Enzo pero giró la cabeza y en ese segundo de distracción Enzo se zafó —
no con elegancia sino con la violencia torpe de quien lleva cuatro años sin moverse
libremente y que ahora se mueve con todo lo que tiene aunque los músculos no recuerden
del todo cómo hacerlo.
Los tres se reagruparon.
Vera ya estaba peleando con dos del Consejo al mismo tiempo, con esa eficiencia suya que
era admirable y que tenía un límite visible — cada movimiento costaba un poco más que el
anterior, cada esquive llegaba un poco más tarde.
El suelo del callejón tenía sangre en tres lugares diferentes.
Ninguno de los cuatro sabía si era suya.
III.
Fue Jesly quien lo sintió primero.
Un cambio en el aire — no de temperatura sino de presión, como cuando dos frentes
atmosféricos se encuentran y el cielo decide que algo tiene que ceder. Lo sintió en el pecho,
donde su poder vivía, como un reconocimiento. Como algo que conocía desde siempre y
que hasta ahora no había tenido nombre.
— Para — dijo.
Nadie la escuchó en el caos.— ¡Para! — más fuerte esta vez, con algo en la voz que no era un grito sino algo más
fundamental, algo que hizo que los que estaban más cerca giraran la cabeza sin saber por
qué.
La presencia llegó sin anunciarse.
No tenía forma. No tenía cara. Era más parecida a una distorsión en el aire, a un lugar donde