Charly y Jesly — separados
I.
Charly dijo que necesitaba aire.
Enzo lo miró con esa forma suya de mirar que no preguntaba nada en voz alta pero que lo
preguntaba todo por dentro. Vera estaba apoyada en la pared con los ojos cerrados y una
mano en el costado, procesando algo que ninguno de los otros tres podía ver. Jesly ya había
dicho que iba a buscar a su madre y ya se había ido, con esa determinación nueva suya que
no pedía permiso ni esperaba que nadie le dijera que era buena idea.
Charly esperó a que Enzo dejara de mirarlo.
Enzo no dejó de mirarlo.
— Vuelvo — dijo Charly.
— Lo sé — dijo Enzo.
Ninguno de los dos fingió que eso era suficiente. Pero era lo que había.
Charly salió.
II.
El apartamento de las velas estaba en la tercera planta de un edificio que desde fuera no
tenía nada de particular — fachada gris, buzones oxidados, la planta trepadora que nadie
había podido matar. Charly había subido esas escaleras una sola vez, la noche que todo
empezó, cuando todavía era el chico de la carta y todavía creía que su única función en esta
historia era hacer un recado y volver a casa.
La puerta estaba abierta.
No forzada — abierta, con esa naturalidad de quien salió sin prisa o sin intención de volver a
cerrarla. Charly empujó despacio y entró.Las velas ardían. Casi todas — menos la pequeña, la del rincón, la que había parpadeado al
final de la pelea como un último esfuerzo y que ahora estaba apagada definitivamente, con
la cera solidificada en un charco pequeño alrededor de la mecha como una cicatriz blanca.
Charly buscó el cuaderno.
Miró la mesa. Los estantes. El bolsillo del abrigo que Anorit había dejado colgado en el
perchero junto a la puerta — lo revisó con más cuidado del que se había permitido en la
caverna, sin la presión del tiempo encima, y encontró solo el forro vacío y un papel doblado
que al abrirlo resultó ser una lista de nombres que no reconoció en una lengua que tampoco
reconoció.
No había cuaderno.
Se giró hacia el centro de la habitación.
Y lo vio.
El bastón estaba apoyado en la silla donde Anorit siempre se sentaba — esa silla específica,
la de madera oscura frente a la mesa, la que tenía los brazos desgastados en los puntos
exactos donde ella apoyaba las manos cuando hablaba con alguien. Apoyado con cuidado,
no tirado, no olvidado — colocado. Con la intención deliberada de quien deja algo en un
lugar porque quiere que sea encontrado.
Charly se quedó mirándolo un momento.
Luego caminó hacia él y lo tomó con las dos manos.
Algo respondió al contacto. No magia exactamente — no tenía forma de comparar porque
no sabía cómo se sentía la magia desde dentro, solo sabía cómo se sentía su ausencia
cuando Jesly estaba cerca o su exceso cuando Enzo perdía el control. Esto era diferente.
Era más parecido a un eco — la sensación de que el objeto que sostenía había absorbido
algo durante muchos años y que ese algo no había desaparecido sino que estaba ahí,
quieto, esperando a que alguien prestara suficiente atención.
Cuarenta años de visiones guardadas en la madera.
Cuarenta años de saber cosas que nadie más sabía y de cargar con ese saber sin que nadie
te lo hubiera pedido y sin poder dejarlo aunque quisieras.
Charly se sentó en la silla de Anorit.
Buscó en el apartamento con los ojos sin levantarse — las velas, los estantes, el abrigo, la
ventana con la ciudad afuera moviéndose sin saber nada de nada. No había nota. No había
instrucciones. No había ninguna de las cosas que Anorit habría dejado si hubiera querido
que alguien supiera a dónde iba.Lo cual significaba que no quería que nadie supiera.
O que ya no importaba que supieran.
Charly miró el punto entre sus propias manos donde sostenía el bastón y buscó lo que ya
sabía que no iba a encontrar — ese lugar entre el esternón y la garganta donde el cuarto
poder había vivido brevemente y del que no quedaba nada excepto el hueco. Como buscar
con la lengua un diente que ya no existe. Como extender la mano en la oscuridad hacia algo
que sabes que no está pero que no puedes dejar de buscar porque el cuerpo tarda más que
la mente en aceptar las pérdidas.
Nada.
Se quedó sentado en silencio durante un tiempo que no midió.
Y en ese silencio, sin buscarlo, sin que viniera de ningún lugar externo sino de él mismo —
del chico de la carta, del que había seguido una dirección sin saber por qué, del que se
había interpuesto entre Jesly y el peligro con las manos vacías más veces de las que podía
contar — encontró algo.
No el poder.
Una certeza.
Que había estado en todos los lugares correctos en todos los momentos correctos sin
ninguna habilidad especial excepto la de no irse cuando las cosas se ponían difíciles. Que
eso también era un tipo de poder aunque no tuviera nombre en ningún cuaderno. Que
quizás — quizás — era suficiente.
Que quizás siempre lo había sido.
El bastón en sus manos brilló un segundo.
Solo un segundo. Con ese color que no era ningún color concreto sino todos a la vez — el
color de los ojos de Anorit, el color de algo que mira desde dentro de otra cosa.
Luego se apagó.
Charly no soltó el bastón.
Se quedó sentado en la silla de Anorit, en el apartamento de las velas, con la ciudad
moviéndose afuera y el hueco donde había estado el poder y la certeza nueva que no
llenaba ese hueco pero que tampoco necesitaba llenarlo.
Y esperó.III.
El lugar donde estaba Selene olía a medicina y a tiempo detenido.
Jesly lo supo antes de entrar — ese olor específico que tienen los espacios donde alguien
lleva mucho tiempo sin moverse, donde el aire ha aprendido a circular alrededor de un