Theo avanzaba por el sendero del bosque a paso firme, aunque su estómago llevaba rato protestando como si estuviera organizando una rebelión interna. Cada rugido le hacía apretar la mandíbula. Ahora que el castillo quedaba atrás, el arrepentimiento empezaba a asomarse.
Dejar la mesa del desayuno intacta había sido una pésima idea.
Lo sabía.
No pensaba admitirlo.
Rowan caminaba unos pasos detrás, muy lejos de la imagen elegante que solía proyectar. Arrastraba un poco los pies y tenía la piel demasiado pálida incluso para alguien que no había visto el sol en días.
—Si me vuelve a rugir el estómago, la Plaga va a pensar que hay una criatura salvaje escondida entre los arbustos — protestó — Todo por querer salir de la habitación rápido. Podríamos habernos comido al menos un panecillo, Theo. Uno solo.
Theo no se detuvo.
—No exageres —respondió Theo, aunque el mareo le subía lento por la nuca— Teníamos que salir. Cuanto antes lleguemos al santuario, mejor.
—Podríamos haber salido después de comernos un panecillo —insistió Rowan — o dos.
Theo no respondió enseguida. No porque no tuviera respuesta, sino porque sabía que Rowan tenía razón.
Barnaby, cómodamente instalado sobre su hombro, soltó un maullido satisfecho.
—Esto les pasa por romantizar el sacrificio —dijo— Yo, personalmente, jamás lucho con el estómago vacío. Es una regla básica de supervivencia.
—Vos sos un gato —gruñó Theo.
—Exacto. Inteligencia superior.
De repente, el aire se volvió frío, pesado… incómodo.
El bosque perdió color, como si alguien hubiera corrido una cortina grisácea delante de sus ojos. La niebla púrpura descendió desde las copas de los árboles, espesa, fría, con un olor desagradable… viejo.
—No respiren hondo —dijo Theo, llevándose el brazo a la boca—. Y no se separen.
Rowan no respondió con palabras. Simplemente se acercó tanto que casi chocó con la espalda de Theo.
—No pensaba hacerlo — murmuró
La niebla empezó a susurrar.
No gritaba. No amenazaba. Se deslizaba.
—“Theo tiene miedo de que descubran que no pertenece aquí” —susurró una voz entre las sombras.
—Rowan sonríe porque no sabe qué hacer si deja de actuar… — dijo otra.
—Ignoren eso —dijo Theo, con voz tensa
—Fácil decirlo —susurró Rowan— Difícil no escucharlo cuando te habla con tu propia voz.
Un crujido seco rompió el aire.
Algo se movió entre los arbustos.
No era grande, pero sí rápido. Una masa de sombra mal definida, con garras demasiado largas y un cuerpo que parecía cambiar de forma según desde dónde se lo mirara. Un Sombra-Verdad.
—Genial — comento Barnaby — Justo lo que faltaba.
La criatura atacó sin aviso. Theo levantó la espada, pero el hambre le jugó en contra. Calculó mal. El golpe fue torpe. La espada chocó contra una garra y resbaló. Su pie se hundió en el barro y cayó de rodillas, mareado.
—¡Theo! —gritó Rowan.
La sombra volvió a lanzarse.
Rowan no pensó, no recitó nada, no buscó un frasco.
Extendió la mano por puro reflejo.
Algo blanco explotó desde su palma.
No fue un rayo perfecto ni elegante. Fue una luz brusca, irregular, como el destello de alguien prendiendo una antorcha demasiado cerca de los ojos. La luz no golpeó a la criatura: la desorientó.
La sombra chilló, retrocediendo de golpe, como si le ardiera la existencia.
—¿Qué fue eso? —jadeó Theo, incorporándose.
—No lo sé —respondió Rowan, mirándose la mano— No lo hice a propósito.
—Hazlo otra vez! —gritó Theo.
—¡No sé cómo!
Barnaby saltó del hombro de Theo y cayó al suelo con un plaf elegante.
—No intentes repetirlo —dijo rápido— No funciona así.
La sombra se agitó, confusa, rodeada aún por restos de luz.
Barnaby arqueó el lomo y soltó un maullido largo, grave, que no sonaba a gato.
La niebla vibró.
La criatura dudó.
—La Plaga odia lo que no puede entender —dijo Barnaby— Y eso que hiciste, Rowan… no encaja en sus reglas.
La Sombra-Verdad lanzó una oleada de niebla que los envolvió por completo. Bajo el efecto de la Plaga y la debilidad del hambre, las palabras salieron de Theo sin filtro:
—¡Odio que finjas que no te pasa nada cuando estás temblando igual que yo! —escupió Theo, sin darse cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta.
La sombra se agitó.
Rowan lo miró, sorprendido… y dolido.
—¡Y yo odio que seas el único que nota que todo en mí es una actuación! —respondió, con rabia.
La sombra retrocedió otro paso, como si el espacio mismo le resultara incómodo.
—¡Ahora! — ordenó Theo.
Rowan, temblando, volvió a alzar la mano. La luz salió otra vez, más débil, más torpe, pero suficiente. La criatura se deshizo lentamente, como humo empujado por el viento.
La niebla se retiró con un susurro frustrado y el bosque recuperó su color.
Theo se quedó quieto unos segundos, respirando hondo.
—Eso… no fue normal.
Rowan dejó caer el brazo, exhausto.
—No quería hacerle daño —dijo— Solo… quería que no te tocara.
Se miraron. Ninguno supo qué decir.
Theo rebuscó en su bolsa y sacó una manzana arrugada. La partió en dos y le tendió el trozo más grande.
—Come —dijo— Antes de que algo peor nos encuentre
Rowan aceptó la fruta con una sonrisa cansada.
—Gracias.
—Y no te acostumbres —añadió Theo—. Es solo para que no te mueras antes de llegar al santuario.
Barnaby bostezó.
—Emociones, magia rara y hambre. Definitivamente no desayunaron.
Siguieron caminando, más despacio, más cerca.
Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, algo había cambiado.
Editado: 23.12.2025