El Santuario del Eco apareció tras una cortina de árboles antiguos, como si el bosque lo hubiera estado escondiendo a propósito. Era una construcción circular, sin techo, rodeada por paredes de mármol tan blanco que obligaban a entrecerrar los ojos. No había niebla dentro. El aire se sentía limpio, quieto.
Y había un problema.
Justo en la entrada, un Gólem de Piedra del tamaño de un armario pequeño bloqueaba el paso. No tenía rostro. Solo una inscripción tallada en el pecho:
“Solo los que no tienen nada que ocultar pueden pasar.”
—Fantástico —masculló Theo, deteniéndose en seco— Estamos atrapados en una niebla que te obliga a decir la verdad, y ahora un portero de piedra nos pide el currículum emocional.
Rowan tragó saliva y dio medio paso atrás, el hambre lo tenía mareado y la idea de pelear con una roca no le hacía ninguna gracia.
—Barnaby… —susurró— Dijiste que esto iba a ser fácil.
El gato saltó al suelo con una calma que resultaba francamente ofensiva.
—Y lo es —dijo— El Gólem no quiere confesiones dramáticas ni secretos vergonzosos. Busca algo puro.
Theo alzó una ceja.
—¿Puro cómo?
—Sincero. Simple. Sin doble fondo —respondió Barnaby, paseándose frente al Gólem— Y considerando que ustedes dos viven actuando, vamos a tener que ser creativos.
Rowan abrió la boca.
—¿Creativos en qué sentido?
—En el sentido de que yo voy a cumplir mi misión —dijo el gato— y ustedes van a improvisar.
Antes de que pudieran responder, Barnaby se deslizó entre las piernas del Gólem, que parecía ocupado analizando a los príncipes.
—¡Eh! —protestó Theo— ¿Y nosotros?
El Gólem se activó con un sonido áspero de piedra rozándose. Un puño de granito se elevó lentamente.
Rowan reaccionó antes de pensar.
—¡Esperen! —dijo, llevándose la mano a la túnica— Yo… tengo algo
Rebuscó torpemente y sacó lo único que no era una poción ni un frasco: el trozo de manzana que Theo le había dado horas antes.
—Es un regalo —dijo, inseguro— No tenía ningún plan detrás. Solo… comida.
El Gólem inclinó levemente la cabeza, como si evaluara el objeto.
Luego miró a Theo.
Theo suspiró, resignado.
—Se la di porque no quería que se muriera de hambre —admitió— Y porque cargar con su cuerpo habría sido un problema logístico.
Hubo una pausa.
Rowan lo miró, indignado.
—¿Eso era lo mejor que podías decir?
—Me pidieron honestidad, no poesía.
El Gólem emitió un zumbido grave, procesando. Finalmente, se hizo a un lado con un chirrido pesado de piedra.
Theo lo observó pasar.
—¿En serio? ¿Una manzana? —Theo sacudió la cabeza— Este santuario tiene los estándares muy bajos.
Dentro del santuario, el centro estaba ocupado por un pedestal de piedra. Encima, reposaba un cuenco de plata con un líquido dorado que no se movía como el agua. Parecía… atento.
Barnaby ya estaba allí, subido al borde.
—Aqui está —dijo— La Esencia de Memoria.
Rowan se acercó con cautela.
—¿Tenemos que beber eso?
—No —respondió el gato—. Esto es para mí.
Metió una pata en el líquido y luego se la pasó por los ojos. Al instante, sus pupilas doradas brillaron con intensidad.
—El Oráculo necesita ver claro para entender a la Plaga —explicó— Pero ustedes miren el fondo.
Rowan y Theo se asomaron.
El cuenco no mostró el futuro.
Mostró el pasado.
Dos niños.
Uno, pequeño, con una espada de madera, llorando solo en un mercado abarrotado.
El otro, en una habitación demasiado grande, escondiendo un frasco bajo un cojín mientras temblaba.
Rowan sintió un nudo en la garganta.
—Así que… —murmuró— el temido Príncipe de Hierro empezó perdido entre puestos de fruta.
Theo se tensó, mirando su propio reflejo pasado.
—Y el Príncipe Sol empezó teniendo miedo de su propia sombra.
Se miraron. El silencio fue largo, pero ya no era incómodo. En ese lugar, sin niebla y con el gato ocupado brillando como una lámpara, la verdad no dolía tanto.
—Soy adoptado, Rowan —soltó Theo de repente. Fue simple, sin palabras raras— Mi padre me encontró en ese mercado. No tengo sangre real. Si alguien lo supiera, mi cabeza rodaría por la plaza antes del almuerzo.
Rowan parpadeó, sorprendido, pero luego sonrió con tristeza.
—Y yo soy un fraude. Sin mis pociones, soy ese chico asustado que viste en el cuenco. Mi padre cree que eso se puede corregir, que se puede arreglar con magia.
Theo soltó una risa baja.
—Bueno… ahora entiendo por qué sos tan insoportable.
Rowan alzó una ceja.
—¿Perdón?
—No sos perfecto —continuó Theo—. Solo te esfuerzas demasiado en parecerlo.
—Y yo ahora sé por qué eres tan gruñón —replicó Rowan con un brillo travieso en los ojos—. Tienes miedo de que si dejas de fruncir el ceño, alguien note que no eres un rey de linaje antiguo.
Barnaby estornudó haciendo que gotas doradas salpicaron el suelo. La luz de sus ojos se apagó.
—Ya está. Misión cumplida. He visto lo que necesitaba: la Plaga no se va a ir con un beso cualquiera. Necesita que dejen de mentirse.
—¿Y ahora qué? —preguntó Theo, mirando al gato.
—Ahora —dijo Barnaby, saltando al suelo— nos vamos antes de que el Gólem descubra que la manzana tenía un gusano.
—¡No tiene un gusano! —exclamó Rowan indignado.
El suelo vibró.
—Da igual —dijo Theo, agarrando a Rowan del brazo al ver que el Gólem empezaba a vibrar de nuevo con cara de pocos amigos — Corre!
Salieron del santuario riendo, desordenados, lejos de cualquier imagen digna de un tratado real.
Y por primera vez, no se sintió como un error.
Se sintió verdadero.
Editado: 23.12.2025