Olivia
Nunca imaginé que el día que cruzara las puertas de acero y cristal del edificio Rossi lo haría vestida de beige.
Siempre pensé que, si alguna vez volvía a enfrentarme a él, llevaría negro. El negro impone, crea una barrera, es el color de quienes van a la guerra corporativa y no planean tomar prisioneros. El beige, en cambio, suaviza. Te hace ver accesible, diplomática. Y yo no quería parecer suave. Quería parecer intocable. Quería que Matteo Rossi viera a una aliada estratégica, no a la niña con el corazón roto que dejó atrás hace seis años.
El ascensor privado subía con una lentitud exasperante, como si el propio edificio estuviera dándome tiempo para reconsiderar esta locura. Piso doce. Piso trece. Piso catorce.
Observé mi reflejo en las puertas espejadas. La mujer que me devolvía la mirada ya no era la hermana menor que escuchaba a escondidas las reuniones a puerta cerrada entre Alejandro y Matteo. Había enterrado a la adolescente que se sentaba en la isla de la cocina, fingiendo estudiar cálculo, solo para ver a Matteo llegar sudado después de sus entrenamientos, llenando el espacio con su sola presencia.
Ahora tenía veinticuatro años, un máster en finanzas con honores y el orgullo suficiente para no permitir que nadie me usara como un simple peón en un tablero. Ni siquiera él.
Cuando las puertas se abrieron en el piso ejecutivo, el mármol blanco del inmenso lobby me recibió con su frialdad calculada. Todo en este piso estaba diseñado para intimidar, para recordarte lo pequeño que eras frente al imperio financiero que estabas pisando. Y Matteo Rossi era el dios indiscutible de este Olimpo de cristal.
La secretaria de presidencia apenas levantó la vista de sus monitores. —La está esperando, señorita Mateus. Adelante.
Claro que lo está, pensé. Él siempre espera. Nunca persigue.
Caminé por el largo pasillo de iluminación tenue. Mis tacones marcaban un ritmo marcial sobre el suelo pulido, cada paso sintiéndose como una declaración de guerra personal. Cuando empujé la pesada puerta de roble de su oficina, él no se levantó de inmediato. Por supuesto que no.
Matteo estaba sentado detrás de su imponente escritorio de caoba. Llevaba un traje oscuro que parecía cortado a la medida de sus ambiciones, las mangas perfectamente ajustadas, los hombros anchos y esa mandíbula firme y tensa, como si el equilibrio del mercado bursátil dependiera de su capacidad para no ceder ni un milímetro. Estaba revisando unos documentos, pero cuando escuchó el clic de la puerta, alzó la mirada lentamente.
Y el aire abandonó mis pulmones.
Ahí estaba. El mismo hombre al que aprendí a querer en el más absoluto de los silencios. El mismo que, cuando se dio cuenta de lo que yo sentía, decidió alejarse como si yo fuera una inversión de altísimo riesgo que debía ser liquidada.
—Señorita Mateus —saludó. Su voz era grave, formal, rasposa. Distante. Casi clínica.
Me tomó exactamente medio segundo ordenar a mi sistema nervioso que se calmara. —Señor Rossi.
No iba a permitir que notara el imperceptible temblor que siempre me recorría la espina dorsal cuando me sometía a ese escrutinio. Me miraba de arriba abajo, evaluando costos y beneficios, buscando grietas en mi postura.
Caminé hacia una de las sillas de cuero frente a él y me senté sin esperar a que me lo pidiera. Si íbamos a firmar un trato que definiría el resto de mis días, lo haría desde una posición de igualdad.
Hubo un silencio. No era incómodo, sino pesado, denso. Medido al milímetro por ambos.
—Entiendo que Alejandro ya te explicó la gravedad de la situación —dijo finalmente, entrelazando las manos sobre el escritorio.
Te explicó. Me mordí el interior de la mejilla para no soltar una respuesta sarcástica. Como si yo no hubiera sido parte integral de cada proyección financiera durante el último mes. Como si no hubiera pasado noches en vela bebiendo café negro y revisando balances para evitar que la empresa de mi hermano, la herencia de mi familia, se fuera a la quiebra.
—Comprendo el panorama perfectamente, Matteo —respondí, usando su nombre de pila a propósito para acortar esa distancia corporativa—. Una simple inyección de capital o una fusión ya no son suficientes para calmar a la junta directiva. El mercado está nervioso. Necesitan ver estabilidad absoluta, algo que no pueda desmoronarse por un rumor en una rueda de prensa.
Él se inclinó ligeramente hacia adelante. Sus ojos, oscuros e indescifrables, se clavaron en los míos. —Un matrimonio envía ese mensaje. Una unión irrevocable entre los Rossi y los Mateus.
Lo dijo sin un ápice de emoción. Como si estuviera hablando de adquirir el paquete mayoritario de unas acciones ordinarias, no de encadenar nuestras vidas. Algo dentro de mi pecho quiso reírse de la ironía. O quizá llorar de pura frustración. No estaba segura.
—Entonces hablemos de mis condiciones —solté, cruzando las piernas y sosteniéndole la mirada.
Vi el leve respingo en sus hombros. Algo cambió en la profundidad de sus ojos. No esperaba resistencia.
—No estás obligada a hacer esto, Olivia. Alejandro y yo podemos buscar otra vía...
Ah. Ahí estaba. El maldito tono condescendiente y protector. El mismo tono que usaba años atrás para mantenerme a raya. El que decía "esto es muy grande para ti" cuando en realidad significaba "no puedo permitirme el lujo de acercarme a ti".
Enderecé la espalda hasta que rozó el respaldo de la silla. —No soy una víctima, Matteo, y te sugiero que dejes de tratarme como a una.
La mandíbula se le tensó tanto que temí que se le rompiera un diente. Pequeña victoria.
—Acepto este matrimonio, pero no seré una esposa decorativa para que la prensa del corazón tenga de qué hablar —continué, mi voz firme, sin titubeos—. Exijo participación accionaria real en el conglomerado fusionado. Acceso irrestricto a las juntas estratégicas, derecho a voto en el consejo de administración y mi propia oficina en este piso. Ah, y una cláusula de salida clara con división de bienes a mi favor en caso de disolución después del quinto año.
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Editado: 03.03.2026