Olivia
El penthouse de los Rossi no se siente como un hogar. Parece un museo de arte contemporáneo donde nadie se atreve a respirar demasiado fuerte por miedo a romper las reglas.
Mientras camino por el pasillo principal, noto los techos altísimos, el mármol impecable bajo mis pies y los enormes ventanales que enmarcan las luces de New York titilando a lo lejos, como si la ciudad fuera solo un cuadro costoso que Matteo compró para decorar. Todo está perfectamente ordenado. Todo es asfixiantemente frío. No hay fotografías familiares en las paredes, ni abrigos olvidados en la entrada, ni el aroma a vainilla o madera de una vela encendida que le dé vida al lugar. Solo huele a limpieza química y a vacío.
Nadie vive realmente aquí. Solo habitan.
—Tu habitación está al final del pasillo derecho —me dice Matteo, deteniéndose en una intersección sin mirarme demasiado, manteniendo esa barrera invisible entre los dos—. La de Emilio está justo frente a la tuya. La mía está en el ala contraria.
Mi habitación. No la nuestra. Asiento con un movimiento seco de cabeza. No esperaba otra cosa. No después del frío abismo que se abrió entre nosotros en el ascensor.
El personal de servicio ya se ha retirado por la noche, y el silencio que cae sobre el apartamento es más denso que el de cualquier junta directiva a punto de quebrar. Entro al dormitorio que me ha sido asignado y cierro la puerta. Es un espacio inmenso, minimalista, diseñado en tonos grises y blancos que gritan lujo, pero que carecen por completo de alma.
Me quito los tacones de aguja apenas toco la alfombra y dejo escapar un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Me siento en la orilla de la inmensa cama king size y me miro las manos.
Estoy casada. Con Matteo Rossi. Y lo más devastador no es el peso del anillo de oro blanco en mi dedo anular. Es la certeza de que, a pesar de mis escudos y mi preparación mental, entrar a su mundo iba a dolerme desde el primer segundo.
Me froto las sienes, intentando ahuyentar el cansancio de las últimas horas, cuando un leve roce en la madera me saca de mis pensamientos. Pasos pequeños. Lentos. Cautelosos.
No había cerrado la puerta por completo, y ahora la rendija se ensancha unos centímetros con un leve crujido. Es Emilio.
Está de pie en el umbral, envuelto en un pijama gris de algodón que lo hace ver aún más pequeño. Sus ojos grandes, oscuros y calculadores —idénticos a los de su padre— me observan como si yo fuera una variable completamente nueva en una ecuación que aún no logra resolver.
No habla. No sonríe. Solo me escruta desde la seguridad del pasillo.
Sabiendo que cualquier movimiento brusco podría espantarlo, me deslizo de la cama y me arrodillo lentamente en el suelo para quedar exactamente a su altura. —Hola —murmuro, con un tono suave, casi un susurro.
No intento acercarme. No invado su espacio. Dejo que él tenga el control de la distancia. Emilio cruza sus pequeños brazos sobre el pecho, frunciendo el ceño en un gesto tan característico de Matteo que casi me roba una sonrisa triste. Un mini Rossi en toda regla.
—¿No te gusta el cuarto que te tocó? —le pregunto, manteniendo la voz calmada.
El silencio se estira. Por un segundo pienso que va a dar media vuelta y volver a su habitación. Pero en lugar de huir, da un paso hacia adentro. Luego otro. Tres pasos medidos, calculados, hasta detenerse a un metro de mí.
Con lentitud, saca una pequeña mano del bolsillo del pijama. Sostiene un trozo de papel arrugado, doblado varias veces sobre sí mismo. Lo extiende hacia mí en el aire, sin mirarme directamente a los ojos.
Lo tomo con cuidado, sintiendo un nudo formarse en mi garganta. Desdoblo el papel. En el centro, escrito con una letra infantil, temblorosa pero de trazos fuertes, hay una sola pregunta:
"¿Te vas?"
El pecho se me contrae con tanta fuerza que casi me deja sin aire. Ahí está. Ese es el verdadero fantasma que ronda esta casa. No es el peso del imperio financiero. No es el contrato nupcial. Es el terror absoluto al abandono. Es la herida abierta de un niño al que le enseñaron que las personas simplemente desaparecen un día sin avisar.
Trago saliva, obligándome a mantener la compostura. Levanto la mirada y encuentro sus ojos fijos en mí, esperando la sentencia. —No esta noche —respondo con absoluta honestidad.
Él me analiza, buscando la trampa, buscando la mentira piadosa que los adultos siempre usan. Pero no le doy ninguna. No le prometo eternidades vacías. No le juro un "para siempre" que un niño de cuatro años ya sabe que es frágil. Le ofrezco la única verdad que tengo ahora mismo.
Se queda quieto unos segundos interminables. Y entonces, hace algo que me desarma por completo: en lugar de irse, flexiona las rodillas y se sienta en la alfombra, justo a mi lado. No llega a tocarme, dejando un par de centímetros de distancia entre nosotros, pero está ahí. Acompañándome.
Es una elección consciente. Y en el lenguaje de Emilio, eso lo cambia absolutamente todo.
Nos quedamos así un rato, en un silencio que, por primera vez en este apartamento, no se siente helado, sino extrañamente pacífico. Hasta que una voz profunda rompe la quietud desde el pasillo.
—¿Emilio? Es Matteo. Su tono es bajo, pero vibra con esa tensión contenida de un hombre que ha perdido de vista lo más importante que tiene. —Emilio, es tarde. Tienes que dormir.
El niño a mi lado no se inmuta. Ni siquiera voltea hacia la puerta.
Los pasos fuertes de Matteo resuenan por el corredor hasta que la puerta de mi habitación se abre por completo. Su respiración se detiene de golpe cuando nos encuentra a los dos sentados en el suelo de mi alcoba, codo a codo en la penumbra.
La expresión de alarma en el rostro de Matteo se transforma en un desconcierto profundo. —¿Qué ocurre? —pregunta, mirándonos alternadamente.
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Editado: 16.03.2026