Prohibida por Lealtad

Capítulo 4 | Cuentos de hadas y ácido

Matteo

No es normal que un niño de cuatro años te ignore deliberadamente. No es normal que elija a otra persona como su puerto seguro. Y definitivamente no es normal que esa persona sea tu esposa por contrato.

Han pasado cinco días desde la noche en que Emilio decidió dormir en la habitación de Olivia. Cinco días en los que mi hijo no se ha separado de ella más de lo estrictamente necesario. Desayuna a su lado. Se sienta en el sofá junto a ella. La sigue con la mirada por el inmenso penthouse de Nueva York como si hubieran firmado su propio acuerdo privado de lealtad.

Yo observo. Es lo que mejor sé hacer: evaluar el riesgo. Pero esta mañana, cuando bajamos al estacionamiento subterráneo e intento tomar la mano de Emilio para caminar hacia la camioneta blindada, él aparta sus pequeños dedos de los míos con suavidad y camina directo hacia Olivia, agarrándose de la tela de su abrigo beige. No me mira. Pero el gesto me golpea con la fuerza de un mazo. Es como si me estuviera diciendo: Tú no supiste quedarte. Ella sí.

Olivia ha empezado a dividir su tiempo con una precisión que, a mi pesar, resulta admirable. Por la mañana trabaja desde su nueva oficina en Rossi Capital gestionando la crisis de Mateus Holdings, y por la tarde se dedica a Emilio. No se queja. No pide privilegios. No intenta llamar mi atención.

Y eso me irrita profundamente.

Hoy la llevé a conocer oficialmente su despacho en el piso catorce. No es un espacio simbólico para mantenerla callada. Es estratégico. Vidrios amplios, vista directa al skyline de Manhattan y conexión interna con mi propia oficina.

—Puedes operar desde aquí todo lo que necesites de Mateus Holdings —le dije esta mañana, manteniéndome a un metro de distancia—. No tendrás restricciones de acceso al servidor central. Ella pasó la mano por el escritorio de madera oscura, evaluando el espacio. —No esperaba menos, Matteo.

Siempre segura. Siempre correcta. Y, sin embargo, cuando nuestros ojos chocaron, vi esa chispa desafiante que lleva años volviéndome loco.

La primera junta directiva del día fue para revisar las proyecciones trimestrales de la fusión. Emilio, que se había negado rotundamente a quedarse en el apartamento con la niñera, estaba sentado en una silla al fondo de la sala de juntas, dibujando en silencio. Quiso venir. Pero no por mí. Quiso venir con ella.

Todo fluía con la fría eficiencia a la que estoy acostumbrado, hasta que Olivia tomó la palabra para presentar una reestructuración de activos. Su exposición fue brillante. Afilada. Impecable.

—Excelente análisis, Olivia —intervino Daniel, uno de mis directores de finanzas, recargándose en la mesa con una sonrisa que me revolvió el estómago—. La verdad, es un alivio tener una perspectiva fresca en esta mesa. Perspectiva fresca. Otro miembro de la junta agregó, riendo ligeramente: —Deberíamos haber hecho esto antes, Matteo. Necesitábamos más… equilibrio por aquí.

Eran comentarios inofensivos. Corporativos. Insignificantes. Y, sin embargo, sentí cómo cada músculo de mi espalda se tensaba hasta doler.

Olivia sonrió con cortesía profesional, agradeciendo y respondiendo con argumentos sólidos. Estaba en su elemento, dominando a los lobos de Wall Street como si hubiera nacido para ello. Eso debería enorgullenecerme; al fin y al cabo, para eso nos fusionamos.

Pero Daniel se inclinó un poco más hacia ella. Demasiado cómodo. Demasiado cercano. Admirándola no solo como a una estratega brillante, sino como a una mujer hermosa. No me gustó. No me gustó nada.

Miré hacia el fondo de la sala. Emilio ya no estaba dibujando. Estaba observando. Sus ojos oscuros pasaron de Daniel a Olivia, y luego a mí. Mi hijo de cuatro años es increíblemente perceptivo; me miraba como si también estuviera evaluando mi reacción ante la invasión de territorio.

—Bien —interrumpí, mi voz cortando el aire de la sala, más fría y autoritaria de lo necesario—. Suficiente celebración. Continuemos con los márgenes de riesgo.

La reunión terminó diez minutos después. Demasiado rápido para el gusto de algunos.

En el pasillo, mientras caminábamos de regreso a las oficinas, Daniel cometió el error de volver a acercarse a ella. —Si necesitas cualquier cosa con el nuevo software, Olivia, mi oficina está al final del pasillo y... —No la necesitará —corté, interponiéndome físicamente entre los dos antes de que él pudiera terminar la frase.

El silencio que siguió fue denso e incómodo. Daniel me miró, confundido y un poco pálido. —Solo estaba ofreciendo... —Lo sé, Daniel. Te sugiero que te enfoques en los reportes de Asia.

Mi tono no invitaba a réplica. Daniel asintió rápidamente y desapareció por el pasillo. Me giré hacia Olivia. Me sostenía la mirada con los brazos cruzados, una ceja perfectamente arqueada. —Eso fue completamente innecesario, Matteo. —Fue profesional. Tienes un equipo técnico asignado. —No —dio un paso hacia mí, bajando la voz—. Eso fue territorial. Y cavernícola.

Ahí. Justo en la yugular. Me quedé quieto, con la mandíbula apretada hasta que me dolieron los dientes. Porque tenía toda la maldita razón. Y odio profundamente que la tenga.

El caos no es algo que se permita en mi vida. Mi penthouse siempre ha sido un mausoleo de mármol gris, acero inoxidable y orden milimétrico. Al menos, así era hasta esta tarde.

Cuando cruzo la puerta del apartamento, agotado tras catorce horas apagando incendios financieros, un olor inusual me golpea de frente. Vainilla. Canela. Mantequilla derretida.

El sonido de una risa suave me atrae hacia la inmensa cocina de diseñador, un lugar que antes solo servía de exhibición para el personal de limpieza.

Me detengo en el umbral. La escena frente a mí es un atentado directo contra mi cordura. Olivia lleva unos jeans ajustados, una camiseta blanca de algodón y un delantal negro que le queda grande. Tiene el cabello recogido en un moño desordenado y una mancha de harina cruzándole la mejilla izquierda. A su lado, de pie sobre un taburete para alcanzar la inmensa isla de mármol, está Emilio.




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