Matteo
Nunca en mis treinta y cuatro años pensé que perdería la compostura por un maldito plato de huevos revueltos.
Pero aquí estamos.
Cuando salgo de mi habitación, ya vestido con el traje impecable que exige Wall Street, el olor a mantequilla caliente y pan tostado me golpea en el pasillo. No es el aroma impersonal que suele flotar en este penthouse cuando el chef privado prepara el desayuno. Es distinto. Más cálido. Peligrosamente doméstico.
Me detengo en el umbral de la cocina. Olivia está de espaldas a mí, frente a la estufa, con unos pantalones de lino y una camiseta blanca sencilla, el cabello recogido sin ningún esfuerzo. No parece la ejecutiva letal que destrozó a mi equipo de finanzas ayer. Parece alguien que pertenece aquí.
Emilio está sentado en la isla de la cocina, balanceando las piernas. La observa como si ella fuera el centro absoluto de su universo.
—Y después del parque podemos ir por helado —dice ella, sirviendo el desayuno en un plato colorido que no sé de dónde salió. Su tono es ligero, natural. Como si siempre hubiera estado aquí. Se inclina, apoyando los codos en el mármol frío, y le guiña un ojo. —Pero solo si prometes que hoy intentamos el columpio grande en Central Park.
Emilio asiente. Y sonríe. Una sonrisa real. Hace cuatro años que no lo veía hacerlo así.
Yo sigo de pie en la entrada. Invisible en mi propia casa. Desplazado. Olivia se sirve su propia porción y se sienta frente a él. Ríen en silencio. Se comunican con miradas, con pequeños gestos cómplices en los que yo no tengo espacio.
Carraspeo, dando un paso hacia la luz fría de la mañana neoyorquina que entra por los ventanales. Ella levanta la vista. —Buenos días, Matteo. Sonríe. A mí también. Pero mi mirada va directo a la isla de mármol.
Dos platos. Dos vasos de jugo. Dos mundos. No hay un plato frente a mi asiento habitual. No hay café servido. Nada.
—¿Y el mío? —pregunto. Las palabras salen secas, cargadas de un resentimiento absurdo antes de que pueda filtrarlas.
El silencio cae pesado. Olivia parpadea, sorprendida por el tono. —Pensé que desayunabas en la oficina con tu equipo. Siempre lo haces.
Es verdad. Nunca desayuno en casa. Pero ese no es el punto, y la furia irracional que me hierve en la sangre no entiende de lógicas. Emilio me observa, evaluando mi postura rígida. Algo en mi pecho se aprieta al ver cómo su sonrisa se borra de inmediato.
—No importa —digo, cortante, ajustándome los puños de la camisa—. No te preocupes. Continúen. No quiero interrumpir su pequeño teatro perfecto.
La atmósfera cambia drásticamente. El aire se vuelve plomo. Olivia deja el tenedor sobre la mesa. Se levanta lentamente, su expresión pasando de la sorpresa a la frialdad. —Ven un momento al pasillo —no es una invitación. Es una orden.
La sigo. Apenas cruzamos el umbral hacia el corredor, ella se gira hacia mí, bajando la voz pero no la intensidad. —¿Qué demonios fue eso, Matteo? —Nada. —No me trates como a una idiota. Eso fue algo. Estás furioso desde ayer. —Te dije que no tienes que jugar a la familia perfecta en mi casa —escupo, acercándome un paso, invadiendo su espacio—. No tienes que fingir.
Sus ojos oscuros se endurecen, brillando con indignación. —No estoy jugando a nada. Estoy viviendo aquí. —¡Estás acaparando a mi hijo! —la voz se me alza más de lo que debería—. No puedes reemplazar lo que él perdió, Olivia. No puedes llegar, hornear galletas y fingir que eres su madre.
El golpe es bajo. Lo sé en cuanto las palabras salen de mi boca. Ella retrocede medio paso, como si la hubiera abofeteado. —Yo no estoy intentando reemplazar a nadie. Él escribió la palabra "mamá" ayer, Matteo. Y la rompió. Porque le aterra querer a alguien que lo pueda abandonar. ¿Sabes qué es lo que más le asusta? ¡Que tú también te vayas!
—¡Yo no me fui! —rujo, perdiendo el control. —¡Pero te cerraste! Eres un muro de hielo. Él necesita sentir que puede elegir a alguien sin que tú lo veas como una maldita traición.
El sonido del ascensor privado abriéndose a nuestras espaldas nos corta la respiración a ambos. Los pasos apresurados resuenan en el vestíbulo. Es Alejandro. Tiene el maletín en una mano y su teléfono en la otra, listo para nuestra reunión matutina. Pero se queda congelado al vernos, absorbiendo los ecos de mis gritos.
—¿Qué diablos está pasando aquí? —exige Alejandro, soltando el maletín. Su mirada viaja de mi rostro furioso a la postura tensa de su hermana menor—. Matteo, te escuché gritar desde el ascensor.
—No te metas, Alejandro —advierto, señalándolo con un dedo—. Esto es entre ella y yo. Alejandro acorta la distancia, plantándose frente a mí, su instinto de hermano mayor nublando años de amistad y negocios. —Es mi hermana. Si le estás gritando, me meto.
—¡Es mi esposa! —replico, la posesividad estallando en mi pecho con una fuerza que me ciega—. Así que te pido que te largues y nos dejes resolver nuestros problemas de matrimonio.
Alejandro suelta una risa amarga y carente de humor. Me mira con absoluto desprecio. —¿Matrimonio? Por favor, Matteo. No seas cínico. —Da un paso más, empujándome ligeramente el hombro con el suyo—. Ustedes no tienen un matrimonio. Tienen un maldito contrato de negocios que yo mismo ayudé a redactar. Así que no vengas a exigir lealtad ni exclusividad de esposo cuando tú dejaste muy claro que esto era solo una transacción. No le exijas a ella lo que tú no estás dispuesto a dar.
Las palabras de Alejandro son dagas directas a mi orgullo. Abro la boca para destrozarlo, para recordarle quién salvó su empresa, pero un sonido a nuestras espaldas nos paraliza a los tres.
—Pa... pá.
La palabra cae en el inmenso pasillo como un trueno silencioso. Completa. Clara. Inconfundible.
Me giro lentamente. Emilio está de pie en el umbral de la cocina, aferrado al marco de la puerta. Tiene los ojos muy abiertos y el pecho le sube y baja rápidamente. El mundo se rompe y se reconstruye en ese mismo segundo.
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Editado: 16.03.2026