Prohibida por Lealtad

Capítulo 6 | Ley del hielo en Central Park

Olivia

Nunca imaginé que la palabra "papá" pudiera cambiar la temperatura de un apartamento de seiscientos metros cuadrados.

Pero desde el desastre de la mañana anterior en el pasillo, el penthouse de los Rossi está sumido en un invierno nuclear. Las palabras de mi hermano —"Ustedes no tienen un matrimonio, tienen un maldito contrato"— flotan en el ambiente como ceniza tóxica, asfixiándonos.

Alejandro tenía razón. Me había dejado llevar. Había permitido que la vulnerabilidad de Emilio y la intensa gravedad que Matteo ejerce sobre mí difuminaran las líneas. Había olvidado mi lugar. Pero ya no. Soy una Mateus, tengo un máster en finanzas y sé perfectamente cómo operar bajo términos y condiciones estrictos.

Si Matteo Rossi quería transacciones frías y distancia profesional, eso es exactamente lo que iba a tener.

Es sábado por la mañana. Emilio y yo estamos en el vestíbulo, listos para salir. Le estoy ajustando los cordones de sus tenis blancos mientras él sostiene su pequeña mochila.

—Hoy iremos al parque grande, el de los columpios altos cerca del lago —le susurro, acomodándole el cuello de la chaqueta. Él asiente con un entusiasmo silencioso que me derrite el corazón.

El sonido de unos zapatos de vestir acercándose por el pasillo de mármol me hace tensar la mandíbula. Me pongo de pie lentamente, alisando mi pantalón de mezclilla. Matteo se detiene a un par de metros de nosotros. Lleva un suéter de cachemira oscura y unos pantalones a medida que le sientan ridículamente bien, pero su postura es la de un hombre a punto de entrar a una junta directiva hostil.

Emilio lo mira. Lo observa con esa intensidad escrutadora que heredó de él.

Matteo carraspea, metiendo las manos en los bolsillos. Su mirada viaja de su hijo a mí. —Tengo una llamada importante con los socios de Londres a las once.

El pequeño rostro de Emilio decae al instante. Baja la mirada hacia sus tenis, acostumbrado a ser la segunda prioridad detrás del imperio. El dolor agudo que siento por el niño me da la fuerza para levantar mi muro de hielo.

—Perfecto, Matteo —respondo con un tono impecable, cordial y completamente vacío—. No te preocupes, yo me encargo. La niñera tiene mi número por si necesitas algo del departamento de finanzas mientras no estoy. Que tengas un día productivo.

Tomo la mano de Emilio para dirigirnos al ascensor privado. No le doy a Matteo la oportunidad de excusarse. Estoy aplicando sus propias reglas del juego.

—Espera. —La voz de Matteo suena un tono más áspera de lo normal. Me detengo sin soltar a Emilio, pero no me giro por completo—. Puedo... puedo mover la llamada.

El niño levanta la cabeza tan rápido que casi se tropieza. Sus ojos oscuros brillan con una mezcla de incredulidad y esperanza.

Me giro lentamente hacia mi "esposo", manteniendo mi expresión cuidadosamente neutral. —¿De verdad? —pregunto, arqueando una ceja—. ¿Vas a posponer a Londres? Es poco eficiente.

La mandíbula de Matteo se tensa al escucharme usar su propio vocabulario corporativo en su contra. Sus ojos me advierten que sabe exactamente lo que estoy haciendo, pero no puede reclamarme frente al niño. —Londres puede esperar —dice, sin apartar su mirada de la mía—. Si me permiten acompañarlos.

No sé qué me descoloca más. Si el hecho de que esté posponiendo el trabajo, o que lo haya formulado como una petición y no como una orden. Miro a Emilio. El niño no dice una palabra, pero una pequeña sonrisa asoma en la comisura de sus labios. Y por él, solo por él, asiento con la cabeza. —Como prefieras.

El día en Central Park es hermoso. El sol de la mañana se filtra entre los rascacielos de Manhattan y los árboles del parque, creando un contraste perfecto. Sin embargo, caminar junto a Matteo Rossi se siente como pasear con una bomba a punto de estallar.

Emilio corre unos metros por delante de nosotros, persiguiendo a una ardilla, mientras nosotros dos caminamos a la par, separados por un estricto medio metro de distancia.

El silencio entre nosotros vibra con una tensión eléctrica. Es asfixiante. Cada vez que nuestros brazos se rozan por accidente al esquivar a otros peatones, el contacto me quema a través de la chaqueta, pero me obligo a no reaccionar. A mantener la mirada al frente, inquebrantable.

—Esto es ridículo, Olivia —murmura él de pronto, su voz ronca apenas audible por encima del ruido del parque. —No sé a qué te refieres —respondo con suavidad, sin mirarlo. —A esta actitud. A este hielo. Me estás tratando como a un empleado de tercer nivel que acaba de cometer un error contable. —Te estoy tratando como a un socio estratégico, Matteo. De acuerdo a las cláusulas que firmamos. Sin dramas emocionales. Sin "jugar a la familia". Como pediste.

El sonido que sale de su garganta es puro veneno. Se detiene en seco, obligándome a detenerme también. Cuando me giro a enfrentarlo, me encuentro con sus ojos oscuros ardiendo en furia contenida.

—No uses mis palabras contra mí —advierte, dando un paso hacia mí, invadiendo ese medio metro de seguridad—. No cuando sabes perfectamente por qué las dije.

La cercanía es peligrosa. Huele a madera de cedro, a café negro y a dominación pura. Mi pulso se acelera, traicionándome, pero mantengo la barbilla en alto. —Las uso porque son tu realidad. Alejandro me lo dejó muy claro. Tú no quieres una esposa, quieres una transacción. Así que a partir de hoy, limitaremos nuestras interacciones a lo estrictamente necesario para el bienestar de Emilio y de las acciones de la compañía.

Su respiración choca contra mi rostro. Sus ojos bajan a mis labios por una fracción de segundo antes de volver a clavarse en los míos. La tensión sexual entre nosotros es tan densa que podría cortarla con un bisturí. —¿Y si decido que quiero renegociar las malditas cláusulas? —susurra, su voz ronca bajando una octava.

El aire abandona mis pulmones. Pero antes de que pueda formular una respuesta que no delate lo mucho que me afecta, un tirón en mi abrigo nos hace separar de golpe.




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