Prohibida por Lealtad

Capítulo 7 | El intruso y el hielo

Matteo

En mi mundo, no existen las sorpresas. Las sorpresas hunden acciones y quiebran empresas. Todo en mi vida está medido, agendado y controlado.

Y Marcos Herrera es una maldita anomalía en mi sistema.

Llega sin aviso. Sin protocolo. Sin una cita previa en la agenda de Rossi Capital. Simplemente atraviesa las puertas de cristal del piso catorce como si fuera el dueño del edificio, ignorando la seguridad y la intimidación natural que impone mi empresa.

Lo reconozco apenas lo veo en las cámaras de seguridad que dan al lobby ejecutivo. Demasiado relajado. Demasiado sonriente. Lleva una chaqueta de cuero sobre una camisa desabrochada, moviéndose con esa soltura exasperante de los hombres que creen que el mundo es su patio de recreo.

—¿Lo esperabas? —le pregunto a Olivia, deteniéndome en el marco de su oficina. Mi voz es un témpano, acorde a la guerra fría que libramos desde hace días. Ella levanta la vista de sus monitores. Y cuando ve a Marcos a través de los cristales, su rostro se transforma. La máscara de ejecutiva implacable y esposa por contrato se esfuma. Sonríe. Demasiado. Con todos los dientes. —Es mi mejor amigo —responde, poniéndose de pie de un salto.

Ah. Peor. Mil veces peor.

Marcos es el tipo de hombre que ocupa espacio sin pedir permiso. Entra a la oficina de Olivia y, frente a mis propios ojos, la toma por la cintura y la levanta ligeramente del suelo en un abrazo que dura tres segundos más de lo que mi cordura puede soportar. La sangre me hierve en las venas. Un instinto primitivo, absurdo e irracional me exige cruzar la distancia y arrancarle las manos de encima.

—¡Mírate nada más! La señora Rossi en todo su esplendor corporativo —dice él, bajándola. Olivia suelta una carcajada. Es una risa libre, musical, natural. La misma risa que me ha negado a mí durante toda la maldita semana por su estricta "ley del hielo". Un nudo de celos tóxicos y ardientes se instala en la base de mi garganta.

Emilio está sentado en el pequeño sofá de la oficina, dibujando. Marcos se gira y se agacha frente a él, invadiendo el espacio que a mí me costó semanas ganar. —¿Y tú debes ser el famoso Emilio? —pregunta, apoyando los codos en las rodillas.

Mi hijo detiene su crayón. Lo observa con esa desconfianza profesional y evaluadora que compartimos. Mini juez. Ruego internamente para que Emilio lo ignore. Que le dé la espalda. Que le demuestre a este intruso que los Rossi no somos fáciles.

Pero Marcos no se intimida. —Soy Marcos. Pero puedes llamarme el tío divertido, porque claramente por aquí sobra la seriedad —dice, mirándome de reojo. Olivia rueda los ojos, divertida. —No le hagas caso, Emilio.

Marcos saca del bolsillo de su chaqueta una pequeña figurita detallada de un astronauta en miniatura. —Para el comandante de la misión —dice, extendiendo la mano.

Contengo la respiración. Emilio mira el juguete. Luego mira a Marcos. Y, ante mi absoluto horror, el niño no solo toma la figurita, sino que una pequeña, minúscula sonrisa asoma en su rostro. No rechaza el regalo. No rechaza al extraño.

Ese gesto me destroza y me enfurece a partes iguales. Es demasiado para mi sistema. Emilio me ignoró durante años, ¿y este payaso con chaqueta de cuero se gana una sonrisa en tres minutos?

—Le caí bien —dice Marcos, enderezándose con orgullo. —Es selectivo —respondo, mi voz ronca, cortando el aire como un cuchillo—. Y normalmente no acepta sobornos baratos. Marcos se gira hacia mí, la sonrisa fácil aún en su rostro, pero sus ojos son calculadores. —Me gustan los retos, Matteo.

Lo dice directo. Sin pestañear. Y detesto profundamente el subtexto. Olivia nos observa a los dos como si estuviera viendo a dos niños pelear por territorio en un arenero. —Matteo, relájate —me advierte, volviendo a su tono corporativo, el que me reserva exclusivamente a mí. —Estoy completamente relajado, Olivia.

Mentira. Estoy a punto de ordenar a seguridad que lo expulse del edificio a patadas. Marcos se instala en la silla frente al escritorio de Olivia, cruzando una pierna sobre la otra. —Así que tú eres el famoso CEO de hielo —dice Marcos, analizándome—. El hombre que cerró el trato del siglo llevándose a mi mejor amiga. —Y tú eres el amigo irrelevante que aparece sin avisar a interrumpir horas laborables —contrataco, apretando los puños dentro de los bolsillos del pantalón.

Marcos sonríe. —Me gusta proteger lo que quiero. El golpe es sutil, pero directo a mi ego. Olivia se cruza de brazos, la tensión endureciendo sus facciones. —No soy un objeto que necesite ser protegido, Marcos. Y menos en mi propia oficina. —Lo sé, Oli —responde él, y el maldito apodo hace que me rechinen los dientes—. Pero sigo siendo tu mejor amigo. Los contratos no borran eso.

Silencio. Emilio levanta la vista de su dibujo, mirando entre los tres. Está leyendo el ambiente. Siente la hostilidad vibrando en el aire, irradiando de mí. Y eso me molesta aún más, saber que estoy perdiendo el control frente a él.

—Vayamos por café —propone Marcos de pronto, poniéndose de pie—. Los tres —añade, mirando a Emilio con un guiño. Emilio mira a Olivia. Luego me mira a mí. Espera mi aprobación. No debería sentirlo como una competencia. Es solo el amigo de mi esposa intentando ser amable. Pero lo siento. Siento que me están robando el oxígeno de mi propia vida.

—Tengo trabajo real que hacer —digo, glacial. Olivia inclina la cabeza, su mirada desafiante. —Puedes acompañarnos, Matteo. No te tomará más de quince minutos.

La invitación es ligera, cordial, estrictamente educada. Pero es un reto. Me está diciendo que, si tanto me molesta, que mueva mis propias fichas. —No soy parte de su plan de "mejores amigos" —escupo. —Siempre puedes serlo —responde ella, sin alterar su calma exasperante. Marcos sonríe apenas, como si estuviera disfrutando ver al gran Matteo Rossi perdiendo el equilibrio. Y ahí, mis defensas colapsan.




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