Olivia
El problema de empezar a sentir algo real dentro de un matrimonio por contrato... es que, en tu cabeza, olvidas que sigue siendo un maldito contrato.
La invitación al cóctel benéfico anual de la Fundación Rossi había llegado esa misma mañana. Era uno de los eventos más exclusivos de Nueva York. Prensa, magnates de Wall Street, fotógrafos. La oportunidad perfecta para mostrar la imagen de una fusión familiar impecable. Emilio no asistiría. Era demasiado tarde y había demasiadas cámaras para él. Eso significaba que esta noche seríamos solo Matteo y yo. Sin nuestro pequeño escudo protector de cuatro años para suavizar las cosas.
Me preparé con más cuidado y crueldad de la que estoy dispuesta a admitir en voz alta. Elegí un vestido de seda negra, de corte minimalista y cuello alto por delante, pero con la espalda completamente descubierta hasta el inicio de la cadera. No era un vestido para una esposa decorativa. Era una armadura diseñada para recordar que no soy invisible. Que soy una mujer.
Cuando bajé la inmensa escalera de caracol del penthouse, Matteo ya estaba esperándome en el vestíbulo. Llevaba un esmoquin oscuro, a la medida, sin corbata, con los dos primeros botones de la camisa negra desabrochados. Lucía letal. Intocable.
Se giró al escuchar mis tacones. Y se quedó paralizado. Su mirada me recorrió lentamente, desde el dobladillo del vestido hasta mi rostro. Y cuando me di la vuelta para tomar mi bolso de mano de la consola, sentí el peso de sus ojos quemándome la piel desnuda de la espalda. No fue una evaluación profesional. Fue una mirada puramente masculina, oscura y hambrienta.
—Estás… —se detuvo, tragando saliva, como si le costara encontrar la palabra en su vocabulario financiero—. Perfecta. Mi corazón hizo una voltereta estúpida contra mis costillas, pero mantuve la barbilla en alto. —Gracias. Tú también cumples con el código de vestimenta, socio.
La palabra "socio" le borró cualquier atisbo de suavidad del rostro. Llegamos al evento en el hotel Plaza tomados del brazo. En cuanto cruzamos las puertas, los flashes nos cegaron. Sonrisas calculadas. Postura perfecta. Éramos la pareja de poder de Manhattan.
Todo iba maravillosamente bien, una coreografía de relaciones públicas impecable. Hasta que la vi.
Clara Valenti. Alta, escultural, directora de una de las firmas de capital de riesgo más agresivas de la ciudad. Y, según los rumores de la oficina, alguien demasiado cercana a Matteo en el pasado. Y por cómo caminó hacia nosotros, cruzando el salón de baile como si fuera la dueña del lugar, no parecía una historia completamente cerrada.
—Matteo, querido —ronroneó al acercarse, deteniéndose a una distancia que invadía peligrosamente su espacio personal—. Qué sorpresa tan fascinante verte... casado. Su mirada bajó con lentitud hacia mi mano izquierda. Evaluó el anillo, luego mi vestido, y finalmente me dedicó una sonrisa afilada.
—Clara —respondió él, con una cortesía impecable. Demasiado impecable para mi gusto. Ella levantó una mano, con las uñas pintadas de rojo sangre, y la apoyó suavemente sobre el antebrazo de Matteo. —Tenemos pendiente esa reunión privada de la que hablamos en la junta pasada —murmuró Clara, arrastrando las palabras—. Ya sabes, para alinear intereses. A puerta cerrada.
Privada. La palabra me arañó el estómago por dentro. Esperé que Matteo diera un paso atrás. Que retirara el brazo. Que pusiera el límite que un hombre casado —incluso uno por contrato— debería poner. Pero no lo hizo de inmediato. Su rostro era una máscara de neutralidad corporativa.
—Podemos agendarla con mi equipo la próxima semana —respondió finalmente, sin apartarse del toque de Clara.
Un gesto pequeño. Insignificante. Pero para mí, fue como tragar vidrio molido. Clara se giró hacia mí, fingiendo apenas darse cuenta de que yo existía. —Encantada, Olivia. Debes estar abrumada con todo este mundo.
Sostuve su mirada, curvando los labios en una sonrisa tan letal como la de ella. —El gusto es mío, Clara. Y no te preocupes, vengo de un mundo donde sé perfectamente cómo manejar inversiones de alto riesgo.
Ella tensó la mandíbula, pero antes de que pudiera responder, un revuelo cerca de la barra llamó nuestra atención. Una risa conocida resonó por encima de la música clásica. Marcos.
Estaba allí, en medio de la gala más exclusiva del año, sin invitación formal, vistiendo un traje azul cobalto que rompía con el mar de esmóquines negros, y con esa sonrisa arrogante que siempre anuncia el caos.
—¡Oli! Atravesó el salón esquivando camareros y me abrazó frente a todos. Me levantó apenas del suelo, girándome un poco. Demasiado efusivo. Demasiado visible. Varias cabezas y cámaras se giraron hacia nosotros.
Sentí cómo el cuerpo de Matteo, a mi lado, se ponía tenso como la cuerda de un arco a punto de disparar. Su postura se volvió peligrosamente amenazante. —¿Qué haces aquí? —le susurré a Marcos, medio riendo, medio alarmada. —Tengo mis contactos —me guiñó un ojo—. Vine a asegurarme de que mi mejor amiga no muriera de aburrimiento entre tanto lobo de Wall Street.
Lo dijo alto. Demasiado alto. Algunas personas alrededor soltaron risas discretas. Matteo dio un paso hacia nosotros, cortando la distancia. Pura invasión de territorio. —Buenas noches, Marcos —dijo. Su voz era hielo puro.
Marcos no se dejó intimidar. Le sostuvo la mirada con una sonrisa burlona. —Rossi. Entonces, Marcos me ofreció su mano, ignorando la tensión letal que emanaba de mi "esposo". —Están tocando algo que no suena a funeral. ¿Bailas conmigo, Oli? Prometo que no te haré firmar ningún memorándum mientras bailamos.
Ahí. La provocación directa. Una burla absoluta al contrato. Miré a Matteo. Su mandíbula estaba tan apretada que un músculo latía en su mejilla. Esperé que dijera algo. Que interviniera. Que reclamara su lugar como el hombre que había jurado ante un juez estar conmigo.
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Editado: 16.03.2026