Prohibida por Lealtad

Capítulo 9 | La sorpresa fallida y el ultimátum

Matteo

El penthouse de Nueva York volvió a sentirse inmenso. Absurdamente grande. Helado.

Es cruelmente curioso cómo, en cuestión de semanas, un lugar de seiscientos metros cuadrados puede llenarse de risas, de olor a vainilla y de vida... y luego vaciarse por completo con la misma rapidez, dejando solo el eco del mármol.

Desde la noche del evento benéfico, Olivia ha sido impecablemente correcta. Demasiado correcta. Desayuna con Emilio. Organiza su agenda de Mateus Holdings. Coordina reuniones de la fusión. Pero conmigo... distancia absoluta. Formalidad quirúrgica. Me llama "Señor Rossi" cuando hay terceros cerca, y "Matteo" solo cuando es estrictamente necesario.

Ha dado veinte pasos hacia atrás. Ha levantado el muro de hielo más impenetrable que he visto en mi vida. Y lo peor de todo es que sé perfectamente que yo le entregué los ladrillos para construirlo.

Intento arreglarlo la tercera noche. Cancelo una cena con los inversores de Tokio. Despido al personal temprano. Hago algo que el gran Matteo Rossi nunca hace: preparo una sorpresa que no tiene ningún puto objetivo financiero. Mando a pedir comida de su restaurante italiano favorito en el Soho, no del chef del edificio. Compro peonías, no las aburridas orquídeas corporativas que siempre envían mis asistentes. Preparo la mesa en la terraza, bajo las luces de la ciudad, esperando que el ambiente suavice las cosas. Quería demostrarle que podía ser un hombre. Un esposo. No un maldito contrato.

Pero cuando Olivia sale de su habitación y ve la mesa, las velas y a mí de pie esperándola, no sonríe. Su rostro se cierra. Se cruza de brazos, mirándolo todo con una frialdad que me congela la sangre.

—¿A quién intentamos convencer hoy, Matteo? —pregunta, su voz plana y carente de emoción—. ¿Hay fotógrafos con teleobjetivos en el edificio de enfrente, o solo estamos practicando para la próxima gala?

El golpe es tan directo y tan injusto que mi paciencia se quiebra de inmediato. —No hay cámaras, Olivia. Hice esto por nosotros.

Ella suelta una risa corta, amarga. —Nosotros no existimos fuera del papel. No te molestes en montar una escena de relaciones públicas en privado. Estoy cansada.

Me acerco a la mesa del comedor, donde ella se ha sentado a revisar unos balances, ignorando mi estúpida cena. —No fue lo que crees con Clara —digo, intentando mantener la voz baja. No levanta la vista del iPad. —No creo nada, Matteo. Eso es peor. Preferiría que me gritara. —Clara no significa absolutamente nada en mi vida. —Me alegra muchísimo por los intereses de la empresa —sigue escribiendo, sin mirarme. —Y Marcos tampoco significa nada —ataco, incapaz de contenerme.

Esa sí la hace detenerse. Levanta los ojos lentamente. Su mirada es un témpano oscuro. —Marcos siempre ha significado algo en mi vida. Mucho antes de que tú decidieras comprarme.

La frase duele como una bofetada física. —Es solo amistad —añade ella. Pero la palabra me arde igual. —No me gusta cómo te mira. No me gusta que te toque, que te abrace, que te baile frente a toda la prensa como si le pertenecieras. —Pues a mí no me gusta cómo Clara te toca el brazo —dispara ella, poniéndose de pie de golpe—. No me gusta que le hables al oído. ¡Golpe limpio, Matteo!

Respiro hondo, sintiendo que estoy perdiendo el control de la conversación. —Olivia, esto no es un maldito juego. —Exacto —responde ella, acercándose un paso, desafiante—. Es un contrato. Ahí está. Otra vez. La palabra maldita usándose como un escudo de titanio entre los dos.

—No uses ese contrato para esconderte de lo que sientes —murmuro, acercándome a ella, acorralándola visualmente. —Yo no me estoy escondiendo de nada. Su pecho sube y baja con rapidez. —Tú fuiste el que dejó clarísimo que esto era estratégico. Que no confundiera las cosas. Que no cruzara la línea. Tú me empujaste a esta distancia. Su voz no tiembla. Pero sus ojos sí. Hay lágrimas de frustración brillando en ellos, y verlas me destroza. —No voy a reclamarte la exclusividad que tú mismo me dijiste que no era real.

Duele. Joder, cómo duele. Porque ya no lo siento estratégico. Lo siento todo. —No es tan simple, Olivia —repito, la frase sonando patética incluso para mí. —Entonces hazlo simple. Dime la verdad. Atrévete.

Silencio. No sé cómo. Y ese es el maldito problema. Estoy aterrorizado.

No notamos que no estamos solos hasta que la puerta del pasillo rechina. Emilio está ahí. Nos mira. Percibe la tensión densa, tóxica, ahogándonos en la sala. Siempre la percibe. Su radar para el abandono siempre está encendido.

—No estamos peleando, campeón —digo rápido, separándome de Olivia. Ella exhala con un temblor. —Matteo, por favor... —No quiero que piense que... —Ya lo piensa —me interrumpe ella, frotándose la frente.

La discusión vuelve a encenderse, subiendo apenas un tono. No gritamos, nunca gritamos frente a él, pero el filo de nuestras palabras está ahí, cortando el aire. —No puedes exigirme lealtades de esposo cuando tú me empujas lejos —sisea ella. —Y tú no puedes provocarme usando a Marcos como arma. —Yo no lo provoqué. —¡Bailaste con él para castigarme! —¡Y tú la dejaste acercarse porque eres incapaz de marcar un límite!

Pequeñas cosas. Excusas ridículas. Reclamos insignificantes. Pero acumulados durante semanas, son una bomba a punto de estallar.

Y entonces, Emilio camina hacia nosotros. Lento. Decidido. Sus pequeños puños están apretados a los costados de su pijama de astronauta. Se coloca exactamente en el centro de los dos. Nos mira. A mí. A ella.

Y grita. No susurra. No lo escribe en su estúpida pizarra. Grita con todas las fuerzas de sus pequeños pulmones.

—¡MAMÁ!

El sonido atraviesa el inmenso salón como el impacto directo de una bala. Silencio absoluto. Olivia se queda congelada, con los ojos muy abiertos. Yo también. Siento que el suelo desaparece bajo mis pies.

Emilio respira agitado. Su pecho sube y baja erráticamente. Sus ojos idénticos a los míos están llenos de lágrimas gruesas que finalmente se derraman por sus mejillas. —No... peleen —la voz le tiembla terriblemente, pero está ahí. Completa. Viva. Desesperada.




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