Olivia
El apartamento de mis padres en el Upper East Side nunca se sintió tan inmensamente pequeño. No porque lo sea. Sino porque no es mi espacio. No es el de Emilio. No es el de Matteo.
Han pasado cuarenta y ocho horas desde que crucé la puerta del penthouse. Dos días de un infierno silencioso. Las únicas interacciones que hemos tenido han sido estrictamente formales. Dos llamadas frías para coordinar la crisis que Alejandro desató al amenazar con disolver la fusión. Mensajes de texto cortos sobre proyecciones financieras. Pero lo que de verdad me está matando son los audios de WhatsApp de Emilio. Me envía notas de voz de diez segundos donde no dice una sola palabra; solo escucho su respiración agitada cerca del micrófono. Y cada uno de esos pequeños soplidos de aire me rompe el corazón un poco más.
La excusa para volver a vernos llegó esta tarde. Alejandro convocó una reunión de emergencia en Rossi Capital. La prensa sigue especulando, las acciones están inestables y los abogados necesitaban nuestra presencia en la misma sala.
Afuera, Nueva York se está cayendo a pedazos bajo una tormenta torrencial. El cielo gris plomo es el reflejo perfecto de mi estómago.
Cuando entré a la sala de juntas, Matteo ya estaba ahí. El gran CEO implacable parecía haber sido arrollado por un tren. No llevaba corbata. Su camisa blanca estaba desabotonada en el cuello, tenía el cabello oscuro desordenado —como si hubiera pasado las manos por él mil veces— y unas ojeras profundas que gritaban que no había dormido un solo minuto.
Durante la reunión, no despegó los ojos de mí. Yo me mantuve detrás de mi muro de hielo. Fui la ejecutiva perfecta. Implacable. Distante. Cuando los abogados y Alejandro nos dejaron solos un momento para revisar un anexo, el silencio nos aplastó.
—Vuelve a casa, Olivia —dijo él de pronto, su voz ronca, desesperada, rompiendo el protocolo—. Te necesito en la oficina para... para estabilizar la junta. El contrato estipula que...
Levanté la mirada, sintiendo una mezcla de furia y decepción. —¿El contrato? ¿En serio, Matteo? ¿Vas a usar una cláusula legal para traerme de vuelta? Él cerró la boca de golpe. Apretó los puños sobre la mesa de caoba. Vi la lucha en sus ojos. Quería exigirme que volviera, quería usar su poder, pero se dio cuenta de algo en ese mismo instante: No podía recuperarme con una hoja de cálculo. Si quería que me quedara, tenía que conquistarme como a una mujer, no como a una socia.
—Tienes razón —murmuró, retrocediendo un paso, con la voz apagada—. Vete. Terminamos por hoy.
Salí de ese edificio con un nudo en la garganta, creyendo que lo había perdido para siempre.
Horas más tarde, el diluvio no ha parado. Estoy en la cocina de mis padres, preparándome un té que no quiero tomar, cuando el timbre del apartamento resuena por el pasillo. Mi madre levanta la mirada desde el sofá de la sala, bajando su libro. —¿Esperas a alguien a esta hora, hija? Está cayendo un diluvio afuera.
Niego con la cabeza y camino hacia la entrada con el pulso acelerado. Y cuando abro la gruesa puerta de madera... el aire abandona mis pulmones por completo.
Ahí están. Matteo y Emilio. Los dos. Están empapados. El cabello de Matteo gotea agua sobre la alfombra del pasillo, y aunque claramente intentó cubrir a Emilio con su abrigo de lana, ambos están temblando ligeramente. Pero lo que me deja sin aliento no es la lluvia. Es lo que llevan puesto. Ambos tienen puesta la misma camiseta azul marino con el pequeño cohete plateado en el pecho. Las del día del parque. A juego. Como una bandera de rendición absoluta.
Emilio es el primero en moverse. Se suelta de la mano de su padre, corre hacia mí y se aferra a mis piernas con una fuerza desesperada, mojando mi pantalón.
—Quédate. La palabra es clara. Sin susurros. Sin dudas. Completa. La palabra "mamá" no la repite, no hace falta. Su voz ya está despierta y exige que su mundo deje de tambalearse.
Me dejo caer de rodillas en el suelo del recibidor, sin importarme el agua ni el frío, y lo envuelvo en mis brazos, hundiendo el rostro en su cuellito. —Estoy aquí, mi amor. Estoy aquí. —Siempre —dice Emilio, aferrándose a mi cuello—. Siempre.
Ese siempre me rompe y me reconstruye en el mismo segundo. Levanto la mirada por encima del hombro del niño. Matteo sigue de pie en el umbral. No trae traje. No trae su armadura de hierro. No hay distancia, ni orgullo, ni paredes detrás de las cuales esconderse. Solo hay un hombre vulnerable, cansado, y con el corazón en la mano.
—¿Podemos hablar? —me pide. No es una orden de CEO. Es una súplica de un hombre aterrado de perderlo todo.
Dejo a Emilio en la sala con mi madre, quien le ofrece una toalla con una sonrisa comprensiva, y guío a Matteo hasta el pequeño balcón techado del apartamento. La lluvia sigue golpeando el cristal a nuestro alrededor, aislándonos del mundo.
Se queda frente a mí. El agua le resbala por la mandíbula tensa. —Fui un idiota —dice. Directo. Sin filtros corporativos.
Me cruzo de brazos para evitar el impulso de tocarlo. —No sabes hacer esto, Matteo. No sabes cómo quedarte en un lugar sin sentir que pierdes el control de la situación. —Y tú no sabes cómo amar sin querer poner reglas para protegerte —responde él. No hay ataque en su voz. Solo pura y cruda verdad. Asiento lentamente, porque tiene razón.
Él respira hondo, dando un paso hacia mí. —No puedo recuperarte en una sala de juntas, Olivia. Me di cuenta hoy. Y no quiero que esto siga siendo un maldito contrato. Mi pulso se acelera a un ritmo peligroso. —Entonces no lo llames así. Da otro paso. Estamos a centímetros. El calor de su cuerpo contrasta con el frío de la lluvia. —No quiero que te vayas cada vez que yo tenga miedo —susurra—. Voy a aprender a conquistarte como mereces. Todos los días si es necesario. —No quiero que me trates como algo temporal —le reclamo, con la voz temblando.
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Editado: 16.03.2026