Matteo
No recuerdo la última vez que crucé el lobby de Rossi Capital con una sonrisa que no fuera estrictamente estratégica. Hoy no es estratégica. Es doméstica. Es real.
Emilio camina entre Olivia y yo, sosteniendo nuestras manos con una fuerza nueva, como si temiera que el mármol del edificio pudiera tragarse a alguno de los dos. Llevamos puestas las camisetas azul marino debajo de nuestros abrigos de diseñador. No fue planeado; Emilio simplemente nos las entregó esta mañana antes de salir del apartamento de los padres de Olivia, y ninguno de los dos fue capaz de decirle que no. Es poco ortodoxo para Wall Street. Pero es inmensamente simbólico.
Los empleados intentan no mirar demasiado... pero miran. Los murmullos nos siguen hasta el ascensor privado. La prensa ya habló suficiente el fin de semana sobre "la crisis matrimonial", y ahora vernos llegar así descoloca a todos. Y por primera vez en mi vida, no me incomoda perder esa imagen de témpano de hielo. Me enorgullece.
Cuando las puertas del ascensor se abren en el piso catorce, la sonrisa se me borra un poco. Alejandro está de pie frente a mi despacho, acompañado por dos de los abogados principales de la firma. Su postura es defensiva, esperando la guerra que prometió por teléfono la noche de la tormenta.
—Alejandro —lo saludo, soltando la mano de Emilio para acercarme. Mi mejor amigo mira la camiseta azul debajo de mi abrigo, luego mira a su hermana, y finalmente se cruza de brazos. —Dije que traería los papeles para la disolución de la fusión y del matrimonio, Matteo. Y no estaba bromeando.
Olivia da un paso al frente, pero levanto una mano para detenerla. Esto me toca a mí. —Pasen a la oficina —ordeno, abriendo la pesada puerta de madera.
Emilio se instala de inmediato en el sofá de cuero con sus colores y su libreta, ajeno a la tensión nuclear de los adultos. Me quito el abrigo y me siento detrás del escritorio. Los abogados colocan una montaña de carpetas frente a mí. Acuerdos de separación de bienes. Cancelación de la fusión. El divorcio en papel. Todo lo que Alejandro exigió para proteger a su hermana de mi estupidez.
Tomo la pluma fuente de oro. —Matteo, espera... —murmura Olivia, acercándose con el ceño fruncido. —No voy a firmar la disolución de la fusión, Alejandro —digo, mirando a mi socio a los ojos—. Porque Mateus y Rossi son más fuertes juntos.
Alejandro aprieta la mandíbula. —No voy a dejar que mi hermana siga atada a un contrato que la está destruyendo. —Yo tampoco —respondo.
Y entonces, tomo el acuerdo prenupcial original. El que dictaba nuestra distancia, la división de bienes, las cláusulas de salida y la falta de exclusividad emocional. El muro de hielo legal que construí por cobardía. Lo rasgo por la mitad. Luego en cuatro partes. Y dejo caer los pedazos en la papelera de acero junto a mi escritorio.
Alejandro parpadea, descolocado. Los abogados ahogan un sonido de sorpresa. Olivia se queda sin respiración a mi lado.
—El contrato ya no existe —sentencio, mirando a mi esposa—. Las cláusulas de protección financiera quedan anuladas. Lo que es mío, es tuyo. Si algún día decides irte, te llevas la mitad de mi imperio. Pero te juro por mi vida, Alejandro, que voy a pasar cada maldito día de mi existencia asegurándome de que ella nunca quiera cruzar esa puerta. El silencio en la oficina es total. Me pongo de pie, rodeo el escritorio y me detengo frente a Olivia. Ignoro a su hermano. Ignoro a los abogados. —Te dije que iba a empezar de cero. Y que iba a conquistarte como se debe —murmuro, sacando del bolsillo de mi pantalón una pequeña caja de terciopelo. No es un anillo. Es una llave—. Es la llave de la casa en los Hamptons. Mandé a cambiar las cerraduras. Solo tú y yo la tenemos ahora. Quiero llevarte a cenar este viernes. A un lugar donde no haya prensa. Una cita real. La primera.
Los ojos oscuros de Olivia brillan, y una sonrisa genuina, deslumbrante, se dibuja en sus labios. Toma la llave, rozando mis dedos. —Acepto la cita, señor Rossi. Alejandro exhala un suspiro largo, pasándose la mano por el rostro. La tensión abandona sus hombros. —Estás loco, Matteo —murmura mi amigo, con una media sonrisa—. Señores, recojan sus papeles. Creo que el divorcio acaba de cancelarse.
Una hora después, el despacho está en calma. Alejandro y los abogados se fueron. Emilio sigue dibujando en el sofá y Olivia revisa unos informes sentada frente a mí. La observo un segundo más de lo necesario. Ya no es la mujer que llegó negociando cláusulas defensivas. Es la mujer que volvió porque quiso. Y es mía.
—Necesitamos hablar de algo importante —le digo, rompiendo el silencio. Levanta la vista. Atenta. Siempre atenta. —El jardín de Emilio. Su expresión cambia, volviéndose inmensamente suave. —¿Qué pasa con eso? —Tiene que empezar el próximo trimestre.
Ella asiente y, sorprendiéndome, abre su maletín y despliega tres carpetas sobre mi escritorio. —Ya estuve viendo opciones. —¿Estuviste? —no puedo ocultar mi sorpresa. —Claro. No voy a improvisar con su educación —dice, señalando los folletos—. Escuelas privadas pequeñas. Programas bilingües. Enfoques emocionales y artísticos. Necesita un entorno donde no lo presionen por haber tardado en hablar, pero que tampoco lo traten como si estuviera hecho de cristal.
La escucho hablar con tanta propiedad, con tanto amor por mi hijo, que el pecho se me expande hasta doler. —Quiero que visitemos los colegios juntos —añado, cubriendo su mano con la mía sobre los folletos. No es una imposición de CEO. Es la elección de un padre que por fin sabe compartir el peso. Ella sonríe apenas, entrelazando sus dedos con los míos. —Siempre fue la idea, Matteo.
El momento se rompe cuando el intercomunicador de mi teléfono parpadea en rojo y suena con insistencia. Mi asistente no suele interrumpir a menos que el edificio esté en llamas. Presiono el botón. —Señor Rossi, la junta directiva adelantó la reunión. Hay un problema crítico con la línea internacional. Alejandro lo espera en la sala de conferencias.
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Editado: 16.03.2026