Prohibida por Lealtad

Capítulo 13 | La llave, el océano y el control

Olivia

Dejar a Emilio con mis padres durante el fin de semana fue sorprendentemente fácil. O tal vez, el niño simplemente sabía que su padre y yo necesitábamos cruzar una línea de la que no se puede regresar.

El viaje en el Aston Martin de Matteo hacia los Hamptons dura poco más de dos horas. Atrás dejamos a Alejandro lidiando con la prensa y a Lemaire Group temblando por nuestra inyección de capital. Dejamos a la junta directiva, los trajes a medida y los números rojos.

Dentro del auto, el ambiente es espeso, oscuro y vibrante. Matteo conduce con una sola mano en el volante. Su otra mano descansa posesivamente sobre mi muslo izquierdo. No es un roce casual. Sus dedos largos aprietan ligeramente la tela de mi pantalón, un recordatorio constante de que estoy exactamente donde él quiere que esté.

—Estás muy callada, señora Rossi —murmura él, sin apartar los ojos de la carretera. Su voz es un ronroneo bajo que me hace vibrar el pecho. —Estoy intentando adivinar cuál es tu estrategia para esta noche —respondo, girando el rostro para mirarlo. El perfil de su mandíbula bajo la luz de los controles del auto es una obra de arte letal—. Prometiste una conquista. Soy una mujer de finanzas, Matteo. Me gustan los planes detallados.

Él suelta una risa corta y oscura, apretando mi muslo un poco más. —No hay estrategia corporativa esta noche, Olivia. Y te aseguro que no vas a tener que adivinar nada. Vas a saber exactamente lo que voy a hacer contigo desde el momento en que crucemos la puerta.

El estómago se me contrae. Trago saliva, sintiendo que el aire de repente no es suficiente.

Llegamos a la propiedad pasada la medianoche. La casa está construida de madera clara y inmensos ventanales, levantada directamente sobre las dunas. El sonido furioso del océano Atlántico lo envuelve todo.

Matteo apaga el motor. Baja del auto, me abre la puerta y, sin soltar mi mano, me guía hasta la entrada. Saca de su bolsillo la llave que me dio en la oficina. —Nadie del corporativo tiene acceso. No hay personal —susurra contra mi sien mientras gira el cerrojo—. Estamos completamente solos en un radio de dos kilómetros.

El interior está a media luz. Hay una chimenea de piedra ya encendida en el centro del inmenso salón rústico. Una mesa baja tiene servida una tabla de quesos y una botella de nuestro vino tinto favorito, ya descorchada. Matteo suelta mi mano un segundo para caminar hacia el sistema de sonido inteligente. Un par de toques en la pantalla y, de pronto, la voz suave, profunda y neo-soul de Olivia Dean inunda el salón, mezclándose perfectamente con el rugido del mar afuera. La atmósfera se vuelve íntima, cálida, abrumadora.

—¿Planeaste esto mientras destruíamos a Lemaire en la sala de juntas? —pregunto, asombrada. Matteo camina de regreso hacia mí. Toma mi abrigo por detrás, deslizándolo por mis hombros hasta que cae al suelo. —Llevo planeando esto desde el primer día que entraste a mi oficina para exigir las condiciones de tu contrato, Olivia —confiesa. Sus manos recorren mis brazos desnudos, dejándome un rastro de fuego en la piel—. Me volví loco intentando ser el maldito CEO frío que necesitabas que fuera.

Me giro lentamente. Se ha quitado la chaqueta. Solo lleva la camisa negra, con el cuello desabotonado. Su mirada ya no tiene barreras. No hay orgullo. Solo hay un deseo puro, territorial y devastador.

—Ya no hay contrato, Matteo —susurro, dando un paso hasta que mi pecho roza el suyo—. Ya no tienes que mantener la distancia. —No pienso hacerlo jamás —responde.

Su mano viaja a mi nuca, enredando sus dedos con firmeza en mi cabello, y me besa. No es un beso de reconciliación. Es un reclamo de propiedad. Sus labios toman los míos con una autoridad absoluta, abriendo mi boca, saboreándome con una urgencia que me hace soltar un gemido ahogado. Me aferro a los bordes de su camisa, sintiendo el calor de su piel latir a través de la tela.

Me empuja retrocediendo a ciegas por el pasillo de madera, sin romper el beso, hasta que mi espalda choca contra la pared fría junto a la puerta de la habitación principal. —Mírame —ordena, separándose un milímetro, con la respiración agitada. Abro los ojos. Sus pupilas están dilatadas, oscuras como el océano de afuera. —En esa sala de juntas... eres una maldita diosa, Olivia. Verte arrinconar a esos cobardes fue el mayor espectáculo de mi vida —su voz baja de volumen, volviéndose más oscura, más dominante—. Eres la jefa. Tomas el mando y pones las reglas.

Suelta mi cabello y apoya ambas manos en la pared, a cada lado de mi cabeza, enjaulándome por completo. —Pero aquí... —susurra, rozando su nariz con la mía—. Aquí el control lo tengo yo. ¿Entendido?

Un escalofrío de pura excitación me recorre de pies a cabeza. Siempre he sido la mujer que resuelve todo, la que toma las riendas. Pero frente a Matteo, la idea de rendirme por completo es el mayor alivio del mundo. Confío en él con mi vida.

—Entendido —susurro, entregándole las llaves de mi voluntad. La sonrisa que curva sus labios es letal.

—Levanta los brazos —me pide suavemente. Obedezco. Con una lentitud que es pura tortura, él sujeta el dobladillo de mi blusa y la levanta, pasándola por mi cabeza y tirándola a un lado. El aire frío de la casa choca contra mi piel caliente. Sus ojos bajan lentamente, escrutando cada centímetro de mí, devorándome visualmente antes siquiera de tocarme.

Con un movimiento fluido, abre la puerta de la habitación y me guía hacia el interior. La pared entera es de cristal, dejando ver las olas rompiendo bajo la luz de la luna. La cama es un mar inmenso de sábanas blancas.

Matteo me empuja suavemente hasta que el borde del colchón choca contra mis rodillas y caigo sentada. Él se queda de pie frente a mí, desabotonándose la camisa. Sus movimientos son precisos, sin prisa. Su torso desnudo es un mapa de músculos tensos y sombras.

Se arrodilla en el suelo frente a mí, apartando mis rodillas. Sus manos grandes y calientes sujetan mis muslos. —No te muevas —murmura, su aliento chocando contra mi piel desnuda. Besa la parte interna de mi rodilla, subiendo lentamente. Siento que me derrito bajo su atención. Con agilidad, desabrocha el botón de mi pantalón y lo desliza por mis piernas, dejándome vulnerable, expuesta y temblando bajo su mirada.




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