Prohibida por Lealtad

Capítulo 14 | Cinco años y un fin de semana

Matteo

El fin de semana en los Hamptons no fue un escape. Fue un exorcismo.

Durante cuarenta y ocho horas, el mundo corporativo dejó de existir. No hubo teléfonos sonando, no hubo pantallas con gráficos de la bolsa, ni sombras de Lemaire Group acechando en las esquinas. Solo fuimos nosotros dos y el rugido del océano Atlántico.

Nos encerramos en esa casa de madera y cristal para recuperar todo el tiempo que perdimos peleando. Desayunamos tarde, enredados en las sábanas blancas. Caminamos descalzos por la playa fría, con el viento golpeándonos el rostro mientras ella se reía a carcajadas cuando las olas nos alcanzaban. Cocinamos juntos, manchando la encimera de harina y vino, y la hice mía en cada maldito rincón de esa casa, adorándola hasta dejarla sin aliento, solo para recordarle a quién le pertenece ahora.

Fueron dos días espectaculares. Un paraíso privado. Pero es domingo por la tarde, y el cielo de Nueva York nos está llamando de vuelta a la realidad.

Estoy sentado en el sofá del salón, frente a la chimenea ya apagada. Olivia está de pie junto al ventanal, mirando el mar. Lleva puesta una de mis camisas blancas, que le queda inmensa, y sostiene una taza de café humeante. La luz del atardecer le ilumina el rostro, y me doy cuenta de que podría pasar el resto de mi vida mirándola en silencio y nunca sería suficiente.

—¿En qué piensas? —le pregunto, rompiendo la quietud.

Ella gira la cabeza. Me regala esa sonrisa suave y despeinada que ahora es solo mía. —En que mañana volvemos a la guerra —murmura, dándole un sorbo al café—. Y en que, por primera vez, no tengo miedo de entrar a esa oficina.

Me levanto del sofá y camino hacia ella. Le quito la taza de las manos con cuidado, la dejo en la pequeña mesa auxiliar y la rodeo por la cintura, pegando su espalda a mi pecho. Hundo la nariz en su cuello, aspirando su olor. —No tienes que tener miedo, Olivia. Te lo dije. Voy a arrasar con cualquiera que intente tocar lo que es nuestro.

Ella suspira, recargando la cabeza en mi hombro. Sus dedos acarician mis brazos cruzados sobre su estómago. —Ojalá me hubieras mirado así hace cinco años, Matteo.

La frase no es un reclamo. Es un murmullo nostálgico. Pero me atraviesa el pecho como un cuchillo de hielo. Hace cinco años. Ella tenía diecinueve. Yo veintinueve. La noche de su cumpleaños, en el jardín de la casa de sus padres. Recuerdo su vestido azul. Recuerdo la forma en que me miró, reuniendo todo el valor del mundo para decirme lo que sentía. Y recuerdo cómo la destrocé. Cómo la rechacé con una frialdad calculada, tratándola como a una niña confundida, y alejándome de su vida al día siguiente.

Giro su cuerpo entre mis brazos para que me mire de frente. Sus ojos oscuros me observan, un poco sorprendidos por mi cambio de postura.

—Te miraba exactamente así hace cinco años, Olivia —confieso, mi voz volviéndose ronca. Ella frunce el ceño, negando lentamente con la cabeza. —No, Matteo. Me miraste como si fuera un error. Como si yo fuera invisible.

—Nunca fuiste invisible —la corto, tomando su rostro entre mis manos—. Jamás.

Trago saliva. He guardado este secreto durante tanto tiempo que decirlo en voz alta casi se siente irreal. —¿Crees que te alejé porque no te deseaba? —suelto una risa amarga—. Me estaba volviendo loco por ti. Pero eras la hermana menor de Alejandro. Mi mejor amigo. El único hombre en este puto mundo que no me dio la espalda cuando estaba construyendo mi imperio. Tocar a su hermana pequeña era la traición más asquerosa que podía cometer. Estaba prohibido por lealtad.

Los ojos de Olivia se abren, cristalizándose al escuchar la verdad. —Me rompiste el corazón por lealtad a mi hermano... —susurra, uniendo las piezas.

—Y me rompí el mío en el proceso —admito, acariciando sus pómulos con mis pulgares—. Pero no me alejé, Olivia. No realmente. Te he vigilado cada maldito día durante estos cinco años.

Ella parpadea, sin dar crédito a mis palabras. —¿Qué? —Sé que te graduaste con honores. Sé que en tu maestría destrozaste a los profesores en los debates financieros —le digo, sintiendo la urgencia de vaciarlo todo—. Supe cuando saliste con ese idiota de recursos humanos de la competencia, y supe cuando terminaron porque él no podía seguir tu ritmo. Lo sabía todo. Siempre he estado en la sombra, asegurándome de que estuvieras bien. Porque te he añorado más de lo que he añorado respirar.

Olivia se lleva las manos a la boca, intentando contener un sollozo. —Matteo... ¿cinco años?

Asiento, apoyando mi frente contra la suya. —Por eso, cuando Alejandro me llamó desesperado porque Mateus Holdings estaba a punto de hundirse... no lo vi como un negocio. Lo vi como el mayor golpe de suerte de mi vida. Vi la fusión como mi única excusa para por fin tenerte cerca. Para tenerte conmigo legalmente sin traicionar a tu hermano.

—Pero cuando llegué a firmar... fuiste tan frío —me reclama suavemente, las lágrimas mojando mis pulgares. —Porque Alejandro me encerró en mi oficina un día antes de que llegaras —confieso, cerrando los ojos ante el recuerdo del miedo que me paralizó—. Me tiró el borrador del contrato en la mesa y me dijo: "No la toques, Matteo. Esto es estrictamente un negocio. Júrame que no vas a lastimarla." Abro los ojos y me encuentro con los suyos. —Me aterró, Olivia. Me aterró que Alejandro se diera cuenta de lo que yo sentía. Me aterró enamorarme de ti y que luego decidieras irte, dejándome sin ti y sin mi único amigo. Me llené de pánico. Por eso me escondí detrás de ese estúpido contrato. Por eso levanté ese muro de hielo.

La atraigo hacia mi pecho, abrazándola con tanta fuerza que temo lastimarla, pero ella se aferra a mí con la misma intensidad, rodeando mi cuello. —Fui un cobarde —le susurro en el cabello—. Fui un imbécil que prefirió fingir ser un bloque de hielo antes que admitir que una mujer de veinticuatro años lo tenía de rodillas.




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