Prohibida por Lealtad

Capítulo 15 | El ex, la prensa y el contraataque

Matteo

El primer error en el mundo de las altas finanzas es subestimar al enemigo. El segundo, y el más letal, es creer que cuando te atacan, el golpe siempre será financiero. A veces, los cobardes disparan a lo personal.

Es lunes por la mañana. El idilio perfecto, salado y sudoroso de los Hamptons ha quedado a dos horas de distancia. Apenas me estoy sentando detrás de mi escritorio en Rossi Capital, con el sabor del café y el recuerdo de Olivia aún en la boca, cuando la puerta de mi despacho se abre de golpe.

Mi asistente entra sin llamar. Tiene el rostro más pálido y tenso que le he visto en cinco años. No trae balances, trae un iPad. —Señor Rossi, necesita ver esto de inmediato. Está en todos los portales de noticias financieras y de espectáculos.

Me tiende la pantalla. Le doy al botón de reproducir. El video muestra un set de televisión matutino. Frente a las cámaras está un tipo de traje gris, peinado impecable y una sonrisa arrogante, de esas que ensayan frente al espejo. El rótulo en la parte inferior de la pantalla reza: "Francisco Montalvo, nuevo Director Estratégico de Lemaire Group, rompe el silencio sobre la fusión Rossi-Mateus".

Mi mandíbula se endurece al instante. La sangre me empieza a latir con fuerza en las sienes. Francisco. El nombre me resulta familiar. Y no por una junta de negocios. Por historia. Olivia lo mencionó una sola vez hace meses. Breve. Superficial. Pasado. Un exnovio de la universidad que no pudo seguir su ritmo.

No sabía que ese pedazo de basura del pasado ahora tenía un cargo ejecutivo en la maldita empresa francesa que intenta devorarnos.

En el video, el entrevistador se inclina hacia adelante. "Señor Montalvo, las acciones de Lemaire están subiendo tras el anuncio de la posible adquisición de Mateus Holdings. ¿Cree que el reciente matrimonio del CEO de Rossi Capital con la heredera de Mateus sea un obstáculo?"

Francisco suelta una risa condescendiente, acomodándose los puños de la camisa. "Para nada. Conozco a Olivia. Muy bien, de hecho. Estuvimos juntos bastante tiempo", dice, remarcando la palabra 'juntos' con un tono insinuante que me hace hervir la sangre. "Ella siempre fue una mujer... apasionada. Lamento mucho que haya tenido que casarse tan rápido y de forma tan fría. Supongo que algunos contratos corporativos ofrecen una estabilidad financiera que el amor verdadero no da. Es una lástima que Rossi la esté usando como un escudo humano para salvar su fusión."

Contrato. Escudo. Usando. Lo dice con una ironía venenosa. Insinúa. Provoca. Intenta dejarla a ella como una víctima comprada y a mí como un tirano calculador.

El iPad cruje bajo la presión de mis dedos. El fuego me sube por el pecho, quemando toda la racionalidad que me caracteriza. En este preciso instante, no me importa Lemaire, no me importan las acciones, solo quiero encontrar a ese imbécil, agarrarlo del cuello del traje y destrozarle la sonrisa a golpes frente a las cámaras.

—Preparen una respuesta inmediata —ordeno, mi voz es un gruñido bajo y gutural que hace retroceder a mi asistente—. Llama al equipo de contención. —Señor, ya están especulando en Twitter y en The Wall Street Journal que la fusión es un fraude para encubrir la bancarrota de los Mateus.

Perfecto. Una emboscada perfecta. Lo que los franceses no pudieron destruir con cifras reales, lo están intentando destruir ensuciando su nombre y nuestra reputación.

La puerta de mi oficina se abre de nuevo. Es Olivia. Lleva un traje de diseñador rojo sangre, el cabello recogido en una coleta alta y unos tacones de aguja que suenan como martillazos contra el mármol. Ya lo vio. Se nota a kilómetros. Pero no hay sorpresa en su rostro. No hay lágrimas. No hay pánico. Solo hay una determinación absolutamente letal.

Le hago una seña a mi asistente para que nos deje solos. En cuanto la puerta se cierra, me levanto y rodeo el escritorio, incapaz de quedarme quieto. —Fue él —dice Olivia, soltando su maletín sobre mi mesa. No lo pregunta. Lo confirma. —Está en Lemaire desde hace seis meses —gruño, acercándome a ella, sintiendo que la rabia me irradia por los poros—. Y ahora usa el hecho de que se metió en tu cama hace años para debilitar nuestra empresa en público.

Silencio. Ella me sostiene la mirada sin titubear. Y por primera vez desde que la conozco, mis celos no son los protagonistas. Son secundarios. Lo principal es la intención asquerosa de ese hombre. —¿Sabías que estaba trabajando para los franceses? —le pregunto, mi voz tensa. —No —responde, firme, sin bajar la mirada—. Si lo hubiera sabido, te lo habría dicho ayer mismo. No te habría dejado caminar ciego hacia esta trampa.

Quiero creerlo. Mierda, claro que lo creo. Confío en ella con mi vida. Pero eso no elimina la rabia posesiva que me está destrozando por dentro. —Ese imbécil de traje barato está insinuando a nivel nacional que nuestro matrimonio fue por pura conveniencia financiera. —Lo fue, Matteo —responde ella con una calma aterradora—. Al inicio.

Eso me golpea. Pero no por celos. Por un orgullo feroz. Acorto el milímetro de distancia que nos separa. La tomo por la cintura, pegándola a mi cuerpo con una fuerza territorial que ya no me molesto en esconder. —Ya no lo es —le advierto, mi aliento chocando contra sus labios—. Eres mi mujer. Y voy a hacer que ese infeliz se trague sus palabras junto con sus malditas acciones. Ella levanta las manos, apoyándolas en mi pecho, sintiendo mi corazón desbocado. —Entonces demuéstralo, Matteo. No es un desafío romántico. Es pura estrategia de guerra.

Afuera, los teléfonos no dejan de sonar. La prensa comienza a acumularse en el lobby del edificio como buitres. Emilio está en la oficina contigua, dibujando tranquilo con la niñera que contratamos. No quiero que escuche nada de esto. No quiero que la toxicidad del mundo exterior vuelva a romper su burbuja.




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