Prohibida por Lealtad

Capítulo 17 | La jugada maestra de Emilio Rossi Mateus

Olivia

El ataque legal de los abogados de Lemaire Group llegó exactamente a las ocho de la mañana, como un misil teledirigido hacia la línea de flotación de nuestra empresa.

Francisco no solo había filtrado las fotos. Había presentado una demanda formal ante los reguladores del mercado alegando "conflicto de intereses, fraude de fusión y manipulación emocional con fines corporativos". Manipulación emocional. Leí esa frase tres veces en la pantalla de mi tableta. Era tan retorcida, tan cínica, que me dio náuseas.

En el despacho principal, Matteo estaba furioso. Era una pantera enjaulada caminando de un lado a otro sobre la alfombra persa. Su equipo de abogados iba y venía, sudando frío. Las acciones en la bolsa de Nueva York comenzaron a fluctuar con la apertura del mercado. Otra vez. Otra maldita tormenta diseñada para asfixiarnos.

—Esto es un chiste jurídico. Es completamente absurdo —murmuró Matteo, aflojándose el nudo de la corbata con violencia—. No tienen un solo documento que respalde esta basura. —Lo sé —respondí, cruzada de brazos, recargada en su escritorio—. Pero lo absurdo vende titulares. Y la duda es lo único que necesitan para que los accionistas entren en pánico.

A las once de la mañana, convocamos una conferencia de prensa en el auditorio principal de Rossi Capital para responder oficialmente al ataque legal. Nada de improvisaciones esta vez. Todo estaba fríamente calculado. Documentación lista. Respaldo contable. Transparencia absoluta.

Emilio estaba en la oficina contigua con su niñera, rodeado de juguetes y con la puerta cerrada. No debía estar cerca. No debía ver las luces de las cámaras ni escuchar los gritos de los reporteros.

Pero el destino, y la genética de los Rossi, tienen un sentido del humor muy extraño.

La conferencia comenzó puntual. Matteo tomó el micrófono primero. Calmo. Preciso. Impecable. El depredador en su hábitat natural. —Las acusaciones presentadas esta mañana carecen de cualquier fundamento jurídico y serán tratadas como lo que son: un intento patético y desesperado por afectar la estabilidad de dos empresas sólidas que no cederán ante extorsiones —sentenció, con una voz que hizo eco en las paredes de cristal.

Luego me cedió la palabra. Respiré profundo, mirando el mar de lentes apuntándome directamente a la cara. —Mi vida personal no es un instrumento de mercado. Mi matrimonio no es un recurso financiero, y cualquier insinuación en ese sentido será enfrentada en los tribunales con todo el peso de la ley.

Hubo aplausos discretos de nuestros directivos. Las preguntas de los periodistas fluían controladas. Todo iba exactamente según el plan. Hasta que un reportero de un tabloide sensacionalista, de esos que buscan sangre y no cifras, se puso de pie en la segunda fila.

—Señora Rossi, hablan mucho de alianzas y finanzas, pero, ¿qué opina el menor involucrado en todo este circo mediático? Porque al final del día, ustedes se casaron de la noche a la mañana, y hay un niño pequeño atrapado en medio de esta... transacción emocional.

El aire del auditorio se volvió pesado. Venenoso. Matteo se tensó a mi lado, sus manos agarrando el borde del podio con la clara intención de bajar y destrozar la cámara de ese hombre. Yo apreté los dientes, preparándome para fulminarlo con mi respuesta.

Pero entonces, escuché un sonido a mis espaldas. Pequeños pasos sobre la tarima de madera.

Giré la cabeza. Y el corazón se me detuvo. Era Emilio. Se había escapado de la niñera. Llevaba puesta su camiseta azul marino con el cohete plateado en el pecho, y sostenía firmemente en su manita el dibujo que había hecho días atrás. El de las tres figuras tomadas de la mano.

—Emilio, cariño... —susurré, completamente sorprendida, soltando el micrófono para ir hacia él—. Ven aquí.

Pero él no vino hacia mí. Con una determinación que me dejó sin aliento, mi hijo de cuatro años caminó directo hacia el atril del micrófono auxiliar que estaba al costado del escenario, el que usaban los abogados de la empresa.

La sala entera se quedó en un silencio sepulcral. Los periodistas bajaron las cámaras, desconcertados. Matteo reaccionó primero, dando un paso largo. —Emilio, no...

Pero el niño ya estaba de pie frente al micrófono, empinándose un poco en las puntas de sus tenis para alcanzarlo. Pequeño. Serio. Increíblemente valiente. —Yo quiero decir algo.

Su voz aguda resonó por todos los altavoces de la sala. No tembló. No dudó. El que tembló fue mi corazón. El jefe de seguridad intentó intervenir rápidamente para sacarlo, pero Matteo levantó una mano, frenándolo en seco. Déjenlo.

Emilio respiró hondo. Miró a la masa de prensa, a esos adultos que llevaban días escribiendo mentiras sobre nosotros, como si los estuviera evaluando. Y, con la claridad letal de alguien que dice la verdad absoluta, empezó a hablar.

—Ese señor feo de la tele es un mentiroso —anunció Emilio, frunciendo el ceño—. Dijo que mi mami está aquí por un contrato. Los contratos son unos papeles aburridos que mi papá lee en su oficina. Y mi mami no es un papel.

Un jadeo colectivo recorrió la sala de prensa. Yo me tapé la boca con ambas manos, sintiendo que las lágrimas me quemaban los ojos.

—Mi mami es la mejor de todas —continuó Emilio, su vocecita llenando el espacio—. Ella no me obligó a quererla, ni me dio regalos para que hablara. Ella hace galletas y se quedó a dormir conmigo cuando tuve mucho miedo. Sus ojitos oscuros buscaron los míos entre las luces. —Yo la elegí primero.

La garganta se me cerró por completo. —Y mi papá también la quiere mucho —añadió Emilio, girando la cabeza hacia Matteo, revelando los secretos mejor guardados del gran CEO—. Antes él siempre estaba enojado y triste. Ahora ya no. Ahora me carga y vamos al parque de los columpios grandes.

Matteo se quedó petrificado, con los ojos brillantes, incapaz de articular palabra frente a la defensa de su propio hijo.




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