Prohibida por Lealtad

Capítulo 18 | El futuro, el cohete y la paz

Olivia

El jardín infantil olía a pintura nueva, a crayones de cera y a plastilina dulce. Emilio sostenía mi mano mientras caminábamos por el pasillo principal, pero su agarre ya no era de miedo, ni de ansiedad. Era pura emoción contenida. Daba pequeños saltitos con sus tenis blancos nuevos.

—¿Seguro que te gusta el color azul? —le pregunté, señalando el pequeño y elegante uniforme que llevaba puesto. Asintió enérgicamente, con los ojos brillando. —Como el cohete, mamá.

A mi lado, Matteo se agachó frente a él. Le ajustó el cuello de la pequeña camisa por tercera vez consecutiva, con una seriedad corporativa completamente innecesaria para dejar a un niño de preescolar. —Escucha, campeón —le dijo Matteo, frunciendo apenas el ceño—. No tienes que conquistar el lugar el primer día. Evalúa el terreno. Haz amigos, pero no dejes que nadie te quite tus crayones.

Emilio rodó los ojos. Un gesto idéntico al mío. Mini Rossi. Yo me incliné, apartando las manos perfeccionistas de su padre. —Solo sé tú, mi amor. Pásala bien.

Emilio nos miró a los dos. Su pequeña mochila espacial colgaba de sus hombros. —Juntos —dijo. No era una pregunta asustada como hace unos meses. Era una afirmación absoluta. Una orden. Matteo y yo intercambiamos una sonrisa pequeña y cómplice. —Siempre —respondimos al mismo tiempo.

Han pasado seis meses desde la explosión con Lemaire Group y la rueda de prensa. Medio año. La rutina comenzó a asentarse sobre nosotros no como una carga, sino como un refugio. Yo pasé a trabajar oficialmente a tiempo completo en Rossi Capital, mudando mi centro de operaciones al piso catorce. Mateus Holdings quedó bajo mi supervisión remota, con Alejandro operando el día a día. No fue un sacrificio. Fue pura evolución.

El equilibrio entre nosotros ya no era una copa de cristal a punto de romperse. Era una decisión de hierro.

Llegamos juntos cada mañana después de dejar a Emilio en el colegio. A veces, Matteo cambia sus reuniones de las tres de la tarde solo para ir a recogerlo él mismo. Otras veces voy yo. Y los viernes, los dos aparecemos en la puerta de salida, y Emilio corre hacia nosotros contándonos mil historias a mil por hora, como si sobrevivir al recreo hubiera sido una misión de la NASA cumplida. Mi hijo no solo volvió a hablar. Ahora no hay quien lo calle. Y es la música más hermosa del mundo.

Una tarde de martes, estaba concentrada revisando una propuesta de expansión cuando la puerta de mi oficina se abrió sin previo aviso. Matteo. Se había quitado el saco, traía las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y sostenía dos elegantes recipientes térmicos negros en la mano.

—Interrupción estratégica —anunció, cerrando la puerta con el pie. Lo miré, sorprendida, quitándome los lentes de lectura. —¿Qué es eso? —Almuerzo.

Lo dejó sobre mi escritorio, apartando mis carpetas millonarias como si fueran servilletas, con la misma seriedad de una entrega corporativa. —Matteo, estoy llena de trabajo. No tenías que hacerlo. Se encogió de hombros, rodeó el escritorio y giró mi silla para quedar frente a él. —Quería.

Abrió el recipiente. El vapor subió, revelando pasta con salsa ligera, tomates secos y albahaca. Exactamente como me gusta. —¿Cuándo aprendiste a cocinar esto? —pregunté, riendo. —No lo hice. Pero supervisé al chef ejecutivo del edificio de enfrente hasta volverlo loco —confesó, entregándome un tenedor—. No me gusta que comas cualquier cosa fría por estar trabajando demasiado.

La simpleza de la frase, la atención al detalle, me derritió por completo. Mucho más que cualquier declaración dramática bajo la lluvia. —Señor Rossi, ¿está siendo doméstico en medio de Wall Street? Él se inclinó hacia mí, apoyando las manos en los reposabrazos de mi silla, acorralándome con su calor. —Señora Rossi, estoy siendo constante.

Y eso... eso fue muchísimo más profundo. Le di un beso rápido que terminó alargándose hasta que la pasta casi se enfría.

Fue en ese mismo almuerzo cuando me dio la noticia. Mientras el mundo seguía girando, el caso contra Francisco había avanzado en las sombras. Matteo y yo decidimos no hacer una guerra mediática ruidosa. Los Rossi no gritamos; ejecutamos. Fue una cacería técnica. Precisa. Letal.

—Terminó —dijo Matteo, limpiándose los labios con una servilleta. Levanté la vista. —¿Cómo? —Los abogados llamaron hace diez minutos. Acuerdo extrajudicial. Lemaire lo removió de su cargo directivo esta misma mañana —Matteo sonrió, una sonrisa fría y satisfecha—. Habrá una sanción económica que lo dejará temblando, y la comisión le impuso una prohibición absoluta de ejercer funciones financieras o directivas por los próximos cinco años.

Cinco años. No hubo prisión. No hubo un escándalo de tabloides con fotos esposado. Pero en nuestro mundo, eso era una sentencia de muerte. Reputación rota. Exilio corporativo. Justicia más que suficiente.

Respiré profundo, recostándome en mi silla. No sentí deseos de celebrar con champán. No sentí sed de venganza. Sentí cierre. La última puerta del pasado por fin tenía llave. —Gracias, Matteo —murmuré. Él negó suavemente, extendiendo la mano para acariciar mi mejilla. —No lo hice por ti, Olivia. Levanté una ceja, curiosa. —Lo hicimos juntos —me corrigió—. Fue tu investigación la que lo hundió. Yo solo firmé los cheques de los abogados.

Ahí estaba la inmensa diferencia. Ya no era el caballero rescatando a la damisela. Éramos los reyes protegiendo el castillo.

El fin de semana llegó con un caos que el antiguo Matteo Rossi jamás habría permitido en su penthouse: el cumpleaños número cinco de Emilio.

El salón de mármol estaba irreconocible. Había globos con forma de planetas, un sistema solar colgando del techo y al menos quince niños corriendo en calcetines por todas partes. Emilio estaba en el centro del huracán. Llevaba una capa de superhéroe azul y lideraba una expedición hacia la mesa de dulces. Era sociable, ruidoso, mandón y absolutamente brillante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.