Prohibida por Lealtad

Capítulo 19 | Mulan, el hermano y la promesa

Matteo

Nunca en mi vida pensé que reorganizar un apartamento pudiera darme más terror que liderar una adquisición internacional hostil.

Pero aquí estoy. De pie en medio del inmenso salón principal del penthouse, con las manos en las caderas, mirando las paredes de mi propia casa como si fueran un rompecabezas que no sé cómo armar. Paredes demasiado blancas. Demasiado vacías. Demasiado antiguas en su frialdad. Este lugar fue diseñado por arquitectos premiados para intimidar a cualquiera que cruzara el umbral. Fue diseñado para exhibir poder. No para abrazar.

Y ahora... ahora lo único que quiero es que este lugar abrace a mi familia en cuanto la puerta del ascensor se abra.

La idea de la transformación empezó de forma muy simple. Un sábado por la mañana, Emilio llegó del jardín infantil sosteniendo un nuevo dibujo en sus manos manchadas de pintura. Eran tres figuras. Trazos fuertes. Azul. Siempre usando su maldito color azul marino. —¿Dónde lo ponemos, campeón? —le preguntó Olivia, arrodillándose a su altura. Yo miré la pared principal de la sala. El centro absoluto del penthouse. Allí colgaba una pieza de arte abstracto carísima, una inversión de medio millón de dólares que no significaba absolutamente nada para mí. Impersonal. Vacía.

Caminé hacia la pared, descolgué el cuadro pesado y lo apoyé en el suelo sin el menor cuidado. —Aquí —respondí. Olivia parpadeó, poniéndose de pie. Me miró como si hubiera perdido la cabeza. —Matteo... ¿Ahí? Ese cuadro vale más que un auto deportivo. Asentí, tomando un poco de cinta adhesiva y pegando el papel de Emilio exactamente en el centro del muro de mármol. Me crucé de brazos, admirando la obra maestra de mi hijo. —Este vale infinitamente más —sentencié.

Y por primera vez, no me importó.

Una semana después, la casa ya no parecía un maldito museo de arte contemporáneo. Parecía un hogar. El olor a químicos de limpieza caros había sido reemplazado por el aroma cálido a vainilla y madera de unas velas que Olivia había encendido por todos lados. En las mesas auxiliares, el acero y el cristal le abrieron paso a marcos negros, minimalistas pero llenos de vida.

Fotos de Emilio riendo a carcajadas en el parque de los columpios. Olivia con una mancha de pintura azul en la mejilla, mirándome con adoración. Los tres frente al espejo de la tienda, usando nuestras chaquetas del cohete. Incluso mandé a imprimir y enmarcar una fotografía muy específica a gran escala. La del día de la conferencia de prensa. El momento exacto en que nos arrodillamos en la tarima y nos fundimos en un abrazo con nuestro hijo. La coloqué en el pasillo principal. No para que la prensa la viera. La coloqué ahí por pura y maldita memoria. Para no olvidar nunca por lo que luchamos.

Pero la verdadera razón detrás de toda esta redecoración no era el diseño de interiores. Eran los nervios. Unos nervios asfixiantes que me estaban comiendo vivo.

Porque, aunque legalmente ya gané, aunque destrozamos a Lemaire y nuestras empresas son intocables... yo quería algo más. Ya no quería un contrato. Ya no quería una firma fría en la oficina de un notario que olía a encina vieja. Ya no quería un "matrimonio civil por conveniencia estratégica". Quería un matrimonio real. Católico. Una promesa irrompible frente a un altar. Y aceptar que yo, Matteo Rossi, quería ser un maldito romántico, sí que me asustaba.

Necesitaba hablarlo, así que salí esa misma noche con Alejandro. —Última noche de chicos antes de que te vuelvas completamente blando —dijo él con ironía cuando lo llamé.

Nos sentamos en un bar oscuro y discreto en Tribeca, lejos de los flashes de la prensa financiera. Él pidió un whisky doble; yo me quedé mirando mi vaso de agua mineral con limón, perdido en mis pensamientos.

—¿Qué hiciste ahora, Matteo? —preguntó Alejandro, apoyando los codos en la mesa. —Nada. Me miró con ese escepticismo de hermano mayor que no se traga ni media mentira mía. —Esa cara no es de "nada". Esa es la misma cara que pusiste cuando perdimos diez millones en Asia hace tres años. Habla.

Suspiré, pasándome una mano por el cabello. —Quiero casarme con ella. Silencio. Alejandro le dio un sorbo lento a su whisky, mirándome como si fuera un caso clínico. —Ya estás casado con ella, genio. Fui tu testigo, ¿lo olvidas?

Negué con la cabeza, apretando la mandíbula. —No así, Alejandro. No en una oficina. No por un acuerdo de mierda para salvar acciones. Alejandro se recostó en la silla de cuero. Su expresión cambió por completo. La ironía desapareció, dejando paso a una seriedad cortante. Ya no me hablaba el socio minoritario de la fusión. Me hablaba el hermano de Olivia.

—¿Iglesia? —preguntó, bajando la voz. Asentí. —Católico. Promesa real. Vestido blanco, rosas, Emilio llevando los anillos. Sin estrategias. Sin cláusulas de salida. Alejandro no sonrió. Cruzó los brazos sobre su pecho. —Matteo, las cosas están perfectas ahora. La prensa los ama, el mercado está en la cima, ella está feliz y mi sobrino por fin tiene paz. ¿Por qué arriesgarse a mover el tablero? ¿Para qué hacer un circo de algo que ya es seguro? ¿Por culpa o por ego?

Sus palabras fueron un balde de agua fría, pero las entendí. Lo miré directo a los ojos, sin dudar un milímetro. —Porque me pasé cinco años en la maldita sombra, Alejandro. Cinco años añorando poder tomarle la mano en público sin traicionarte. Me convencí a mí mismo de que el romanticismo era una debilidad para idiotas, pero ella lo vale todo. Olivia se merece el cuento de hadas que le robé cuando la obligué a firmar ese papel.

Alejandro sostuvo mi mirada. Me estaba evaluando, buscando cualquier rastro de duda o de cálculo financiero en mis palabras. —¿La amas, Matteo? —Daría mi vida entera por ella mañana mismo si fuera necesario. Sí. —¿Le vas a dar estabilidad real, sin jugar al terror del abandono nunca más? —Sí. —¿Vas a dejar de tratar el amor como si fuera una inversión de altísimo riesgo que debes controlar?




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