Prohibida por Lealtad

Capítulo 20 | El jardín, el zafiro y la promesa

Olivia

Cuando Matteo me envió un mensaje a media tarde diciéndome que tenía “algo importante” que mostrarme en casa y que cancelara mi última reunión, pensé que se trataba de otra reorganización del apartamento. Tal vez otra pared cubierta de fotos. Otro dibujo de Emilio enmarcado y colgado en el pasillo principal como si fuera una obra de arte moderno invaluable.

No imaginé velas. No imaginé un silencio tan reverencial. Y definitivamente, no imaginé que el hombre que controla imperios financieros y hace temblar a las juntas directivas estuviera nervioso.

Pero lo estaba. Lo supe en el maldito segundo en que las puertas del ascensor privado se abrieron.

El inmenso salón del penthouse estaba diferente. No era una decoración exagerada ni teatral; no había cientos de rosas rojas cliché ni un cuarteto de cuerdas. Era algo infinitamente más personal. Íntimo. Las luces principales estaban apagadas, dejando que el espacio se iluminara solo por decenas de lámparas cálidas y velas esparcidas por el suelo de mármol.

Pero lo que me robó el aliento fue el aroma. Olía a jazmines y tierra húmeda. Había traído macetas enteras de enredaderas y flores blancas, colocándolas estratégicamente cerca de los ventanales. Había recreado el jardín de la casa de mis padres. El lugar exacto donde nos conocimos hace cinco años.

Caminé a pasos lentos, dejando mi bolso en la entrada. La pared central, donde antes colgaba ese cuadro abstracto de medio millón de dólares que tanto odiaba, ahora estaba llena de marcos negros. Eran fotos nuestras. Nuestra verdadera historia, en orden cronológico. La primera vez que fuimos al parque y Emilio se subió al columpio. El primer día de jardín con el uniforme azul. La foto clandestina de la conferencia de prensa donde nos abrazamos en el suelo. Y, en el centro de todas, una foto borrosa y perfecta de Emilio y yo dormidos en el sofá con la manta azul, viendo Mulan.

—Matteo… —susurré, sintiendo que un nudo gigante se instalaba en mi garganta.

Él estaba de pie junto al inmenso ventanal que daba a la ciudad de Nueva York. Sin traje. Sin corbata. Llevaba unos pantalones oscuros y una camisa blanca impecable con las mangas arremangadas hasta los antebrazos. Estaba despeinado. Se veía mil veces más humano que CEO. Se veía vulnerable.

—Ven —me pidió, con la voz ronca.

Caminé hacia él, mis tacones resonando suavemente en el silencio. Mi corazón empezó a latir a un ritmo completamente distinto. No era miedo, ni adrenalina corporativa. Era algo inmensamente más profundo y permanente.

—Ya tuvimos lo mediático —dijo en voz baja cuando me detuve frente a él. Sus ojos oscuros devoraban mi rostro—. Ya tuvimos los flashes, las ruedas de prensa, los titulares escandalosos, los contratos notariados y los comunicados de crisis. Asentí lentamente, sintiendo mis ojos humedecerse. —Ya nos hicimos famosos sin querer.

Él sonrió apenas, levantando una mano para acariciar mi mejilla con una delicadeza que me estremeció. —No quiero que esto sea otro evento para la galería, Olivia. No quiero fotógrafos ni testigos. Quiero que sea única y exclusivamente nuestro.

El aire entre los dos se volvió denso. Cargado de cinco años de espera. —Olivia... —respiró hondo, y pude ver cómo el pulso le latía con fuerza en la base del cuello—. Cuando te obligué a firmar aquel contrato en mi oficina, me convencí de que solo estaba salvando una empresa. Creí que estaba blindando mi mundo.

Se acercó un paso más, tomando mis dos manos entre las suyas, entrelazando nuestros dedos. —No sabía que estaba encontrando mi hogar.

Mi garganta se cerró por completo. —Cuando Emilio gritó "mamá" en medio de nuestra pelea... entendí que ya no había estrategia que valiera. Entendí que me habías salvado la vida.

Y entonces, lo hizo. Se arrodilló. Literalmente. Matteo Rossi, el hombre más temido e implacable de Wall Street, el lobo de las finanzas que jamás agachaba la cabeza ante nadie, estaba arrodillado en el centro de nuestra sala, mirándome hacia arriba con una devoción absoluta.

—Me enamoré de ti hace cinco años en un jardín igual a este —continuó, su voz vibrando con emoción—. Y fui un cobarde al alejarme. Pero la vida me dio una segunda oportunidad. Y verte entrar a mi casa, ver cómo no saliste corriendo ante el desastre de mi vida, ver cómo tomaste a mi hijo roto y lo amaste sin pedir nada a cambio... me destruyó y me reconstruyó.

Apreté sus manos, mis lágrimas cayendo libremente. Era el hombre del que me había enamorado a los diecinueve, sí. Pero lo amaba un millón de veces más ahora, por el hombre en el que se había convertido. Por haber asumido la responsabilidad de criar a su hijo solo, por haber luchado contra sus propios demonios para darnos una familia.

—No quiero seguir llamándote mi esposa por culpa de un papel civil —murmuró Matteo, soltando una de mis manos para buscar en su bolsillo. Sacó una pequeña caja de terciopelo azul marino. No era una caja ostentosa del tamaño de una manzana. Era elegante. Clásica. Discreta.

—Quiero que camines hacia mí por el pasillo de una iglesia. Quiero que prometamos delante de Dios y del mundo lo que tú y yo ya vivimos aquí todos los malditos días. Mis ojos ardían, nublándome la vista. —Quiero casarme contigo de verdad, Olivia.

La voz le tembló apenas en la última sílaba. Y ese mínimo quiebre en su armadura fue lo que terminó de romperme a mí.

—Sin prensa. Sin cámaras. Sin putos comunicados —prometió, abriendo la caja.

El anillo era completamente distinto al diamante frío y gigantesco que me había dado en la oficina del notario. Era una banda de platino delicada, con un diamante central de corte antiguo, pero lo que me robó el aliento estaba en los laterales. Tenía dos pequeños zafiros azules incrustados en el metal.

—Por el cohete de Emilio —susurró él, leyendo mi mirada—. Porque somos los tres.




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