Matteo
Despertar sin el ruido del tráfico de Nueva York ni las notificaciones de la bolsa de valores es una sensación que había olvidado. El sonido del océano Índico golpeando suavemente los pilares de nuestra villa sobre el agua en las Maldivas es lo único que se escucha. Abro los ojos. La cama es inmensa, blanca y está revuelta. Y está vacía.
Me incorporo, frotándome el rostro. Llevamos tres días aquí, y juro por Dios que me siento diez años más joven. El peso del imperio Rossi se quedó a miles de kilómetros. Aquí, solo soy un hombre completa y absolutamente obsesionado con su esposa.
Me levanto y camino hacia la terraza de madera que da directo al mar turquesa. Y ahí está ella. Apoyada en la baranda de cristal, mirando el horizonte. Lleva puesto un bikini negro. Y cuando digo bikini, me refiero a dos pedazos de tela minúsculos que desafían toda la física y que no dejan absolutamente nada a la imaginación.
La sangre me hierve en las venas en un milisegundo. Me detengo en seco, admirando la curva de su espalda y sus piernas largas, cuando el sonido del motor de un pequeño yate de turistas rompe el silencio, pasando a unos cien metros de nuestra villa. Veo a dos idiotas en la cubierta del barco señalando hacia nuestra terraza. Hacia ella.
Mi instinto territorial, ese que supuestamente había domado, se dispara como un misil. Salgo a la terraza a grandes zancadas. Tomo una toalla blanca de las tumbonas y, antes de que Olivia pueda girarse, se la envuelvo por los hombros, cubriéndola por completo, y la atraigo bruscamente contra mi pecho.
—¡Matteo! —grita ella, sorprendida y riendo, mientras la envuelvo como a un burrito—. ¿Qué haces? —Evitando un homicidio internacional —gruño, clavando una mirada asesina a los turistas del yate hasta que desaparecen de mi vista—. ¿Qué demonios es eso que traes puesto, Olivia? Ella se asoma por encima de la toalla, arqueando una ceja con esa actitud altiva que me vuelve loco.
—Se llama traje de baño, neandertal. Estamos en las Maldivas.
—Eso no es un traje de baño. Es una provocación. Y no vas a salir de esta villa con eso puesto a menos que quieras que le arranque los ojos a todo el resort. Ella suelta una carcajada, echando la cabeza hacia atrás. —No tienes ningún derecho a reclamarme, señor Rossi. Sobre todo después del espectáculo que diste tú ayer en el club de playa. Frunzo el ceño.
—Yo no di ningún espectáculo.
—¿Ah, no? —me reta, pinchándome el pecho desnudo con el dedo índice—. Caminaste desde el bar hasta la tumbona con ese short azul marino que te queda criminalmente ajustado. Tenías a tres francesas y a dos italianas babeando, literalmente a punto de pedirte el número de habitación. ¡Te desnudaron con los ojos!
Suelto una risa grave y ronca, sintiendo cómo el ego se me infla de una forma ridícula. Me encanta verla celosa. Me fascina saber que la mujer más brillante que conozco pierde los estribos por mí.
—Soy un hombre casado —murmuro, acercándola más por la cintura, dejando caer la toalla de sus hombros para que su piel desnuda choque con la mía—. Y solo tengo ojos para la mujer que me hizo firmar un contrato hace diez meses.
Olivia suspira, enredando sus brazos en mi cuello, rindiéndose a mi cercanía.
—Te odio cuando te pones territorial. —Mentira.Te encanta.
La beso, perdiéndonos el uno en el otro bajo el sol abrasador, con el sonido del mar de fondo. Aquí no hay prensa, no hay cámaras, no hay Alejandro vigilando. Solo nosotros, riendo como dos adolescentes y amándonos con la intensidad de dos adultos que por fin encontraron su paz.
Olivia
La cena en la playa privada es todo lo que cualquier revista de bodas podría soñar. Antorchas, la arena fría bajo nuestros pies descalzos y un cielo tan lleno de estrellas que parece irreal.
Matteo me sirve más vino blanco. Está relajado, bronceado, con una camisa de lino abierta que deja ver su pecho. Se ve tan libre, tan diferente al hombre tenso que conocí, que a veces me cuesta creer que es mío.
—He estado pensando —dice él, apoyando los codos en la mesa, mirándome con esa intensidad que me derrite—. En Nueva York siempre estamos corriendo. Apagando incendios. Peleando por fusiones y contratos.
—Es nuestro mundo, Matteo.
—Lo es. Pero quiero saber qué hay más allá del corporativo para ti. Le doy un sorbo a mi copa, sorprendida. —¿A qué te refieres?
—A tus pasiones reales, Olivia —me toma la mano por encima de la mesa—. Eres un genio financiero, sí. Pero antes de tener que salvar a tu familia, ¿qué querías hacer? ¿Qué te apasiona de verdad, en secreto, cuando nadie te ve?
El corazón me da un vuelco. Es un secreto que no le he confesado a nadie, ni siquiera a Alejandro. Trago saliva, sintiéndome vulnerable.
—Siempre he querido escribir —confieso en un susurro, bajando la mirada. Matteo no se ríe. No juzga. Me acaricia los nudillos.
—¿Escribir? ¿Qué tipo de cosas? —Libros —levanto la vista, con una sonrisa tímida—. Novelas. Crear mundos. Tengo un par de ideas guardadas en mi computadora desde hace años. Historias donde la lealtad, los riesgos y las traiciones lo son todo. A veces escribo en mis tiempos libres. Me ayuda a escapar del estrés.
Los ojos de Matteo brillan con una admiración absoluta.
—Mi esposa es una escritora encubierta —dice, con una sonrisa inmensa—. Me encanta. Cuando volvamos a Nueva York, quiero que bloquees dos horas de tu agenda diaria. Solo para escribir. Sin llamadas, sin Lemaire Group, sin excusas. Tienes que publicar eso.
—Matteo, es solo un pasatiempo...
—Las mujeres como tú no tienen pasatiempos, Olivia. Tienen imperios por conquistar. Si quieres escribir, vas a ser la mejor. Y yo voy a ser el primero en comprar tu libro.
Me echo a reír, sintiendo que el alma se me llena de luz. —Si vamos a hablar del futuro... —aprovecho la oportunidad, tomando mi bolso que descansa en la silla—. También he estado pensando en Emilio.
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Editado: 16.03.2026