Prohibida por Lealtad

Capítulo 24 | Limones, secretos y el apellido Mateus

Olivia

La costa de Amalfi huele a sal, a limones frescos y a tiempo detenido. El trayecto desde el aeropuerto de Nápoles hasta la villa familiar que los Rossi alquilaron fue un borrón de curvas sobre acantilados y aguas turquesas. Matteo sostuvo mi mano todo el camino, con la impaciencia de un león que lleva demasiados días lejos de su cachorro.

Cuando por fin cruzamos los inmensos portones de hierro de la propiedad, no dejamos que el chofer anunciara nuestra llegada. Caminamos por los jardines en silencio, guiándonos por el sonido de unas risas infantiles que venían desde la terraza principal.

Ahí estaba él. Emilio llevaba unos pequeños pantalones cortos de lino, los pies descalzos y estaba completamente cubierto de tierra intentando atrapar algo en el pasto mientras mi madre lo animaba desde una silla de mimbre.

Matteo soltó mi mano, incapaz de contenerse un segundo más.
—¿Esa es la forma en que un comandante protege el perímetro? —preguntó en voz alta, cruzándose de brazos con una sonrisa inmensa.

Emilio se congeló. Giró su cabecita tan rápido que casi pierde el equilibrio. Sus ojos oscuros se abrieron de par en par, brillando como dos lunas llenas.
—¡Papá! ¡Mamá!

El grito rebotó en las paredes de piedra de la villa. Emilio corrió a toda velocidad por el césped, lanzándose directo a los brazos de Matteo, quien lo atrapó en el aire y lo apretó contra su pecho, hundiendo el rostro en sus rizos desordenados. Yo me uní al abrazo un segundo después, besando sus mejillas sucias de tierra. El aire volvió a mis pulmones. Mi familia estaba completa.

El alboroto hizo que el resto saliera a la terraza. Mis padres, los padres de Matteo y Alejandro. Hubo abrazos, exclamaciones de sorpresa por ver a los "fugitivos de la luna de miel" y copas de limoncello servidas a destiempo.

Emilio, aún en los brazos de su padre, nos miró a los dos con una sonrisa pícara, mostrando sus pequeños dientes. —Si vinieron por mí, significa que ahora nos quedamos una semana más todos juntos aquí, ¿verdad?

Todos estallaron en risas.
—Eres un negociador implacable, enano —dijo Alejandro, revolviéndole el cabello a su sobrino—. Tienes a tus padres comiendo de la palma de tu mano. Matteo me miró, y la complicidad en sus ojos me confirmó que, efectivamente, si Emilio quería una semana más en Italia, yo misma compraría la maldita villa.

La cena de esa noche fue ruidosa, caótica y perfecta. Una mezcla de italiano y español cruzando la larga mesa de madera bajo una enredadera de flores blancas. La tensión corporativa no existía aquí.

Cuando sirvieron el postre, Matteo buscó mi mano por debajo de la mesa y entrelazó sus dedos con los míos. Me dio un leve apretón. Es el momento. Me puse de pie lentamente, tomando mi copa de vino. El tintineo del cristal hizo que todos guardaran silencio.

—Familia —comencé, sintiendo que el corazón me latía con fuerza, pero con una seguridad absoluta—. El viaje a las Maldivas fue increíble, pero decidimos acortarlo porque había algo que no podíamos esperar para decirles. Un papel que no podía esperar para ser firmado.

Matteo se levantó a mi lado, apoyando una mano firme y orgullosa en mi cintura baja.
—Como saben, destrozamos el contrato original —dijo él, su voz grave resonando en la terraza—. Pero Olivia redactó uno nuevo. Uno definitivo.

Las madres contuvieron el aliento. Saqué la carpeta de manila que había viajado conmigo desde Nueva York y la puse sobre la mesa.
—Inicié los trámites de adopción legal la semana pasada. Todo está aprobado por Matteo y en proceso acelerado con los jueces —miré a mi hijo, que estaba sentado junto a mi padre, comiendo helado con los ojos muy abiertos—. Emilio ya no solo tiene mi corazón. Ahora también tiene la ley de su lado. A partir del próximo mes, será oficialmente Emilio Rossi Mateus.

El estallido emocional fue instantáneo. Mi madre rompió a llorar, llevándose las manos al rostro. La madre de Matteo se levantó de un salto para abrazarme, derramando lágrimas de pura gratitud. Mi padre levantó su copa, con el pecho inflado de orgullo, y el padre de Matteo palmeó la espalda de su hijo con una sonrisa que no le cabía en el rostro. Era celebración pura. Era amor.

Pero mis ojos buscaron a Alejandro. Mi hermano, mi ancla durante tantos años, no estaba sonriendo. Su rostro había perdido todo el color. La copa de vino que sostenía temblaba ligeramente antes de que la dejara con un golpe seco sobre la madera. Miró a Matteo con una furia helada, y luego me miró a mí con una mezcla de pánico e incredulidad.

Se puso de pie bruscamente, haciendo rechinar la silla contra las baldosas de piedra.
—Olivia. Un momento. Adentro. Ahora.

El tono no fue una petición. Fue una orden tajante que congeló las sonrisas de la mesa. Matteo se tensó a mi lado, su instinto protector saltando de inmediato. Hizo ademán de avanzar hacia Alejandro, pero le puse una mano en el pecho.
—Estoy bien —le murmuré, mirándolo a los ojos—. Déjame hablar con él. Dale unos minutos. Matteo apretó la mandíbula, pero asintió a regañadientes, quedándose junto a Emilio.

Seguí a Alejandro hasta la inmensa biblioteca de la villa. Apenas cerré las pesadas puertas de caoba, él se giró hacia mí como un huracán.

—¿Estás completamente demente, Olivia? —siseó, pasándose ambas manos por el cabello—. ¿Adopción legal? ¿Darle el apellido Mateus? Me crucé de brazos, levantando la barbilla. No iba a permitir que me intimidara.
—Es mi hijo, Alejandro. Lo amo. Y él me ama a mí. ¿Cuál es el maldito problema? Deberías estar feliz por nosotros.

—¡El problema es que no tienes idea de lo que estás haciendo! —gritó en un susurro desesperado, acortando la distancia—. ¿Tú crees que la historia de Emilio es un cuento de hadas trágico? ¿Crees que su madre biológica simplemente lo dejó en una canasta en la puerta de Matteo por arte de magia?




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