Olivia
La puerta de nuestra suite en la villa se cerró con un clic que sonó como un disparo en el silencio de la noche italiana. Matteo caminó hasta el centro de la inmensa habitación. Se quitó el saco y lo arrojó sobre un sillón con una violencia contenida. Su pecho subía y bajaba con rapidez. Se pasó ambas manos por el cabello, tirando de las hebras oscuras, dándome la espalda.
Me quedé apoyada contra la puerta, mirándolo.
—Alejandro me dijo que la historia de Emilio no es la que me contaste —rompí el hielo, mi voz sonando firme pero suave—. Dijo que su madre no simplemente los abandonó. Dijo que era alguien peligroso. Que darle mi apellido nos ponía en la mira de un pasado que llevas cinco años intentando enterrar.
Matteo se quedó completamente congelado. La tensión en su espalda era tan densa que parecía a punto de quebrarse. Lentamente, se giró hacia mí. Y lo que vi en su rostro me destrozó. El gran CEO, el hombre de acero que no temblaba ante nadie, tenía los ojos rojos y una expresión de puro terror. No terror por él. Terror por mí. Terror a que yo lo mirara con asco o con miedo.
—Fui un estúpido —murmuró, su voz ronca y rota—. Solo fue una maldita noche, Olivia. Meses antes de conocerte. Meses antes de aquel cumpleaños en el jardín de tus padres. Yo era joven, arrogante, y me metí con quien no debía. Ella... ella estaba involucrada con gente muy oscura. Dinero sucio. Mafias de las que no se habla en Wall Street.
Matteo dio un paso tembloroso hacia mí, pero se detuvo, como si no se sintiera digno de acercarse.
—Un día, casi un año después de esa noche, ella apareció en la puerta de mi apartamento. Estaba aterrorizada, golpeada, y traía un bulto envuelto en mantas. Era Emilio. Tenía apenas unas semanas de nacido.
Se le quebró la voz. Cerró los ojos con fuerza, reviviendo la pesadilla.
—Me lo entregó y me dijo que si se quedaba con ella, lo iban a matar. Que yo era su única oportunidad. Y desapareció.
—Matteo... —susurré, sintiendo que las lágrimas me quemaban los ojos.
—Tuve que pagar millones, Olivia —continuó, abriendo los ojos, mirándome con una desesperación absoluta—. Tuve que contratar mercenarios, limpiar rastros, borrar identidades y sobornar a medio mundo para asegurarme de que nadie del pasado de esa mujer supiera que el niño estaba conmigo. Tuve que construir Rossi Capital no solo como un negocio, sino como una maldita fortaleza inexpugnable para que nadie pudiera tocar a mi hijo.
Me tapé la boca con ambas manos, entendiendo por fin el peso titánico que este hombre había cargado sobre sus hombros en completa soledad.
—Yo no elegí ser padre, Olivia. Me tocó —confesó, con una vulnerabilidad que me partió el alma—. Me aterrorizaba sostenerlo. Sentía que lo iba a romper. Y en medio de ese infierno, de ese pánico absoluto por mantenerlo con vida y levantar un imperio de la nada... llegaste tú.
Caminó un paso más, cayendo de rodillas frente a mí en la alfombra de la habitación, exactamente como lo había hecho para pedirme matrimonio, pero esta vez estaba derrotado.
—Aquella noche en el jardín, cuando me dijiste que me amabas... me moría por ti. Pero ¿cómo iba a aceptarte? ¿Cómo iba a cortejar a la hermana pequeña de mi mejor amigo, la luz de los Mateus, cuando mi vida era un maldito caos peligroso? Las lágrimas comenzaron a rodar por el rostro de Matteo.
—Me sentía tan insuficiente para ti, Olivia. Estaba sucio, roto, y tenía un bebé escondido por el que temía todos los días. Eras demasiado pura, demasiado perfecta. Tenía que alejarte para protegerte. Y me odié cada segundo por hacerlo.
Caí de rodillas al instante, frente a él. Le tomé el rostro entre mis manos, limpiando sus lágrimas con mis pulgares, sintiendo que mi propio corazón latía por los dos.
—Mírame —le exigí, con voz suave pero inquebrantable—. Mírame, Matteo Rossi.
Él levantó la mirada, con los ojos anegados, esperando mi juicio.
—¿Alguna vez, en medio de todo ese miedo y ese caos... llegaste a dudar de que Emilio fuera realmente tu hijo? —le pregunté, necesitando saberlo todo.
La tristeza en los ojos de Matteo fue reemplazada por un fuego feroz. Una certeza absoluta, animal y paternal.
—No. Jamás —respondió, apretando mis muñecas con firmeza—. No necesité ninguna prueba. Lo vi a los ojos y supe que era mi sangre. Siempre ha sido mío. Y ahora... ahora también es tuyo. Ese niño es mi vida entera, Olivia. Es el único heredero de mi imperio.
Sonreí a través de mis lágrimas, acercando mi rostro al suyo hasta que nuestras frentes se tocaron.
—Del mío también será el heredero —le aseguré, mi voz cargada de una devoción absoluta—. Emilio es un Mateus. Y tú... tú eres el hombre más extraordinario que he conocido en mi vida. No eras insuficiente, Matteo. Eras un héroe intentando salvar a tu hijo.
Él sollozó, un sonido sordo y ahogado, y escondió su rostro en mi cuello, abrazándome como si yo fuera el único aire en la habitación.
—Te amo, Matteo —le susurré al oído, acariciando su cabello oscuro con desesperación—. Te amo con todo mi maldito ser. No hay pasado, ni mafia, ni secreto que me vaya a alejar de ustedes.
Nos quedamos en el suelo durante mucho rato, abrazados, llorando y sanando heridas de hace cinco años. La verdad por fin estaba expuesta bajo la luz, y en lugar de destruirnos, nos había soldado para siempre.
Matteo
Cuando dejé a Olivia dormida en nuestra cama, exhausta por la intensidad de las emociones, salí de la suite. Mi pecho ya no tenía el peso del secreto, pero en mis venas corría una furia helada y punzante. Una decepción que me quemaba las entrañas.
Caminé por los pasillos silenciosos de la villa italiana hasta llegar a la terraza de piedra que daba al acantilado. Alejandro estaba ahí. Sentado en una de las sillas de hierro forjado, fumando un cigarrillo en la oscuridad, con una copa de whisky a medio terminar sobre la mesa.
#1756 en Novela romántica
matrimonio por conveniencia amor romance, romance odio pasión intencidad drama, ceo cruel
Editado: 16.03.2026