Prohibida por Lealtad

Capítulo 27 | El soltero cotizado, el tobogán y el refugio

Olivia

El aterrizaje en el aeropuerto JFK de Nueva York no fue discreto. Nunca lo es cuando los Rossi y los Mateus viajan juntos.

Cuando bajamos de los jets privados, los paparazzis ya estaban aglomerados detrás de las vallas de seguridad de la terminal ejecutiva. Pero esta vez, las cámaras no buscaban grietas ni escándalos. Buscaban la confirmación visual del rumor que había incendiado los foros financieros durante toda la semana: la familia estaba más unida que nunca.

Caminamos por la pista como un frente de guerra impenetrable. Mis padres conversando animadamente con los padres de Matteo. Yo sostenía la mano derecha de Emilio, y Matteo sostenía la izquierda. Los flashes estallaron. "¿Es cierto que el niño ya lleva el apellido Mateus legalmente?", gritó un reportero a lo lejos. Matteo no respondió, pero me miró por encima de la cabeza de nuestro hijo y me dedicó una sonrisa cargada de un orgullo arrogante y descarado. La respuesta era un rotundo sí. El imperio Rossi-Mateus ya no era solo una fusión de acciones; era sangre y ley.

Y justo detrás de nosotros, caminando con esa soltura de playboy millonario, venía Alejandro. Desde que Matteo se casó y dejó el mercado, la prensa había coronado a mi hermano como "El soltero más cotizado de Nueva York". Alejandro, por supuesto, estaba disfrutando cada segundo de su nuevo título. Les guiñó un ojo a las cámaras, ajustándose las gafas de sol oscuras, desatando suspiros y titulares inmediatos.

Pero la luna de miel y las vacaciones italianas terminaron. La realidad de Wall Street nos estaba esperando.

Dos días después de nuestra llegada, Rossi Capital era un hervidero. Yo estaba sentada en mi oficina en el piso catorce, sepultada bajo una montaña de carpetas de expansión, reportes de la caída en bolsa de Lemaire Group y correos urgentes. Llevaba toda la mañana trabajando sin parar, y para colmo, Matteo había desaparecido. Su asistente solo me dijo que el señor Rossi tenía "asuntos logísticos fuera de la oficina".

Estaba a punto de perder la cabeza revisando las proyecciones de Asia cuando la puerta de mi despacho se abrió de golpe.

—¡Mami! ¡Adivina qué!

Emilio entró corriendo, soltando su pequeña mochila del colegio en el sofá de cuero. Su uniforme azul estaba un poco arrugado, pero su rostro brillaba de emoción. Lo seguía su niñera, que me sonrió desde la puerta antes de retirarse discretamente.

—¡Hola, mi amor! —exclamé, dejando el bolígrafo y girando mi silla para recibirlo con los brazos abiertos—. ¿Cómo te fue en el jardín?

Emilio se trepó a mis piernas, abrazándome por el cuello.
—¡Increíble! Hoy construimos una torre gigante de bloques. Y adivina qué, hice un amigo nuevo. Se llama Leo. Le presté mi crayón azul para pintar su cohete porque él solo tenía rojo, y el rojo no sirve para el espacio, mamá, todo el mundo sabe que en el espacio hace frío. ¡Y la maestra dijo que mi dibujo era el más rápido de todos!

Lo escuchaba hablar sin parar, uniendo frases, contando detalles, expresando todo lo que sentía. El pecho se me infló de una felicidad indescriptible. Atrás había quedado el niño silencioso y aterrorizado que escribía en una pizarra magnética. Mi hijo era hablador, brillante, sociable y, sobre todo, inmensamente feliz.

Estaba a punto de preguntarle más sobre Leo cuando la puerta volvió a abrirse. Ahí estaba él.

Matteo Rossi, apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos de su pantalón a la medida. Llevaba la camisa desabotonada en el cuello, sin corbata, y tenía esa sonrisa en los labios. Esa sonrisa genuina, relajada y devastadoramente hermosa que ahora le salía de forma natural cada vez que nos veía. Ya no era la sonrisa afilada del CEO; era la sonrisa del hombre que lo tenía todo.

—¿Dónde te metiste toda la mañana, Matteo? —le reclamé, fingiendo molestia, aunque mi corazón se aceleró solo con verlo—. Casi le declaro la guerra financiera a los japoneses yo sola. Me estoy volviendo loca sin tu ayuda en la reestructuración.

Matteo soltó una carcajada ronca, caminando hacia nosotros.
—Sé que puedes dominar el mercado asiático antes del almuerzo, señora Rossi, así que no estaba preocupado —se inclinó, dándome un beso profundo que me dejó sin aliento, para luego revolverle el cabello a Emilio—. Hola, comandante. ¿Listo para una misión secreta?

Emilio abrió mucho los ojos.
—¿Misión secreta? ¿A dónde vamos?
—Tomen sus cosas —ordenó Matteo, agarrando mi abrigo del perchero y ayudándome a levantarme—. Cancelen sus agendas por el resto del día. Nos vamos de aquí.

—Matteo, tengo tres reuniones... —intenté protestar.
—Yo soy el socio mayoritario y acabo de cancelarlas —me guiñó un ojo con esa actitud posesiva que secretamente me fascina—. Confía en mí.

Bajamos al estacionamiento subterráneo. Esta vez no había chofer. Matteo condujo su Range Rover negra en dirección a las afueras de la ciudad, alejándose del ruido y del caos de Manhattan.

Durante el trayecto, mantuve la intriga, pero cuando vi que tomábamos la ruta hacia la zona residencial exclusiva de los lagos, recordé la conversación en las Maldivas. La casa. La sorpresa que me había confesado en la playa, pero que le había ocultado a Emilio para que ambos la viéramos terminada al mismo tiempo.

El auto se detuvo frente a unas imponentes rejas de hierro negro que se abrieron silenciosamente. Entramos a una propiedad inmensa, rodeada de árboles centenarios. Al fondo, una casa espectacular de arquitectura moderna combinada con piedra natural, ventanales de piso a techo y un jardín que parecía no tener fin.

Emilio tenía la nariz pegada al cristal de la ventana.
—¡Guau! ¿De quién es esta casa, papá?

Matteo apagó el motor, se giró hacia nosotros y sonrió.
—Es nuestra. Bienvenidos a casa.

Emilio soltó un grito de pura emoción y salió disparado del auto en cuanto le quité el cinturón. Matteo me ofreció su mano, y cuando la tomé, me la llevó a los labios, besando mis nudillos.
—¿Lista para verla por dentro? —susurró. —Si es la mitad de hermosa que tú sonriendo así, me mudo hoy mismo.




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