Olivia
Organizarle una fiesta sorpresa a un hombre que está acostumbrado a controlarlo todo y a anticipar los movimientos del mercado mundial no fue una tarea fácil. Pero yo no era cualquier mujer; yo era la mente maestra detrás de la fusión Rossi-Mateus.
Para su trigésimo cuarto cumpleaños, Matteo no quería un evento de gala en un hotel de cinco estrellas con la prensa acechando. Quería su casa. Quería a su familia. Quería paz. Y eso fue exactamente lo que le di, con un toque del estilo inconfundible de nuestras familias.
El jardín y la sala principal de la nueva casa estaban decorados con globos en tonos azul marino y plata. La comida fue preparada por su chef italiano favorito, que hice volar exclusivamente desde Roma, y la música de fondo era un jazz suave que se mezclaba con los ladridos torpes de Apolo, el cachorro Border Collie que corría persiguiendo a Emilio por todo el pasto.
Matteo estaba radiante. Vestía unos pantalones de lino oscuro y una camisa blanca arremangada, sosteniendo una copa de vino tinto mientras conversaba con mi padre. Lo observé desde la isla de la cocina. Nunca en mi vida lo había visto sonreír tanto. Esa sonrisa genuina, relajada y deslumbrante que ahora le salía de forma natural, sin filtros corporativos. Se veía inmensamente feliz.
Después de la cena, nos reunimos todos en el inmenso salón alrededor de la chimenea encendida para el momento de los regalos.
—¡Yo primero! ¡Yo primero! —gritó Emilio, abriéndose paso entre los adultos. Apolo venía pisándole los talones. Mi hijo arrastraba una caja gigante envuelta en papel plateado brillante, casi tan alta como él. Matteo dejó su copa en la mesa y se arrodilló para recibir a su pequeño comandante.
—A ver, ¿qué tenemos aquí? —preguntó Matteo, fingiendo sorpresa mientras rasgaba el papel bajo la mirada atenta del niño. Cuando el cartón quedó al descubierto, los ojos de Matteo se abrieron de par en par, y luego soltó una carcajada ronca. Era la caja de la edición de coleccionista más grande del cohete Saturno V de la NASA de Lego, con casi dos mil piezas.
—Mis abuelos me ayudaron a pagarlo con su tarjeta negra—confesó Emilio, encogiéndose de hombros con una honestidad brutal que nos hizo reír a todos—, pero yo lo escogí, papá. Y yo te voy a ayudar a armarlo, porque sé que a ti a veces se te pierden las piezas pequeñas.
—Es el mejor regalo del mundo, comandante —respondió Matteo, atrayéndolo para un abrazo apretado y dándole un beso sonoro en la mejilla—. Empezaremos a construirlo esta misma noche.
—Mi turno —anunció Alejandro, dando un paso al frente con su típica sonrisa de playboy arrogante—. Como sé que mi cuñado ya lo tiene casi todo en la vida, incluyendo a la mujer más brillante del planeta, decidí irme por lo clásico... y lo necesario.
Le entregó una pesada caja de madera tallada. Matteo la abrió. En un compartimento de terciopelo descansaba una botella de Château Cheval Blanc de 1982, un vino que costaba lo mismo que un auto deportivo de lujo.
—Alejandro, esto es una reliquia —murmuró Matteo, genuinamente impresionado.
—Sigue buscando en el fondo de la caja, Rossi —lo interrumpió mi hermano con una sonrisa maliciosa.
Matteo frunció el ceño y sacó un bulto envuelto en papel burbuja. Al desenvolverlo, levantó una enorme taza de cerámica blanca. Tenía letras negras estampadas que decían: "Sobreviví a la furia de Alejandro Mateus, y todo lo que conseguí fue esta estúpida taza... y a su hermana." La sala entera estalló en carcajadas. Matteo negó con la cabeza, riendo a mandíbula batiente, y levantó la taza a modo de brindis.
—La usaré todas las mañanas en las juntas de la empresa, tenlo por seguro.
Los padres de Matteo se acercaron después. Mi suegra, Eleonora, le dio un abrazo que duró varios segundos, seguido de una pequeña caja de terciopelo. Era un reloj Patek Philippe de edición exclusivísima. Pero lo que hizo tragar saliva a Matteo fue la inscripción grabada en la parte trasera de la esfera: "Para nuestro mayor orgullo. Feliz cumpleaños, hijo." Él se levantó y abrazó a sus padres con una gratitud que me humedeció los ojos. Las heridas del pasado con su familia estaban completamente sanadas.
Finalmente, mis padres se pusieron de pie. Mi padre, Arturo Mateus, se acercó a Matteo con las manos en los bolsillos del pantalón. No traía cajas gigantes ni botellas de miles de dólares. Solo sacó un pequeño estuche de cuero negro y se lo tendió.
Matteo lo tomó, intrigado, y lo abrió. Adentro descansaba una llave plateada, antigua, con el logo de un caballo encabritado.
—Afuera, en tu entrada circular, está estacionado un Aston Martin DB5 clásico de 1964, restaurado a la perfección con piezas originales —dijo mi padre, con la mayor tranquilidad del mundo, como si acabara de regalarle una corbata.
El silencio en la sala fue sísmico. Matteo, un hombre que podía comprarse diez concesionarias de autos de lujo si quería, se quedó con la boca abierta, completamente en shock.
—Arturo... esto es... esto es demasiado. Es una pieza de museo invaluable. No puedo aceptar esto. Mi madre, siempre elegante, se acercó y le puso una mano en el brazo.
—Tonterías, Matteo —lo regañó mi madre con dulzura—. Nosotros siempre, siempre vamos a consentir a nuestros hijos. Y tú eres uno de los nuestros.
La frase golpeó a Matteo con una fuerza abrumadora. "Nuestros hijos". Vi cómo la nuez de su garganta subía y bajaba. El huérfano emocional que había construido un muro de hielo a su alrededor por fin entendía que tenía una familia inmensa que lo respaldaba a ciegas. Apretó la llave en su mano y abrazó a mi padre con fuerza, uniendo a los dos patriarcas de nuestro imperio.
Cuando la conmoción pasó, Matteo giró el rostro hacia mí. Me escaneó de pies a cabeza con una sonrisa lobuna y levantó una ceja.
—Y mi hermosa esposa, la mente maestra que organizó todo esto... ¿no tiene un regalo para mí?
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Editado: 16.03.2026