Olivia
El domingo por la noche, mientras Matteo terminaba de revisar unos correos en el despacho, Emilio y yo nos quedamos en su habitación espacial. Estábamos sentados en la alfombra lunar, construyendo la base del cohete de Lego que le habían regalado a su padre.
—¿Crees que a Luciana le gusten los legos? —me preguntó Emilio de repente, encajando una pieza blanca con absoluta concentración. Sonreí, acariciando su cabello oscuro.
—No lo sé, mi amor. Tal vez le gusten los legos, o tal vez prefiera pintar. Pero estoy segura de que le va a encantar todo lo que su hermano mayor le enseñe.
Emilio asintió, dándome la razón con esa seriedad tan suya. —Le voy a enseñar a armar naves, mamá. Y le voy a prestar a Apolo los fines de semana. Pero solo un ratito, porque Apolo se cansa. Y le voy a decir a papá que no la regañe si rompe algo, porque ella no va a saber cómo funcionan las cosas en esta casa todavía. Yo voy a ser un gran hermano mayor.
El pecho se me llenó de una ternura infinita. Lo abracé, besando su mejilla. —Vas a ser el mejor hermano mayor del universo, comandante. De eso no tengo ninguna duda.
La paz de ese domingo fue absoluta. Pero el lunes... el lunes decidió recordarnos que, aunque éramos la realeza de Wall Street, seguíamos siendo un desastre en construcción.
A las once de la mañana, mi oficina en Rossi Capital era un búnker de trabajo. Estaba revisando los márgenes de ganancia de la expansión europea cuando mi asistente, Clara, entró con dificultad. No porque la puerta pesara, sino porque traía entre los brazos el arreglo floral más exagerado, escandaloso y brillante que había visto en mi vida. Eran rosas rojas, lirios blancos y orquídeas. Parecía el carro alegórico de un desfile.
—Señora Rossi, llegaron para usted —dijo Clara, apoyando el monstruoso arreglo sobre la pequeña mesa de cristal de mi oficina, respirando agitada.
Fruncí el ceño. Matteo solía regalarme flores, sí, pero siempre eran peonías elegantes o tulipanes blancos, entregados personalmente en casa. Esto era... ruidoso. Demasiado ruidoso para mi esposo. Me levanté y busqué la tarjeta entre la jungla de hojas. Era un sobre blanco, pequeño. Lo abrí.
"Para la mujer más impresionante de todo el edificio. Espero que estas flores iluminen tu día tanto como tu sonrisa iluminó el mío en el ascensor esta mañana. Un admirador."
Me quedé mirando la tarjeta, completamente perpleja. ¿Un admirador? ¿En Rossi Capital? ¿Alguien estaba bromeando? Parpadeé un par de veces, esperando encontrar la firma de Alejandro burlándose de mí, o quizás de Marcos, pero no había nada. Dejé la tarjeta sobre el escritorio, negando con la cabeza y soltando una pequeña risa por lo absurdo de la situación. Probablemente era una equivocación de la floristería.
Un par de horas más tarde, la puerta de mi oficina se abrió de golpe.
—¡Mami! ¡Ya llegué! Emilio entró corriendo, soltando su mochila en el sofá, como era su costumbre todos los lunes después del colegio. Pero antes de que pudiera correr a abrazarme, se detuvo en seco. Sus ojos oscuros, idénticos a los de su padre, se clavaron en el arreglo floral gigante que ocupaba media mesa.
Emilio ladeó la cabeza, cruzándose de brazos con una postura analítica.
—¡Guau! Papá te compró las flores más grandes del mundo. Pero no son azules. Qué raro.
Me eché a reír, caminando hacia él para darle un beso.
—No, mi amor, no me las mandó papá. Creo que se equivocaron de oficina o alguien me está haciendo una broma. No sé quién las envió.
El rostro de Emilio cambió drásticamente. Sus ojos se abrieron como platos. La información procesó en su cerebro de cinco años y llegó a una conclusión alarmante.
—¿No son de papá? —preguntó, bajando el tono de voz a un susurro dramático.
—No, cielo.
—¿Y un señor que no es papá te mandó flores a tu oficina?
—Bueno... supongo que sí.
Emilio dio un paso atrás. Su expresión pasó de la confusión a la urgencia extrema. El comandante había detectado una amenaza.
—Tengo que ir al baño —anunció rápidamente, girando sobre sus talones.
—Emilio, la niñera te puede... Pero antes de que pudiera terminar la frase, mi hijo ya había salido disparado por el pasillo a la velocidad de la luz.
Matteo
Mi oficina estaba en silencio, interrumpido solo por la voz del traductor en la pantalla de cristal líquido frente a mí. Estaba en medio de una videoconferencia a cuatro bandas con los directivos de nuestra nueva alianza en Tokio. Se jugaban casi doscientos millones de dólares en la próxima hora.
—Rossi-san, estamos evaluando la fusión de las plataformas, pero necesitamos garantías sobre la retención de capital de Mateus Holdings en el tercer trimestre... —decía el CEO japonés.
Yo estaba a punto de responder con la frialdad corporativa que exigía la situación, cuando la pesada puerta de roble de mi despacho se abrió con un estruendo. Mi asistente intentó detenerlo, pero fue imposible. Emilio irrumpió en mi oficina, con el ceño fruncido, respirando por la boca y marchando directamente hacia mi escritorio con la urgencia de un general en tiempos de guerra.
—¡Papá! ¡Tenemos una brecha de seguridad! —gritó el niño, ignorando por completo la pantalla gigante con cinco japoneses confundidos mirándolo.
Me quedé congelado. Mi instinto de padre se disparó. Levanté la mano hacia la pantalla.
—Caballeros, les ofrezco mis más sinceras disculpas. Ha surgido una emergencia extrema de carácter... personal. Reprogramaremos la llamada en diez minutos. Sin esperar respuesta, corté la conexión de doscientos millones de dólares y rodeé el escritorio a zancadas, arrodillándome frente a Emilio.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Te duele algo? ¿Dónde está tu madre? —le pregunté, revisándolo de pies a cabeza.
Emilio me puso una manita en el hombro, mirándome con una gravedad absoluta.
—Yo estoy bien, papá. Pero tú tienes problemas. Hay un hombre en el edificio mandándole flores a mi mamá. Y no son flores normales. Es un bosque entero.
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Editado: 16.03.2026