Olivia
La "Guerra Fría" en el penthouse llevaba exactamente cuarenta y ocho horas. Dos días completos en los que mis interacciones con Matteo se limitaron a lo estrictamente necesario. "Buenos días". "Pásame la sal, por favor". "Emilio ya está en el auto".
Él estaba miserable. Lo veía en sus hombros caídos cuando creía que yo no lo observaba, en la forma en que su mirada oscura me seguía por toda la casa suplicando una tregua, y en cómo dormía pegado al borde de su lado de la cama, respetando mi espacio pero claramente muriéndose por abrazarme. Yo lo extrañaba. Lo extrañaba con locura. Pero mi orgullo de leona herida, mezclado con las hormonas del embarazo que apenas comenzaban a hacer estragos, me decía que tenía que dejarlo sufrir un poquito más. Matteo necesitaba entender que la confianza no es negociable.
Estaba en mi nueva biblioteca, tecleando el segundo capítulo de mi novela frente al ventanal que daba al lago, cuando la puerta se abrió con un crujido tímido. Emilio asomó la cabeza. Traía a Apolo en los brazos, aunque el cachorro ya pesaba casi la mitad que él.
—Mami... ¿puedo pasar? —preguntó con una vocecita que me rompió el corazón al instante.
—Claro que sí, mi amor. Ven aquí.
Emilio dejó a Apolo en la alfombra y caminó hacia mi escritorio. Se subió a mis piernas y apoyó su cabecita en mi pecho. Estaba inusualmente callado.
—¿Qué pasa, comandante? —le pregunté, acariciando su espalda—. ¿Estás triste? Él asintió lentamente, jugando con los botones de mi blusa.
—Es que... tú y papá están jugando al juego del silencio. Y la casa se siente rara.
Suspiré, sintiéndome la peor madre del universo por un segundo.
—Mami... ¿fue mi culpa?
—preguntó de pronto, levantando sus enormes ojos oscuros hacia mí, llenos de culpa—. ¿Fue un error que te acusara por las flores? Yo no quería que se pelearan otra vez.
El mundo se me detuvo. Lo abracé con todas mis fuerzas, besando su frente repetidas veces.
—No, no, no, mi amor. Mírame —lo separé un poco para que me viera bien a los ojos—. Tú no cometiste ningún error. Tú hiciste lo correcto al contarnos. El error fue de los adultos. El error fue cómo reaccionó papá, dejándose llevar por el enojo antes de escuchar. Pero no es tu culpa. Jamás pienses eso.
Emilio frunció su pequeño ceño, luciendo muy confundido.
—Pero... papá no reaccionó mal con el chico de las flores.
Parpadeé, desconcertada.
—¿De qué hablas, cielo? Yo vi a tu papá salir de la oficina furioso.
—Sí, salió furioso —explicó Emilio, gesticulando con las manitas—. Pero luego me quedé con Clara, la asistente. Y escuchamos cuando papá llamó al muchacho al pasillo. Yo pensé que papá iba a rugir como un dinosaurio rex. Pero no lo hizo.
Me quedé completamente quieta.
—¿Qué le dijo?
Emilio adoptó su mejor "voz de papá", poniéndose extrañamente serio y corporativo.
—Le dijo: "Joven, entiendo su confusión porque la mujer a la que le envió esas flores es brillante, increíblemente capaz y, sin duda, la mujer más hermosa y espectacular que pisará este edificio en cien años."
Se me cortó la respiración. Mi corazón dio un vuelco traicionero.
—¿Papá dijo eso? —susurré. Emilio asintió enérgicamente.
—Sí. Y luego se arregló el saco y le dijo muy elegante: "Pero le informo, con todo respeto, que ella es mi esposa, la madre de mis hijos, y la mujer de mi vida. Su corazón ya tiene dueños, y somos nosotros. Le pido que estas faltas no se vuelvan a repetir". Y el chico se puso rojo como un tomate y pidió perdón. Papá no le gritó, mami. Fue muy educado.
Me quedé boquiabierta. Matteo, en medio de su ataque de celos irracionales, ciego de rabia, no había usado su poder para humillar al pasante. Lo había tratado con respeto, y me había descrito frente a él con una devoción que me hizo un nudo en la garganta.
Abracé a Emilio otra vez, escondiendo mi sonrisa contra su cabello. Mi enojo se había derretido en un noventa por ciento, pero... Matteo Rossi necesitaba sudar la gota gorda un poquito más para aprender la lección de no gritarme a puerta cerrada.
Matteo
—Estoy desesperado. Ya no sé qué hacer.
El bar del club privado en Manhattan estaba casi vacío a las tres de la tarde. En la mesa de caoba frente a mí estaban sentados Alejandro Mateus y Arturo Mateus. Mi cuñado y mi suegro. El "Consejo de Sabios", como Alejandro había bautizado ridículamente esta reunión de emergencia que convoqué.
Alejandro le dio un trago a su cerveza artesanal y soltó una carcajada que resonó por todo el salón.
—Déjame ver si entiendo —dijo mi cuñado, limpiándose una lágrima de risa—. El gran Matteo Rossi, el lobo de Wall Street, el hombre que hizo arrodillarse a los franceses de Lemaire Group... lleva dos días durmiendo al borde del colchón porque un pasante de veintidós años le mandó rosas a su esposa.
Apreté los puños sobre la mesa, fulminándolo con la mirada.
—No es gracioso, Alejandro. No me habla. Solo me dice lo necesario. La extraño como un maldito loco y siento que el pecho me va a explotar. Ayer le compré un brazalete de diamantes y me dijo que "gracias, pero el diamante no compra la confianza". ¡Me rechazó un Cartier!
Arturo, mi suegro, que había estado escuchando en silencio con una pequeña sonrisa comprensiva, dejó su vaso de agua mineral sobre la mesa.
—Hijo —comenzó Arturo, con su voz calmada y profunda—, el orgullo no abriga por las noches. Lo miré, sintiéndome como un adolescente regañado.
—Lo sé, Arturo. Le pedí perdón esa misma noche. Le expliqué lo del pasante. Pero ella sigue fría.
—Porque estás intentando arreglar un problema emocional con transacciones, Matteo —me explicó mi suegro, apoyando los codos en la mesa—. Un brazalete, un bolso, un viaje... todo eso son tácticas de negocios. Mi hija no es una empresa. Cuando atacas la confianza de una mujer como Olivia, no necesitas un gesto grandioso o caro. Necesitas desnudarte. Alejandro hizo una mueca.
—Papá, por favor, no quiero la imagen mental de mi cuñado desnudo.
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Editado: 16.03.2026