Prohibida por Lealtad

Capítulo 32 | Lágrimas de CEO, rumores y el color de Luciana

Olivia

Los primeros tres meses de embarazo pasaron como un torbellino, pero finalmente, cruzamos la línea de peligro. El médico nos dio luz verde, los latidos eran fuertes y constantes, y mi vientre ya empezaba a notarse como una pequeña curva bajo mis blusas de seda.

La vida en la nueva casa era un paraíso caótico. Apolo, el cachorro, tenía la misión personal de esconder todos los zapatos derechos de Matteo en el jardín, y Emilio se había convertido en el guardián oficial de mi barriga. No dejaba que nadie se me acercara demasiado rápido y me informaba, con estricta seriedad, si estaba comiendo suficientes vegetales.

Pero el verdadero espectáculo en la residencia Rossi-Mateus no era yo. Era mi esposo.

El síndrome de Couvade de Matteo no solo no había desaparecido, sino que había evolucionado a niveles dignos de un Óscar al drama. El lobo de Wall Street, el hombre que hacía temblar a las juntas directivas, se había convertido en un manojo de hormonas, antojos y sensibilidad extrema.

Era sábado por la mañana. Yo estaba sentada en la isla de la cocina, intentando concentrarme en las correcciones de mi manuscrito en la laptop, mientras disfrutaba de un té. Matteo llevaba media hora dando vueltas a mi alrededor como un tiburón inquieto. Iba a la nevera, volvía. Acomodaba un frutero. Me miraba. Suspiraba.

—Matteo, amor —dije sin apartar la vista de la pantalla—. Si me preguntas una vez más si tengo frío o si la silla está muy dura, te juro que te voy a tirar la laptop por la cabeza. Estoy perfectamente bien. Necesito terminar este párrafo.

El silencio que siguió fue absoluto. Levanté la vista, esperando su típica sonrisa arrogante o una respuesta sarcástica. En su lugar, encontré a mi esposo petrificado en medio de la cocina. Sus grandes ojos oscuros estaban muy abiertos, brillantes. Su labio inferior tembló apenas un milímetro. Se cruzó de brazos, luciendo genuinamente herido.

—Solo... solo quería asegurarme de que mis dos chicas estuvieran cómodas—susurró, con la voz quebrada—. Pero está bien. Si mi presencia te asfixia, me iré a mi estudio. A trabajar. Solo.

Y se dio la vuelta, caminando hacia el pasillo con los hombros caídos y sorbiendo sutilmente por la nariz. Me quedé con la boca abierta, sintiéndome la peor villana de un cuento de Disney. Iba a levantarme para disculparme por hablarle feo, cuando Emilio entró a la cocina arrastrando sus piececitos en calcetines, con Apolo trotando detrás de él.

Emilio vio a su padre caminar como alma en pena hacia el estudio. Mi hijo de cinco años soltó un suspiro largo y pesado, sacudiendo la cabeza con la sabiduría de un anciano. Trotó hasta alcanzar a Matteo y le dio unas palmaditas comprensivas en la pierna.

—Tranquilo, papá —le dijo Emilio, con una voz suave y consoladora que resonó por todo el pasillo—. Mamá no lo decía con esa intención. A veces se pone gruñona porque tiene hambre, pero nos ama mucho. Toma, ¿quieres la mitad de mi galleta de chispas? Eso siempre me hace sentir mejor.

Matteo se detuvo, miró a su hijo, y eso fue todo. Se agachó, abrazó a Emilio con fuerza y soltó un sollozo ahogado, completamente conmovido por la nobleza de su primogénito.
—Eres el mejor hijo del mundo —lloriqueó el gran CEO—. Quédate la galleta, comandante. Papá solo necesita un segundo.

Me tapé la cara con ambas manos, riendo en silencio hasta que me dolieron las costillas. Era un cuadro surrealista. Y lo peor de todo es que, media hora después, encontré a Matteo en su despacho destrozando las proyecciones financieras de una empresa rival en Asia, mientras comía helado de fresa directamente del bote con una cuchara sopera.

Por supuesto, el comportamiento errático de Matteo no había pasado desapercibido en Wall Street. Aunque no habíamos hecho ningún anuncio oficial, los rumores en la prensa eran un incendio forestal. "¿Heredero en camino? El señor Rossi es visto comprando tres docenas de donas glaseadas a las 2 a.m." "El lado blando del imperio: Fuentes aseguran que Matteo Rossi lloró durante una presentación benéfica sobre pingüinos."

Alejandro, por supuesto, le enviaba las capturas de pantalla de cada titular a nuestro chat familiar con emojis de burla, pero nosotros estábamos demasiado sumergidos en nuestra burbuja de felicidad para que nos importara el mundo exterior.

Finalmente, llegó el domingo más esperado. Habíamos cumplido las semanas necesarias, y el médico nos había entregado un sobre sellado con el género del bebé. No quisimos una fiesta extravagante de revelación. El mundo ya se metía demasiado en nuestras vidas. Queríamos que esto fuera solo nuestro.

Convocamos una barbacoa íntima en el jardín. Mis padres, los padres de Matteo, Alejandro y nosotros. Había encargado un cañón pequeño de humo y confeti que estaba colocado en el centro del jardín, conectado a un botón rojo que descansaba sobre una mesita.

El ambiente era eléctrico. Mi madre y Eleonora estaban apostando descaradamente a que era un niño, mientras mi padre y Alejandro cruzaban los dedos por una niña. Yo estaba apoyada contra el pecho de Matteo, quien me rodeaba con sus brazos por la espalda, besando mi sien cada dos minutos. Su corazón latía a mil por hora contra mi espalda.

—Muy bien, familia —anuncié, levantando una copa de agua con gas para llamar la atención—. Llegó el momento. No importa si el humo sale azul o rosa, este bebé ya es el dueño absoluto de nuestras vidas y de nuestras tarjetas de crédito.

Todos rieron, acercándose al centro del pasto. Miré a Emilio, que estaba de pie junto a la mesita, saltando sobre las puntas de sus pies, con Apolo sentado obedientemente a su lado.
—Comandante —le dijo Matteo, con la voz gruesa por la emoción—. Eres el hermano mayor. Tienes los honores. ¿Listo?

Emilio asintió con una determinación feroz. Sus ojitos brillaban.
—A la cuenta de tres —dijo mi hermano Alejandro, sacando su teléfono para grabar el momento—. Uno... dos... ¡TRES!




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