Prohibida por Lealtad

Capítulo 33 | El premio, el lavanda y el escuadrón protector

Olivia

Diseñar la habitación de la nueva heredera del imperio Rossi-Mateus se había convertido en el proyecto más importante de la casa. Pero, para sorpresa de los decoradores de interiores más exclusivos de Nueva York que Matteo había contratado, el director creativo no era ninguno de los dos. Era Emilio.

Estábamos sentados en el suelo de la habitación vacía, rodeados de muestras de pintura y catálogos de muebles.

—No, ese amarillo es muy brillante, papá —dictaminó Emilio, cruzándose de brazos frente a una muestra de color mostaza—. Luciana necesita paz para dormir. Si le ponemos colores fuertes, va a llorar y no te va a dejar dormir a ti tampoco.

Matteo, sentado a mi lado con las piernas cruzadas y en mangas de camisa, asintió con una seriedad absoluta, tomando nota mental de la sabiduría de su hijo de cinco años.
—Tienes razón, comandante. ¿Qué sugieres entonces? Emilio caminó hacia las paletas de colores y seleccionó tres tarjetas con una precisión asombrosa. Las puso sobre el suelo frente a nosotros.
—Lavanda, porque es elegante. Beige, para que combine con el piso de madera. Y rosa pastel, pero solo un poquito, en los detalles. No queremos que parezca un chicle gigante.

Me eché a reír, apoyando la cabeza en el hombro de Matteo.
—Es un visionario —le susurré.
—Contratado —le dijo Matteo a Emilio, chocando los cinco con él—. Lavanda, beige y rosa pastel. Llamaré a los pintores hoy mismo.

La dinámica en casa era un refugio perfecto, lo cual agradecía infinitamente, porque mi vida profesional estaba en su punto más álgido. Mateus Holdings y Rossi Capital estaban rompiendo récords de ganancias trimestrales, y yo estaba al mando de tres proyectos de expansión internacional. Estaba sumergida en el trabajo, con la adrenalina a tope, demostrando que el embarazo solo me había dado más fuerza.

Fue un martes por la tarde cuando el internet decidió explotar. Yo estaba en mi oficina, revisando unos contratos, cuando mi asistente Clara entró con la tablet en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.

—Señora Rossi, tiene que ver esto. Son tendencia número uno. Fruncí el ceño y tomé la pantalla. Era un artículo de la revista Forbes Life, pero las fotos eran de paparazzis. El titular rezaba: "El tiburón se derrite: Matteo Rossi y su hijo paralizan la Quinta Avenida comprando ropa de bebé".

Deslicé el dedo por las fotos y sentí que el corazón se me hacía agua. Matteo había recogido a Emilio del colegio. En las imágenes, se veía a mi esposo, con su impecable traje gris hecho a la medida, de pie en medio de una exclusiva boutique infantil. En una mano sostenía su maletín de cuero, y en la otra... un diminuto mameluco color lavanda. A su lado, Emilio señalaba unos zapatitos de color rosa pastel con extrema concentración. En otra foto, Matteo le pagaba a la cajera mientras Emilio sostenía una inmensa bolsa de compras con un peluche asomándose por el borde.

Los comentarios en las redes eran una locura. "Ese hombre está perdido de amor", "La evolución de Matteo Rossi es lo mejor que le ha pasado a Wall Street", "Necesito un esposo que me compre ropa de bebé después de cerrar negocios millonarios".

Estaba sonriendo como una tonta a la pantalla cuando la puerta de mi oficina se abrió.
—¡Sorpresa! —gritó Emilio, entrando con dos bolsas inmensas de la boutique, seguido por un Matteo que lucía increíblemente orgulloso de sí mismo.

—Veo que los atraparon en plena misión secreta —les dije, levantándome con cuidado y señalando la tablet. Matteo rodó los ojos, acercándose para darme un beso.
—Los paparazzis no tienen respeto por la logística de un padre. Pero no importa. Tienes que ver lo que el comandante y yo elegimos.

Vaciaron las bolsas sobre el sofá de mi oficina. Había mantas beige, pequeños gorritos lavanda, calcetines diminutos y un conejito de peluche. Mientras Emilio me explicaba por qué había elegido cada cosa, Matteo se arrodilló frente a mí, quedando a la altura de mi vientre de casi seis meses.

—Hola, princesa —murmuró Matteo, su voz bajando a ese tono grave y dulce que solo usaba con ella, acariciando mi barriga a través de la tela de mi vestido—. Tu hermano y yo te compramos tu primer vestido. Te va a quedar perfecto.

Emilio se acercó y pegó su carita a mi vientre también.
—Luciana, soy yo, Emilio. Ya casi está listo tu cuarto. Apúrate a crecer.

En ese exacto segundo, sentí un golpe. No un aleteo suave. Un golpe fuerte, claro y directo justo donde la mano de Matteo descansaba.
Matteo abrió los ojos de par en par, soltando un jadeo de pura sorpresa. —¡Pateó! ¡Olivia, pateó!

—¡Yo también lo sentí! —gritó Emilio, emocionado—. ¡Me saludó! Los dos hombres de mi vida me miraron con una adoración absoluta, maravillados por la fuerza de la bebé.

Yo me crucé de brazos, fingiendo estar ofendida, aunque por dentro me estaba derritiendo.
—Es increíble —me quejé, con una sonrisa asomando en mis labios—. Yo la llevo cargando todo el día, le pongo música clásica, le hablo mientras leo los reportes financieros... y apenas se mueve. Llegan ustedes dos a hablarle de vestidos y da volteretas de la emoción. Me siento ligeramente traicionada.

Matteo soltó una carcajada ronca, poniéndose de pie para abrazarme.
—No estés celosa, mi amor. Es que ella sabe que su mamá es la jefa, y a los jefes se les respeta. A nosotros solo nos usa para que la consintamos.
—Exacto —confirmó Emilio—. Tú mandas, mamá.

El orgullo de Matteo por nuestra familia solo fue superado una semana después, por su orgullo hacia mi carrera.

Era la noche de la gala anual de la Asociación Financiera de Wall Street. El año pasado, el premio al "Ejecutivo del Año" lo había ganado Matteo. Era el galardón más prestigioso del sector. Este año, el nombre grabado en la placa de cristal no era el suyo. Era el mío.




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