Prohibida por Lealtad

Capítulo 34 | El orador, los tacones y el Código Rosa

Olivia

Llegar a la semana treinta y ocho de embarazo con el apellido Rossi-Mateus encima no era tarea para principiantes.

La prensa, por supuesto, lo había hecho público un par de meses atrás. Un paparazzi logró captar una foto mía saliendo de una clínica con Matteo, y al día siguiente, el titular de The Wall Street Journal (sí, hasta la prensa financiera se metió en el chisme) dictaba: "El imperio se expande: El heredero más esperado de Wall Street está en camino". Desde ese día, salir a la calle era un desfile. Pero, extrañamente, ya no me importaba. Estaba demasiado pesada, demasiado feliz y demasiado enamorada para que los flashes me arruinaran el día.

La habitación de Luciana estaba terminada. Emilio y sus decoradores habían hecho un trabajo magistral. Era un santuario lavanda, beige y rosa pastel. El problema no era la habitación; el problema era que estaba a punto de explotar de tantas cosas. Mis padres, mis suegros y Alejandro habían entrado en una competencia silenciosa y ridícula de a ver quién le compraba el regalo más extravagante a la niña. Había osos de peluche del tamaño de un auto compacto y vestidos de diseñador que no le iban a quedar hasta que tuviera tres años.

Pero el verdadero reto de la recta final del embarazo no era el peso de mi vientre. Era mi esposo.

Matteo Rossi estaba sufriendo más este embarazo que yo. Era viernes por la mañana. Yo estaba terminando de maquillarme frente al espejo del inmenso baño de nuestra suite, luchando para ponerme unos zapatos bajos y elegantes, cuando escuché un gemido lastimero desde la cama.

Me giré lentamente, sosteniéndome la espalda baja. Matteo estaba acostado boca arriba, vestido con su traje impecable, pero con una almohada debajo de las rodillas y otra sobre la cara.
—Matteo, por favor, dime que no estás llorando otra vez —le advertí, apuntándolo con mi brocha de maquillaje.

Él se quitó la almohada de la cara. Tenía los ojos rojos.
—Me duele la espalda baja, Olivia. Es un dolor punzante. Creo que es la ciática. Además, acabo de ver en las noticias que rescataron a un mapache de un árbol y no pude contenerme. El pobre animal estaba asustado. Apreté los labios para no reírme a carcajadas.
—Amor, la que carga casi tres kilos de bebé soy yo. Tómate un ibuprofeno y levántate. Hoy es el día más importante en la vida escolar de nuestro hijo y no podemos llegar tarde.

Al escuchar la palabra "hijo", Matteo se incorporó de un salto, ignorando su supuesta ciática.
—Tienes razón. Hoy es el gran día del comandante.

El festival de primavera del colegio de Emilio no era un evento cualquiera. Era una institución exclusivísima en Manhattan, y este año, los maestros habían elegido a un solo alumno de su grado para dar el discurso de bienvenida frente a más de trescientos padres de familia. Habían elegido a Emilio. A mi niño. Al niño que hace diez meses solo se comunicaba escribiendo en una pizarra porque el terror le había robado la voz.

Cuando llegamos al auditorio del colegio, parecíamos la mafia italiana entrando a una boda. Mi padre y el padre de Matteo caminaban al frente, abriendo paso. Alejandro venía detrás, revisando el perímetro como si fuera el Servicio Secreto, y mi suegra y mi madre venían a mis lados, asegurándose de que nadie me empujara la barriga. Matteo me sostenía de la mano con tanta fuerza que casi me corta la circulación.

Nos sentamos en la primera fila. Reservada exclusivamente para los Rossi-Mateus.
—Si ese niño se tropieza o se olvida de una línea, juro que compro el colegio y despido al director por someterlo a tanto estrés —murmuró Matteo, rebotando la rodilla con ansiedad. —Cálmate —le susurré, acariciándole el brazo—. Lo hemos practicado mil veces. Lo va a hacer increíble.

Las luces del auditorio bajaron. El director dio unas breves palabras y luego, con una sonrisa, anunció hacia el micrófono:
—Y ahora, para darles la bienvenida oficial, los dejo con uno de nuestros alumnos más brillantes. Por favor, reciban a Emilio Rossi Mateus.

Mi corazón dio un salto mortal. Por el extremo del escenario, apareció mi hijo. Llevaba el uniforme azul marino del colegio, el cabello perfectamente peinado (cortesía de Matteo), y caminaba con una espalda tan recta y una seguridad tan arrolladora que se escuchó un murmullo de admiración en todo el auditorio. Se paró frente al atril de acrílico. El micrófono le quedaba un poco alto, así que se empinó en las puntas de sus zapatos y lo bajó con sus dos manitas, carraspeando para aclarar su garganta.

Buscó en la primera fila. Sus ojos oscuros encontraron los míos de inmediato. Le sonreí, asintiendo con la cabeza. Emilio respiró hondo y comenzó.

—Buenos días a todos. Mi nombre es Emilio Rossi Mateus —su voz, clara, infantil pero firme, resonó en el silencio absoluto—. Hoy estamos aquí para celebrar la primavera y lo mucho que hemos aprendido. Yo aprendí a sumar, aprendí que los dinosaurios ya no existen, y aprendí que las letras forman palabras.

Hubo unas cuantas sonrisas de ternura entre los padres.
—Pero lo más importante que aprendí este año, no me lo enseñó la escuela —continuó Emilio, agarrando los bordes del atril—. Me lo enseñó mi mamá.

Se me cerró la garganta de golpe. Matteo me apretó la mano, y escuché cómo Alejandro dejaba de respirar a mi lado.

—Antes, yo no hablaba. Tenía mucho miedo de que, si decía algo malo, las personas se iban a ir y no iban a regresar —confesó mi pequeño de cinco años, con una honestidad que hizo que varias madres en la sala se llevaran las manos al pecho—. Pero mi mamá me enseñó que las palabras son seguras. Ella me enseñó que, no importa si lloro o si me equivoco, mi familia se va a quedar.

Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. No podía detenerlas. Era el regalo más inmenso que la vida me había dado.

—Mi mamá es la mejor mujer del mundo entero —anunció Emilio, inflando el pecho de orgullo—. Ella trabaja en un edificio muy grande de cristales. Ella es la que nos mantiene, porque mi papá a veces solo compra legos y llora con los comerciales de perritos.




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