Prohibida por Lealtad

Capítulo 35 | El Código Rosa, los anillos y la princesa del imperio

Matteo

El caos de Nueva York se quedó bloqueado detrás de las pesadas puertas de la sala de partos del Hospital Mount Sinai.

Durante los primeros cuarenta minutos, yo era un manojo de nervios. Mi síndrome de Couvade estaba en su punto máximo; sentía que me faltaba el aire, me dolía la espalda y casi me desmayo cuando le pusieron la vía intravenosa a Olivia. Pero entonces, el ambiente en la habitación cambió de golpe.

El monitor cardíaco de Olivia empezó a emitir un pitido acelerado y agudo. La doctora frunció el ceño, acercándose rápidamente a la pantalla.
—La presión arterial de Olivia está cayendo muy rápido —anunció la especialista, con un tono de urgencia que congeló el aire de la sala—. Y la frecuencia cardíaca de la bebé está bajando. El cordón parece estar comprimido. Necesitamos sacarla ya, o tendremos que pasar a quirófano para una cesárea de emergencia.

Olivia soltó un quejido de dolor, apretando mi mano con una fuerza sobrehumana. Su rostro estaba mortalmente pálido, cubierto de sudor frío. Me miró, y por primera vez en ocho meses, vi terror absoluto en los ojos de mi leona.
—Matteo... no puedo respirar bien... la bebé... —jadeó, cerrando los ojos.

En ese exacto milisegundo, mis hormonas, mis náuseas empáticas y mi sensibilidad desaparecieron por completo. Fueron aniquiladas. El Matteo Rossi que lloraba con comerciales de perros dejó de existir, y el depredador, el titán que protegía su imperio a sangre y fuego, tomó el control absoluto. Mi familia estaba en peligro.

Me incliné sobre ella, ignorando a las tres enfermeras que corrían por la habitación. Tomé su rostro entre mis dos manos, anclándola a mi mirada.
—Mírame, Olivia. Mírame a los ojos —le ordené, mi voz sonando tan grave, firme y segura que hasta la doctora se giró a verme—. No te vas a rendir. No hay quirófano. Vas a pujar ahora mismo y vamos a traer a nuestra hija al mundo. Yo estoy aquí. Nadie te va a soltar.

—No tengo fuerza, Matteo... —sollozó ella.
—Sí la tienes. Eres la mujer más fuerte que he conocido en mi vida —le aseguré, besando su frente empapada—. Salvaste a nuestro hijo. Me salvaste a mí. Ahora vamos a salvarla a ella. A la cuenta de tres, Olivia. Conmigo.

Mi seguridad fue el ancla que necesitaba. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, encontrando el refugio perfecto. La doctora dio la señal. Apreté su mano contra mi pecho. Olivia soltó un grito gutural, crudo y lleno de una fuerza ancestral. Pujó con todo lo que le quedaba, apretando los dientes, mientras yo le susurraba que era una reina, que lo estaba logrando, que ya casi la teníamos.

—¡Una más, Olivia! ¡Ya están aquí los hombros! —gritó la doctora.

Un último grito rompió el silencio clínico de la sala. Y entonces, ocurrió el milagro. El llanto agudo, furioso y lleno de vida de un recién nacido llenó la habitación.

El pitido de los monitores se estabilizó al instante. El color volvió al rostro de Olivia, quien dejó caer la cabeza en la almohada, respirando agitada, llorando de puro alivio.
—Es una niña hermosa y perfecta —anunció la doctora, sonriendo detrás del cubrebocas—. Hora de nacimiento: 4:15 p.m.

Corté el cordón umbilical con manos que, por primera vez en toda la tarde, temblaban, pero de pura reverencia. Las enfermeras la limpiaron rápidamente. La pesaron y la midieron.
—Tres kilos con doscientos gramos, y cincuenta centímetros de pura salud —dijo la enfermera pediátrica, envolviéndola en una manta térmica.

La bebé lloraba a todo pulmón. Estaba furiosa por haber salido de su refugio. La enfermera se acercó a mí y la depositó suavemente en mis brazos. Me quedé petrificado. La sostuve contra mi pecho, mirando ese pequeño rostro enrojecido, sus puños diminutos cerrados con fuerza y una mata de cabello sorprendentemente oscuro, idéntico al mío y al de Emilio.

—Hola, princesa —susurré, con la voz rota, completamente maravillado.

En el segundo en que mi voz vibró contra su pecho, Luciana dejó de llorar. Abrió lentamente un ojo, parpadeando contra la luz, y se quedó completamente quieta, escuchándome. Reconoció mi voz. Sabía perfectamente quién era yo. Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla y cayó en la manta. Caminé el corto metro que me separaba de Olivia y me arrodillé junto a la cama, acercando a la niña a su madre.
—Lo lograste, mi amor —le dije a Olivia, besándole los labios temblorosos—. Conoce a Luciana Rossi Mateus.

Olivia lloró abiertamente, tocando la mejilla de nuestra hija con la punta del dedo.
—Es perfecta, Matteo. Es igualita a ti.

Olivia

Dos horas después, la tormenta había pasado. Me habían trasladado a la suite de recuperación más grande y exclusiva del hospital.

Estaba recostada en la cama, agotada pero radiante, con Luciana durmiendo plácidamente en mi pecho. Matteo estaba sentado en una silla a mi lado. No había soltado mi mano ni un solo segundo. Parecía un dragón custodiando su tesoro; sus ojos escaneaban la puerta cada vez que alguien pasaba por el pasillo.

—La sala de espera debe ser un manicomio ahora mismo —murmuré, acariciando la cabecita de mi bebé. Matteo soltó una risa ronca.
—Alejandro intentó sobornar a tres guardias de seguridad para entrar antes de que los médicos te dieran el alta. Mis padres y los tuyos están amenazando con comprar el hospital si no los dejan pasar en cinco minutos.

Sonreí, cerrando los ojos.
—Déjalos entrar. Emilio debe estar desesperado.
—En un minuto —dijo Matteo, poniéndose de pie—. Antes de que la locura familiar invada esta habitación, hay algo que necesito darte.

Metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó una pequeña caja de terciopelo negro. Me incorporé un poco, sorprendida.
—Matteo, ya me diste el anillo de compromiso y la alianza de bodas. No necesito más joyas. Los tengo a ustedes.
—Esto no es un lujo, Olivia. Es un símbolo —respondió, abriendo la cajita.




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