Prohibida por Lealtad

Capítulo 36 | Un jardín, tapabocas y el caos perfecto

Olivia

El trayecto desde el Hospital Mount Sinai hasta nuestra casa a las afueras de la ciudad fue el viaje en auto más lento en la historia de Matteo Rossi. Manejó como si el vehículo estuviera hecho de cristal soplado, maldiciendo en voz baja cada bache de la carretera.

Cuando por fin cruzamos las rejas de la propiedad, suspiré de alivio. Solo quería mi cama, una ducha caliente y mirar a mi hija dormir.

Pero en cuanto Matteo abrió la puerta principal y entramos al recibidor, el aire me golpeó con el aroma de un millón de floristerías juntas. Me quedé petrificada en el umbral. La casa entera, desde el pasillo hasta la baranda de las escaleras, estaba sepultada bajo un océano de arreglos florales. Había rosas blancas, peonías, lirios y orquídeas en cada superficie disponible. Parecía que la primavera había vomitado en nuestra sala.

—¡Sorpresa! —gritó Emilio, saliendo de la cocina con los brazos en alto y Apolo trotando detrás de él—. Papá y yo decoramos todo ayer mientras tú dormías en el hospital. ¿Te gusta, mami? Compramos todas las flores que tenían en la tienda. ¡Todas!

Miré a Matteo. Él sostenía el portabebés con Luciana adentro como si fuera el código nuclear, luciendo increíblemente orgulloso de su exageración botánica.
—Se ve espectacular, mis amores —mentí con una sonrisa, aunque sentía que me iba a dar una alergia en cualquier momento—. Pero, ¿no creen que son... demasiadas?
—Para las reinas de mi casa, nunca es demasiado —dictaminó Matteo, dándome un beso en la frente.

Apenas dimos dos pasos hacia la sala, el timbre sonó. Era Alejandro, seguido por mis padres y mis suegros, cargados con más bolsas de regalos. En un microsegundo, el instinto territorial de mi esposo se activó. Matteo dejó el portabebés suavemente sobre la mesa de centro y se interpuso entre su hija y su familia, levantando una mano como un policía de tránsito.

—¡Alto ahí! —ordenó Matteo, con una severidad que hizo que mi hermano se detuviera en seco—. Nadie pasa del recibidor.
—Matteo, por favor, solo queremos ver a la niña —se quejó mi madre.
—La verán, pero bajo mis reglas. Clara —llamó a nuestra asistente, que apareció con una bandeja de plata—. Reparte el equipo.

No lo podía creer. Clara les entregó a cada uno de nuestros familiares un tapabocas quirúrgico y un frasco de gel antibacterial de grado hospitalario.
—Tapabocas puestos, cubriendo nariz y boca —instruyó Matteo, cruzándose de brazos—. Lavado de manos con agua y jabón en el baño de visitas, y luego doble capa de gel antibacterial. El sistema inmunológico de Luciana está en desarrollo. No voy a arriesgar mi imperio por un resfriado mal cuidado de Alejandro.

Mi hermano rodó los ojos, bufando mientras se ponía el tapabocas azul.
—Eres un dictador, Rossi. Si le pones un traje para materiales peligrosos a la niña, me avisas —murmuró, aunque obedeció cada instrucción al pie de la letra, igual que los abuelos, que estaban demasiado desesperados por ver a la bebé como para discutir.

Después de que la familia se fue (con amenaza de volver pasado mañana), Matteo y Emilio nos escoltaron a Luciana y a mí hasta la inmensa habitación principal. Me recosté en la cama, suspirando de alivio mientras acomodaba a mi bebé en mi pecho.

Emilio miró por el ventanal que daba al jardín. El cielo ya estaba oscuro y despejado.
—Papá... ¿crees que podamos probar mi telescopio hoy? —preguntó el niño, con timidez, recordando su regalo. Matteo, que estaba organizando la pañalera con una precisión militar, se giró hacia él con una sonrisa inmensa.
—Obvio que sí, comandante. Es la noche perfecta para buscar la luna. Vamos al balcón.

Desde la cama, observé a mis dos hombres. Matteo ajustaba el lente del telescopio mientras Emilio se empinaba en las puntas de los pies para mirar por el visor. Escuchaba a mi esposo explicarle las constelaciones con una paciencia infinita.

Cuando terminaron y entraron de nuevo a la habitación, Emilio bostezó, frotándose un ojito. Estaba a punto de irse a su cuarto espacial, cuando le hice una seña con la mano.
—Emilio, ven aquí, mi amor —le dije suavemente. Él se acercó a la orilla de la cama.
—¿Quieres dormir abrazado a mamá esta noche? —le propuse—. Creo que esta cama es lo suficientemente grande para que durmamos los cuatro hoy.

Los ojos del niño se iluminaron.
—¡¿De verdad?! ¡Fantástico! —gritó en un susurro, quitándose los zapatos a la velocidad de la luz y trepando a la cama. Matteo sonrió, apagando las luces principales y dejando solo una lámpara cálida. Se acostó a mi otro lado. Estábamos los cuatro. Emilio acurrucado contra mi espalda, Luciana durmiendo en el moisés pegado a mi lado de la cama, y Matteo pasando un brazo protector sobre nosotros. Éramos una fortaleza impenetrable.

Pero la luna de miel del primer día terminó exactamente a las 2:15 a.m. El llanto agudo y potente de Luciana cortó el silencio de la casa.

Así comenzó el verdadero caos. La rutina de las tres horas. Durante las primeras semanas, nuestra casa se convirtió en un cuartel de supervivencia. Y para mi absoluta sorpresa y enamoramiento total, Matteo sacó a relucir unos dotes de "súper papá" que dejaron a todo Wall Street en ridículo.

A las tres de la mañana, mientras yo apenas podía mantener los ojos abiertos de puro agotamiento, sentía cómo Matteo se levantaba de la cama en silencio. Lo veía caminar por la habitación en pantalones de pijama, meciendo a Luciana en su pecho con una ternura infinita, canturreándole canciones de cuna en italiano totalmente desafinado para que se durmiera, permitiéndome descansar al menos un par de horas seguidas.

Pero Matteo no era mi único apoyo. Emilio se tomó su papel de hermano mayor con una seriedad corporativa. A las cuatro de la tarde, cuando llegaba la hora del cambio de pañal, él era el primero en estar firme junto al cambiador.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.